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¿Hay todavía tiempo para una transición no caótica?

¿El kirchnerismo empeoró o siempre fue igual y no se notaba porque le sobraba plata y buena fortuna? La respuesta a esa pregunta tiene su importancia para conocer las chances de que su final no sea un total desmadre. Y si estamos a las puertas de otra típica catástrofe argentina, de esas en que todo tiende a combinarse del peor modo posible para que concluyamos que nuestro país no tiene arreglo. O si todavía es posible una salida no demasiado traumática.

El ánimo colectivo, por lo menos, parece estar convenciéndose de lo primero: está francamente por el piso, todo lo contrario de lo que sucedía apenas dos años atrás, cuando se vivió un inédito pico de optimismo. Que otorgaba lustre de genios a los mismos que hoy no dan pie con bola.

Sumemos a eso los pronósticos económicos, que hasta hace poco, cuando eran pesimistas, a casi todos sonaban exagerados, fruto del fervor antikirchnerista de quienes los enunciaban más que de un análisis sereno y objetivo. Pero hoy van de mal en peor sin merecer reproche alguno, entretienéndose en paralelos con el Rodrigazo o el 2001. Y, lo que es aún peor, encuentran eco en los propios círculos oficiales. Donde la costumbre k de buscar culpables entre los demás por todo lo malo que sucedía está dejando paso a gran velocidad a reproches cruzados entre facciones que ya no ven un futuro promisorio en común y lucen peligrosamente desorientadas.

Es oportuno revisar las razones por las que el país sufre esta propensión a coronar con fracasos resonantes sus experiencias políticas, algo que nos caracteriza ya como un signo de identidad en el mundo e impulsa a que etapas más o menos intensas de entusiasmo exitista se sigan de un igualmente generalizado pesimismo nihilista. Que en alguna medida colabora a que efectivamente las cosas terminen saliendo todo lo mal que sea posible. Tal vez revisando las razones de esta ciclotimia, podamos identificar mejor los rasgos peculiares del declive en curso, y anticipar las chances de que sea menos destructivo que sus predecesores.

Para empezar, pesa la imprevisión y la tendencia a postergar soluciones, a riesgo de hacerlas más costosas y complicadas con el paso del tiempo. También la inclinación a abrazarse a soluciones transitorias como si fueran a durar para siempre. Todo eso ha gravitado en el ciclo kirchnerista. Pero hubo en él bastante más. Como los propios oficialistas se han cansado de repetir, su imperio se caracterizó por un inédito predominio de la política sobre el resto de las esferas de la vida social. Por lo que no debe sorprender que en su declive también se verifique ese mismo imperio: son decisiones políticas las que nos llevaron al lugar donde nos encontramos, no factores internacionales u otros parámetros inmodificables. Y son decisiones políticas las que están agravando los problemas.

Advirtamos que no se trata principalmente en este caso de un problema de rigidez: no es que el kirchnerismo se esté negando a cambiar sus políticas, sino que cuando las cambia, como ha hecho con el tipo de cambio, con los aliados sindicales y varias otras en los últimos meses, las cosas van aun peor y muchos se preguntan si no hubiera sido mejor dejar todo como estaba.

Otra de las peculiaridades del actual declive, a la que aluden muchas veces los analistas cuando pretenden calmar angustias, es que la situación macroeconómica, las cuentas públicas, el balance externo, los niveles de empleo y consumo y otras cosas por el estilo están mucho mejor que en crisis previas. Y todo eso nos brinda un piso relativamente alto adonde podemos caer, aun cuando el gobierno siga cometiendo todos los errores imaginables. Pero ¿alcanza con eso para que el proceso político sea más controlable?

No hay hoy real peligro de hiperinflación como en 1989, ni siquiera de una depresión económica prolongada como la que condujo al 2001, ni de un clima general de protesta social e ingobernabilidad como el que padecimos en 1975. Sin embargo, está ya claro que alcanza con un poco más de inflación, un poco más de estancamiento y un poco más de protesta social para que la situación desborde las escasas capacidades de la actual gestión. Y es bastante probable, tras los últimos tres meses de desmanejo económico, que en los próximos tres conozcamos una penosa combinación de esos tres problemas.

Vistas así las cosas, la pregunta que hay que hacerse es si el gobierno sería capaz, cuando ya no le quede ninguna otra alternativa, de operar un cambio drástico de gabinete y de políticas. Y no sólo si se animaría a intentarlo, sino si encontraría la ocasión y los recursos para llevarlo a cabo: mínima colaboración en su partido y en los gremios, técnicos dispuestos a tomar en sus manos la gestión, una oposición dispuesta a moderarse para facilitar el giro, etc.

A esta altura, la única carta que les queda en la mano a Capitanich y Kicillof parece ser esperar la cosecha y el ingreso de las divisas correspondientes. Que si no para salvar al país, creen que al menos podrían alcanzar para salvarles su pellejo de un papelón sin paliativos. Pero es muy probable que termine el verano y las cosas no mejoren. ¿Qué hará entonces Cristina?  Podría dejarlos seguir hasta el final, para no dar el brazo a torcer. O cambiarlos por otros parecidos para que sigan tocando los botones de la consola de mandos, a ver si hay suerte y algo resulta.

La otra opción, la más difícil para ella, pero puede que la única que le ofrezca una real salida, sería aceptar que las cosas ya no las puede arreglar con su gente, y que debe convocar a un equipo técnico bien distinto que aplique un plan para la transición. Supongamos que lo intenta, y supongamos también que en los convocados prima la responsabilidad y aceptan. Estarían a tiempo de evitar el descalabro: un gobierno técnico podría generar confianza, darle previsibilidad a la transición y apoyarlo se volvería entonces un buen negocio para todos, los que se van y los que los quieren reemplazar.

La oportunidad para que algo así suceda depende, obviamente, del tiempo, que no abunda. Y paradójicamente, también de la torpeza oficial: es tal la velocidad con que el Ejecutivo está consumiendo todas las otras alternativas, la radicalización, el ajuste disimulado y descoordinado, el  ocultamiento de los problemas, que puede que pronto se enfrente a una sola alternativa: entregarle la gestión económica a un equipo mínimamente capacitado y permitirle actuar con las manos libres, o sentarse a rezar. Para el ethos k sería como renunciar a la propia identidad, negar el imperio de la política y someterse al imperio de saberes que cree son la esencia de sus enemigos. Pero la verdad es que sería la única decisión política razonable que habrá tomado en años, y la única que puede aún salvar algo de su futuro.

– publicado en tn.com.ar el 3/2/2014

Posted in Politica Argentina.


One Response

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  1. Emilio Gaviria says

    Marcos, si mal no recuerdo¿nuestras transiciones tienen tendencia a ser caóticas?, la confianza, previsión, prudencia en el accionar público y privado resultan escasas en demasía. Es de suponer que con tanta manipulación, prepotencia, despilfarro, odio y fabulaciones progresistas, no se puedan encontrar personas o equipos técnicos honestos que asuman la responsabilidad por la transición y eviten ser manipulados, Usted ya lo enuncia. Terreno de la futurología, con hechos reiterados una y otra vez, ¿padeceremos de alguna debilidad cognitiva, o es el eterno retorno del filósofo alemán?. Un saludo.