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Kicillof, el rey filósofo

El gobierno está quemando etapas y consumiendo credibilidad a gran velocidad. La voz autorizada que tenía sólo Cristina hasta octubre pasado se le concedió poco después de las elecciones a Capitanich, quien se esperaba iba, además de hablar con la prensa, a coordinar mejor la gestión del día a día; pero al chaqueño la cuerda se le acabó bastante pronto así que le tocó el turno a Kicillof, quien no sólo se volvió entonces el vocero del Ejecutivo, sino su guía espiritual pues se supone, o al menos Cristina supone, es el que sabe lo que hay que hacer. Ahora tiene la oportunidad de aplicar a pleno ese conocimiento, aunque no parece que esté resultándole fácil.

Su caso dista de ser único, siquiera muy especial. Ha habido en todos los gobiernos funcionarios que se legitimaron como intelectuales. Lo de Kicillof es, con todo, peculiar. Ante todo por la desproporción entre los recursos de poder que le han sido confiados y los resultados que ofrece. Fruto a su vez de otra desproporción: la que existe entre el fanatismo que profesa y el cocoliche intelectual en que se inspira. Y que lleva a pensar que tal vez su principal problema no sea el de la debilidad por malas ideas económicas, por un estatismo tosco y elemental, sino que en última instancia en lo único que cree es en sí mismo, en su infalible voluntad. Un rasgo que, digamos de paso, explica bastante bien por qué se ha vuelto el hijo predilecto de la señora Kirchner.

Una comparación histórica tal vez ayude a entender este peculiar “momento Kicillof”. Hace poco más de medio siglo otro economista con credenciales principalmente académicas ingresó a paso firme en la gestión de gobierno, y anunció que había que “pasar el invierno”, hasta que el ajuste de los gastos del estado y las fuerzas del mercado hicieran su trabajo y contuvieran la inflación. Álvaro Alsogaray se hizo entonces famoso por su entusiasmo por la economía de mercado tanto como por la indiferencia con que gustaba tratar a los argumentos y demandas que no se acomodaban a sus planes. En esto último el actual ministro se le parece bastante. También en la creencia voluntarista en que, una vez que los demás actores se resignen al hecho de que las políticas en marcha “no tienen vuelta atrás” se alcanzaría un equilibrio perdurable (con la diferencia de que, en nuestro caso, de lo que se trata parece es de “pasar el verano”). Los distinguen sin embargo, dos rasgos fundamentales. Por un lado, Alsogaray estuvo obligado a, y en alguna medida logró, pilotear su gestión en un ambiente institucional complejo, donde distintos actores presionaban por imponer sus intereses, el presidente Frondizi, su partido, los militares, los gremios, etc.; en tanto Kicillof actúa con el supuesto de un extremo verticalismo, según el cual sólo importa convencer a Cristina mientras que a los demás sólo hay que avisarles lo decidido, esquema que si en algún momento funcionó es claro que ya no lo hace y produce desbarajustes cada vez más  costosos. Por otro lado, en el caso de Alsogaray la doctrina al menos operaba como un parcial contrapeso de la soberbia voluntarista, al incorporar vía el “mercado” las restricciones del entorno social; en cambio para Kicillof actúa como una invitación a la total desmesura e indiferencia frente a las señales de alarma: si los resultados no acompañan sólo puede deberse a que los malvados enemigos del pueblo conspiran y a que la dosis de la medicina es aún insuficiente.

Estas diferencias probablemente alcancen para que, a diferencia de Alsogaray, quien mal o bien fundó un partido y se convirtió en referente perdurable de una opción de política económica, el destino que le espera a Kicillof sea más parecido al de los 15 minutos de fama tan habitual en el mundo del espectáculo. En lo que pesa, hay que reconocer, también el mal momento en que finalmente tocó la cima del poder. No tanto porque el contexto le sea muy desfavorable, claramente lo es menos que el de los años sesenta, como porque su gobierno está ya de salida.

En esta deriva hacia la implosión Kicillof no está solo, el kirchnerismo en pleno va por ese camino. Aunque su caso es también a este respecto pradigmático: el ministro de Economía que mejor se acomoda al modelo de gestión kirchnerista, según el cual “gobernar es gastar y confrontar”, sufre más que ningún otro su agotamiento.

La declinación del método viene de bastante tiempo atrás. Pero nunca había pasado hasta aquí que un gobierno k tirara la toalla abiertamente en una pelea. Esto es lo que ha sucedido frente al dólar, y revela que todo está cambiando rápidamente. Y que el problema que en última instancia enfrenta el oficialismo es que, por el camino que va, ya no puede encontrar siquiera una fórmula que le permita mínimas condiciones de rendición.

