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2014 ¿puede ser mejor?

Por el lado de la economía, difícilmente. Y no porque no pueda serlo, sino porque la política así lo decidió, a través del ajuste a medias que el gobierno nacional ha emprendido. En el que se reserva para sí el derecho a seguir emitiendo todo lo que quiera, y por tanto cobrando el impuesto inflacionario junto a otro montón de impuestos. Mientras descarga los crecientes costos resultantes en todos los demás. En los asalariados a través de un techo a las paritarias, en los empresarios insistiendo con controles de precios, importaciones y exportaciones. E imponiéndole condiciones cada vez más discrecionales a los gobernadores para financiarles sus deudas o transferirles recursos. En este marco, la fuga de divisas y la indisposición a invertir seguramente continuarán, y aunque el contexto externo nos siga favoreciendo, nuestra economía difícilmente cree empleos genuinos y puede que crezca incluso menos que el año que termina.

Nada de eso impedirá, sin embargo, que los actores en los que se pretende descargar el ajuste consigan por sus propios medios, o cooperando entre sí, lo que el gobierno central les niega o pretende imponerles. Gobernadores y empresarios preferirán ceder a los reclamos salariales antes que lidiar con serios conflictos gremiales y buscarán escapar a los controles de precios y gastos que desde el Ejecutivo nacional se les impone. Los mandatarios provinciales ya no disimularán su decisión de recrear la mesa que los reunía en los años noventa, y tratarán de endeudarse, aumentar sus ingresos por cualquier medio, o terminarán emitiendo cuasimonedas.

Todo esto puede ocurrir porque la política ha estado cambiando aceleradamente en los últimos tiempos. Y lo seguirá haciendo en el que viene. Cabe de todos modos preguntarse: ¿será entonces ella, la política, aunque no la economía, mejor en 2014 que la hasta aquí conocida? ¿O será solamente más desordenada, por la implosión de un poder hegemónico que no puede aun ser reemplazado por otra cosa que mínimamente funcione?

Por momentos pareciera que el oficialismo está empecinado en destacar esta segunda faceta del problema, y lograr que se lo extrañe por contraste con el caos. La forma en que se está manejando el descalabro eléctrico tal vez encuentre en ello una explicación algo más racional que la simple torpeza. Que de todos modos no debe ser subestimada.

Y si nos atenemos a lo que indican las encuestas, habría que decir que algo de esto consigue. El pesimismo individual y colectivo no ha dejado de crecer en los últimos dos años. Así como 2011 representó el punto más alto de expectativas positivas de la última década, podría pensarse que ahora, en 2014, nos internamos en el cono de sombra de una fase de depresión generalizada, que nos impedirá ver salidas a los problemas, y nos invitará a renunciar a toda esperanza.  No son pocos los que, representándose más o menos así la situación, miran para atrás y sienten que al menos antes el gobierno nos tenía engañados y nos permitía vivir una ilusión de bienestar, mentirosa pero no por ello inefectiva, mientras que lo que nos espera de seguro será peor.

Estas percepciones nos colocan en la necesidad de contestar preguntas que una y otra vez se han planteado en nuestra historia, hacia el final de ciclos políticos circunstancialmente exitosos y optimistas, y que rara vez han encontrado una respuesta positiva y convincente: ¿podremos la próxima vez ser convocados por una ilusión no mentirosa?, ¿pueden la autonomía y la fragmentación del poder ser compatibles con la cooperación y el orden social e institucional? Si la política argentina no logra responder en forma mínimamente positiva estas dos preguntas, 2014 tiene buenas chances de convertirse en uno de esos años depresivos que cada tanto nos toca vivir.

El declive irreversible del kirchnerismo, sobre el que un año atrás todavía podían caber algunas dudas, ofrece también una valiosa oportunidad para extraer lecciones útiles en estos dos terrenos. Porque ofrece entre otras cosas un panorama abierto al intercambio de ideas, como no se vivía hace mucho tiempo. El desorden creciente tiene este costado positivo, que ojalá sepamos aprovechar.

Al respecto, de todos modos, para no animar expectativas excesivas y a la larga frustrantes, conviene hacer una aclaración: durante 2013 pareciera que pasamos de la omnipotencia y omnipresencia de Cristina a su ausencia y renuncia a gobernar; pero eso es más que nada una ilusión, porque ella distó siempre de ser omnipotente tanto como ahora dista de ser impotente, así como de haber renunciado o carecer de márgenes de libertad para seguir ejerciendo sus funciones en plenitud hasta 2015. Lo que nos indica que el cambio abrupto en el lugar que ocupa la presidente entre el comienzo y el final de este último año ha sido en parte consecuencia obligada de sus fracasos, pero en parte también una ilusión construida desde el propio gobierno.  Cuyo objetivo es claro, y siempre ha sido el mismo: asegurar el disfrute más amplio e impune posible de las ventajas que ofrece el poder; que según las circunstancias se sobreactúa o disimula, antes para que creyéramos que todo lo bueno que pasaba en el país se lo debíamos a ella, ahora para que nos creamos que nada de lo malo tiene la marca de su responsabilidad.

Vistas así las cosas, tal vez lo peor que pueda pasar con 2014 es que se parezca a 2013, y encima nos encuentre más cansados, o hastiados. Porque los juegos y malabares con que el gobierno de turno seguirá tratando de escapar del destino que él mismo se forjó inevitablemente mostrarán más la hilacha. En tanto lo mejor que le pueda pasar al nuevo año es que nos permita ver la luz al final del túnel. Lo que depende de que los demás sean capaces de ofrecer alternativas a lo que existe. Y sobre todo, evitar que las cosas empeoren. De lograrlo tendrán suficientes motivos para considerarse satisfechos, y para festejar un buen año, motivos que lamentablemente esta vez nos son esquivos.

 

-publicado en tn.com.ar el 30/12/2013

Posted in Politica Argentina.