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Sindicatos, surfeando entre la inflación y la interna peronista

Durante el año que terminó muchos gremios, por primera vez en bastante tiempo, llevaron las de perder frente a la inflación: recibieron aumentos en promedio del 25% mientras que el alza de precios fue por lo menos del 28, y si contabilizamos la suba de los alimentos y la canasta básica, bastante mayor. Encima, no es seguro que el año que se inicia les vaya a ir mucho mejor en esa carrera: puede que sus reclamos sean superiores a los de las paritarias anteriores, pero en el sector público difícilmente consigan gran cosa, en tanto en el privado la dispersión que ya se observa desde hace tiempo seguirá creciendo, y los más débiles volverán a perder terreno.

Con todo, están tratando de compensar su declinante poder económico sacando ventaja de las valiosas oportunidades políticas que se les presentan: la fractura abierta del peronismo en el último año, bien aprovechada, podría brindarles los medios que necesitan para que la próxima década los encuentre, sino unidos, al menos no dominados.

Desde que se aceleró la inflación, entre 2005 y 2006, el gobierno nacional siempre permitió, incluso en ocasiones propició, que los salarios de convenio le ganaran la carrera al resto de los precios de la economía. De allí que una inflación creciente no haya sido incompatible con un alza bastante sostenida del poder adquisitivo de los salarios en el sector formal de la economía, al menos hasta 2012 (bastante peor les fue a los informales, a los jubilados, y dentro de los formales, al sector público, pero ese es otro cantar).

Además, y lo más importante, la inflación sirvió para fortalecer el poder de las conducciones nacionales de los gremios, y por extensión, el de la jefatura de la CGT: era a través de las gestiones que sólo podía hacer esta dirigencia en las paritarias que los asalariados lograban año a año asegurarse ese beneficio. Más que a través de tratativas puntuales de los delegados y las seccionales con las empresas, como había sucedido en años anteriores. Por lo que el poder sindical se verticalizó y concentró.

En suma, la inflación alta y sostenida resultó un buen negocio para las cúpulas sindicales. Y así lo entendió siempre Moyano, que acuñó esa magnífica frase sobre la “inflación del supermercado”, que le permitía navegar con provecho en el mar de ambigüedades en que quedaban atrapados el gobierno y los empresarios respecto al movimiento de los precios.

Pero no hay fiesta que dure para siempre. Y menos en nuestros pagos. La alarma empezó a sonar para esa dirigencia cuando Cristina se encaminó gloriosa a su reelección mientras se agudizaban los desequilibrios económicos que habían mantenido funcionando la rueda de la felicidad del modelo. Y terminó de complicarse todo cuando la presidente expulsó a Moyano de la coalición oficial, buscando reemplazarlo por alguien más dócil al frente de la CGT. Esa pretensión iba no sólo contra los intereses del camionero, sino contra una regla de oro que él y Néstor siempre habían respetado: que cada uno sería reconocido soberano por el otro en su campo respectivo. Aunque hay que decir que el jefe cegetista también venía ignorando esa norma desde hacía tiempo, al tratar de desembarcar en el PJ y la política electoral, así que tampoco tenía mucho derecho a hacerse el ofendido.

Lo cierto es que de las hostilidades entre Cristina que recién había sido electa por el 54% de los votos, y un Moyano que venía de varios años de triunfos reivindicativos, resultó algo bastante parecido a un empate: la presidente logró quebrar la CGT pero no eliminar la influencia del camionero, y sacrificó unos cuantos puntos de alza salarial y déficit fiscal para conseguir bastante poco; en tanto éste fracasó en ubicar a sus aliados en cargos ejecutivos o legislativos, aunque no en posicionarse desde entonces como un referente ineludible del peronismo opositor.

¿Cómo les irá ahora, en lo que se presenta como el segundo round de la pelea, con la economía mucho más en rojo e inclinada en contra de los salarios y el prestigio de Cristina en buena medida agotado? Las cartas parecen estar bastante cambiadas. El poder reivindicativo de los gremios hará de seguro su parte. Pero difícilmente alcance para unificar los reclamos de las cinco centrales, y como decíamos al comienzo, lo más probable es que los resultados que ellas alcancen sean desparejos. Moyano y Barrionuevo no parecen tan atentos a liderar esa puja, en la que se han mostrado hasta aquí incluso bastante moderados, como en influir en la escena política. Para lo cual no sólo han lanzado un plan de convergencia entre los distintos sectores gremiales, sino una política de seducción hacia los actores partidarios con la mira puesta en las presidenciales.

La intención es clara: por más que la crisis con que se está cerrando el ciclo kirchnerista se lleve consigo una parte de las conquistas salariales alcanzadas durante su auge, puede servir para consolidar otros logros sindicales de la última década, sobre todo si el próximo gobierno nace de un peronismo dividido, y si necesita de los grupos de interés para crear certidumbre y controlar el descalabro económico. Sentarse en la mesa del poder puede incluso exigir ser mesurado en lo reivindicativo. Y ello tal vez hasta ayude un poco a pasar el mal trago de las paritarias a las actuales autoridades.

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