Intenta de todos modos seguir como si nada, y así le va. Por un lado, gasta. El anuncio sobre los 600 pesos para los “ni ni” quedó sepultado en medio del derrumbe de los ingresos de casi todos los argentinos, incluidos esos mismos que ni estudian ni trabajan. Pero la presidente se abstuvo de hacer cualquier referencia a eso, no vaya a ser que se pensara que tenía algo que ver con los problemas del país.

Por otro, sigue confrontando. Kicillof, en el colmo del despropósito, acusó a Aranguren y Shell de conspirar contra el peso, aunque no tuvo mejor idea que a continuación celebrar que ahora sí el tipo de cambio era competitivo y se encaminaba a una misteriosa “convergencia con las demás variables del programa económico”, que nadie conoce porque sólo existe en algún secreto Excel del ministro.

Tal vez no sea del todo desatinada entonces la opción que abrazan cada vez más oficialistas, de hablar exclusivamente de lo que identifican podría ser su tabla de salvación en el inminente naufragio.  El entusiasmo de publicistas oficiales por los cambios en la grilla de canales de cable y por el futuro de Paka Paka, aunque algo insólito en el contexto que vivimos, encuentre en ello su lógica.

Posted in Política, Politica Argentina.


4 Responses

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  1. Marcos says

    Alsogaray carecía de antecedentes académicos. Era “capitán-ingeniero” (aeronáutico), y repetía ideas muy simples. Pero hay que reconocerle una conexión con la realidad -comenzando por el arma de Caballería- infinitamente superior a la de Kicillof y su entorno. Era un país menos delirante, donde alguien como Kicillof no hubiera pasado de jefe de trabajos prácticos.
    Aparte de la comparación, que encuentro forzada (en tren de comparar, Kicillof me recuerda más al Cavallo de 1982), el análisis me parece excelente.

  2. diego says

    Creo que el analisis se detiene demasiado en un aspecto puntual de la actual situacion del gobierno (la modalidad de gestion de Kicilof), y desconoce un aspecto fundamental del contexto en el cual éste se da.
    Sin duda, Kicilof pasara sin dejar demasiadas huellas en la politica argentina (con suerte, ni siquiera negativas). Tambien es indudable que el nucleo duro del kirchnerismo solo sobrevivira como figura decorativa (o como fuerza menor). Pero yo no daria por concluida la pulseada que viene librando Capitanich dentro del mismo gobierno. El kirchnerismo tambien tiene otros personajes bastante mas pragmaticos, que sin duda iran comprendiendo que Capitanich es su ultima carta para no engrosar la filas de desocupados politicos a partir del 2015.
    Esta claro que, por mas ruptura que tenga la presidenta con la realidad, continuar dejandole excesivo protagonismo a Kicilof la distanciara de los sectores del PJ aun alineados con el oficialismo, y eso, tarde o temprano, algun integrante de su mesa chica se lo hara saber. Por lo tanto, no creo que se dilate demasiado esa situacion aparentemente privilegiada para Kicilof.
    Por lo tanto, yo no me ocuparia demasiado de Kicilof y el nucleo duro kirchnerista, que sin duda “agonizan” politicamente, y me preocuparia mas por la pulseada de Capitanich, pese a que muchos, a mi entender con cierta ingenuidad, lo creen ya inexorablemente sujeto a ese mismo destino.

  3. ObsComprometido says

    El presidente de Alsogaray era Frondizi quien disponía mucho menos poder que el que posee ahora CFK, pero con un intelecto astronomicamente superior.

  4. Marcos Novaro says

    Estimados, agradezco los comentarios y admito que la comparación es por demás forzada, su único objetivo era pensar si las ideas del populismo radical tienen algún futuro y no hacía falta darle tantas vueltas.
    En cuanto a Capitanich, tal vez Diego tenga razón, pero lo veo demasiado atrapado en el peso muerto del oficialismo. Su caso me parece es más complicado que, para otra comparación menos forzada, el de Randazzo, que se da el lujo de parecer ministro del Uruguay ignorando todo lo que sucede a su alrededor y ocupándose sólo de que los camiones no molesten en los accesos a Buenos Aires. Talento autista que al pobre Milton no se le da, ni puede dársele, obligado como quedó, por propia decisión, a hablar todos los días de todos los problemas.
    Es cierto que alguna chance hay de que Kicillof se vaya cuando termine de agotar su manual de la impericia y Capitanich se quede, juntoa un ministro de Economía menos delirante. Pero tal vez un ministro con ganas de no repetir el papelón exija que el recambio de gabinete que acompñe su desembarco sea lo más amplio posible. Sería lo razonable. Saludos