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De la bomba de tiempo al ajuste caótico

No pueden reconocerlo en público, pero todos los aspirantes a suceder a Cristina Kirchner, independientemente de la naturaleza y profundidad de sus desacuerdos con ella, deben haber respirado aliviados durante el último mes. La razón: los principales obstáculos que la presidente aún podía interponer entre ellos y su futuro en gran medida se han desarmado: en primer lugar, la bomba de tiempo que había estado montando para que estallara después de la transmisión del mando en 2015 falló en su mecanismo de relojería y está arrojando esquirlas y costos con suficiente antelación como para que se le simplifiquen bastante las cosas a la futura administración; en segundo lugar, y en parte como consecuencia de ello, no habrá un candidato del riñón oficial con chances de hacer un decente papel en los próximos comicios, así que el porcentaje de votos y el poder institucional que el kirchnerismo dejará vacantes serán de tales que todos los demás actores, aun los menos aventajados, tendrán posibilidades de hacer una buena cosecha y prosperar.

En la secuencia de eventos que convirtió al mes de enero en uno casi tan negro como el muy negro diciembre parecen haberse combinado en dosis parejas la impericia y los efectos dominó. Así sucedió en particular el día 23, cuando con más de 40 grados de calor y media ciudad de Buenos Aires a oscuras, Kicillof y Fábrega se enredaron en una disputa de locos sobre qué hacer con el dólar. Ese día pinta por sí sólo hasta qué punto y cuán rápido pueden deteriorarse las cosas. Fue entonces en que parece haberse producido el paso de una situación en que la economía y la política iban desmejorando, pero las principales variables podían ser medianamente contenidas por el gobierno como para demorar los efectos de la crisis, a otra en que el desorden oficial se volvió el factor crítico y acelera el deterioro. Con lo que quedamos sumidos en un típico ajuste caótico, una situación en que, apenas para contener  un incendio se desata otro más grave, con lo que la crisis va propagándose y agravándose cada vez más fuera de control.

La diferencia entre un cuadro y otro no es menor: el estancamiento se ha convertido en recesión lisa y llana, con lo que empiezan a verse afectados ya no sólo los ingresos sino el empleo. Y la concatenación entre presiones cambiarias, tasa de interés, déficit público e inflación se complica enormemente. Ahora bien: el cambio no impacta del mismo modo en todos los actores políticos en competencia. Ni la nueva situación les ofrece las mismas oportunidades. Veamos caso por caso.

Scioli, para empezar, combina las más elevadas expectativas inmediatas y los más altos riesgos. El agravamiento de la crisis, la transformación de Capitanich en un rehén de Cristina y la desorientación general que experimenta el kirchnerismo están arrojando a cada vez más integrantes de este espacio en brazos del gobernador. Con lo que él imagina que está pronto a llegar el momento en que la presidente lo deje cumplir su rol de última tabla de salvación del proyecto. Pero para que ello se cumpla debería, paradójicamente, más bien acelerarse la crisis que contenerse. Y hay que ver si eso es lo que sucede, y en caso de que sea así cuánto capital del propio Scioli se consume. En caso de que Capitanich y Kicillof duren hasta el otoño y luego estiren las cosas, gracias a la cosecha y a algún préstamo externo, aunque el clima de recesión y de protesta social se extiendan Cristina tendrá motivos para insistir en la fórmula que viene aplicando. Negándose tanto a avalar la candidatura del ex motonauta como a cederle protagonismo en la “salvación del gobierno”, avalando el ingreso de Mario Blejer o de otro colaborador suyo al gabinete. Opción que para Scioli es cada vez más necesaria, si quiere presentarse frente a los demás gobernadores, los empresarios y los sindicalistas, y de cara a la opinión pública, como una atractiva y efectiva alternativa de “continuidad con cambios”.

En cambio para los demás aspirantes en competencia las oportunidades que la crisis ofrece no son ni tan urgentes ni tan dramáticas. Tener enfrente un gobierno que, con una retórica populista cada vez más desgastada, se interna en un ajuste caótico prolongado, ofrece ventajas tanto hacia la derecha como a la izquierda, de cara a las clases medias igual que a las bajas, tanto dentro como fuera del partido oficial, e incluso para actores con escaso poder institucional inicial. De allí que lo mejor para ellos sea que el tiempo haga su trabajo y el final del ciclo k se parezca lo más posible a un derrumbe autoinfligido y en cámara lenta.

Claro que hay también diferencias entre ellos. Los no peronistas, tanto los agrupados en el macrismo como en la alianza radical-socialista, estiman que una crisis prolongada desacreditará al peronismo en su conjunto, reduciendo las chances de Massa y su FR. Aunque puede que exageren esas ventajas porque, por otro lado, en un contexto de mayor incertidumbre económica crecerá la disposición de los votantes a ir a lo seguro, rehuir de experimentos novedosos y optar por uno que, aunque no asegure mayor renovación dirigencial, tenga ya a su alcance los resortes de poder necesarios para asegurar un mínimo orden.

Massa, por su parte, seguramente estima que sólo en caso de que el tándem Scioli-Blejer se vuelva factotum de un gobierno de transición y de un plan de estabilización capaz de superar el ajuste caótico, él estará obligado a un cambio de planes. Y como calcula que Cristina se resistirá hasta que sea ya demasiado tarde a un giro tan completo y audaz, sobre todo después de haber tenido tantos problemas con un giro parcial como el instrumentado desde noviembre pasado, respira aliviado. Los astros parecen sonreírle y todo ir alineándose para que, sin mayor esfuerzo, el 2015 lo deposite en la Presidencia. No alcanzará para asegurar una gestión muy fácil ni innovadora. Pero es bastante probable que, tras tanto tiempo de desatinos, se la juzgue con benevolencia.

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