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¿A quién le sirve comparar Argentina con Venezuela?

Mientras los funcionarios argentinos y la propia Cristina apoyaban sin matices a Maduro y sus dislates represivos contra opositores desarmados, Sergio Massa aprovechó para criticar al chavismo, resaltando las diferencias que lo separan del gobierno y de paso interpelando a los peronistas moderados que viven cada vez más traumáticamente su pertenencia al oficialismo: al impugnar la persecución contra estudiantes que se movilizaban pacíficamente en Venezuela el tigrense no buscó sólo poner en aprietos a los kirchneristas entusiastas por sus impresentables aliados externos, en indisimulable contradicción con sus proclamas a favor de los derechos humanos, la rebeldía y la participación política de los jóvenes. Si no sobre todo a Scioli y los demás justicialistas que justo esta semana volvían a reunirse en Santa Teresita, y tenían que disimular su incomodidad con las banderas y proclamas en las que La Cámpora hermana a Néstor y Chávez.

El dardo de Massa puede que haya dado en el blanco y agitado los temores de muchos de sus correligionarios, así como de muchos argentinos en general, respecto a lo que nos espera si al populismo k se le sigue dando margen para actuar. Aunque también hay que decir que el blanco escogido en alguna medida atrasa. Porque lo cierto es que las dificultades del gobierno nacional y las tensiones en su coalición, si bien guardan todavía algunas similitudes con las de sus pares venezolanos, lo cierto es que crecen más bien por el lado de sus diferencias con ellos: algunas de esas dificultades y tensiones obedecen todavía a la polarización chavista, es cierto, pero cada vez responden más al desarme y repliegue desordenado de sus posiciones. Argentina se está alejando, no acercando al modelo venezolano, Y los problemas que eso supone pueden no verse mejor sino confundirse cuando miramos un caso en el espejo del otro.

Así, mientras que un año o dos atrás era frecuente y más o menos pertinente preguntarse si Cristina pretendía seguir el sendero trazado por el chavismo, y si en caso de intentarlo podía salirse con la suya, hoy esas preguntas carecen de mayor sentido. Y lo que más bien hay que destacar es que ella trata de velar detrás de una retórica antiimperialista y populista (Precios Cuidados y Fútbol para Todos mediante), un ajuste tan apresurado como deshilvanado y regresivo. Y la incógnita a develar es si este mix tiene alguna viabilidad, o si por este camino se irán agudizando la crisis y el descontrol, y con qué velocidad lo harán.

Massa seguramente lo sabe. Finalmente fue en gran medida gracias a su ruptura con el oficialismo y al cachetazo electoral que le propinó el año pasado, que el peronismo en bloque dejó de ser el instrumento de la polarización, y la vía de la chavización quedó obturada. Seguramente también el jefe del FR se aprovecha a sabiendas de la inconsistencia en que Cristina incurre para disimular lo que viene tratando de hacer con los salarios y el consumo de los trabajadores para ganar tiempo y llegar medianamente entera a 2015. Pero tal vez no advierta que homologar lo que sucede en Venezuela con Argentina puede también terminar siendo una forma indirecta de ayudarla en esta tarea. Porque la imagen fatídica de hasta qué nivel de caos y arbitrariedad nos puede conducir un populismo irresponsable y virulento tal vez termine alentando a esos mismos actores que Massa quiere interpelar, no a alejarse sino a cooperar con el gobierno, para que no tome un camino desesperado.

La disposición del grueso de los jefes territoriales y sindicales del peronismo, igual que de no pocos empresarios y votantes, a mantener un voto de confianza en la capacidad de Cristina de controlar mínimamente la situación hay que interpretarla en este marco. Para ellos el espejo de Venezuela asusta, claro, pero no invita a abandonar el barco sino a “tratar de que Cristina termine del mejor modo posible”, como ha postulado ya hace tiempo Scioli y repite cada vez que puede.

Para ellos, ver a Quebracho, el símil local de los paramilitares bolivarianos, apretando supermercados y estaciones de servicio con el disimulado aval del gobierno debe ser sin duda fuente de temor y disgusto. Pero mientras esos aprietes estén acompañados de esfuerzos ortodoxos por controlar la fuga hacia el dólar, cerrar la brecha cambiaria y mejorar la competitividad empresarial y las cuentas públicas tal vez los dejen pasar, y hasta puede que los valoren como el necesario “látigo que asoma en la ventana”. Antes que a la contradicción entre ésto y aquéllo, prestarán atención a la complementariedad.

Cristina una vez más los está sorprendiendo, al combinar el agua y el aceite. No hace falta que encuentre la cuadratura del círculo e invente un kirchnerismo post 2015 para que le concedan el tiempo que necesita. Mientras tanto, claro que la economía se seguirá sumiendo en la recesión, la inflación continuará y los ciudadanos se replegarán en su mal humor. Pero con tal de que no suceda lo peor, el conformismo elemental que nos mantiene unidos como sociedad desde hace tiempo jugará a favor de que el barco llegue a puerto y tal vez también de que el continuismo tenga alguna chance frente a difusas y fragmentarias propuestas de cambio.

Y así, al final del camino, las advertencias de Massa podrían volverse en su contra: ¿no terminará repitiendo el síndrome Carrió, teniendo que explicar por qué todos los fantasmas y comparaciones de catástrofe con los que nos alarmó se rebelaron exagerados y por qué finalmente las cosas “no terminaron tan mal”? Queriendo poner en aprietos a los continuistas, y en particular a Scioli, consagrado ya el rey del conformismo, tal vez lo que esté haciendo en verdad sea facilitarle el juego.

Como vemos, los usos de Venezuela son de lo más diversos. Massa, Cristina y también Scioli tienen el suyo. Algunos son más sutiles que otros. Y todos tienen en común agitar los miedos y las incertidumbres que nublan nuestro futuro.

 

 

publicado en tn.com.ar el 24/2/2014

Posted in Politica Argentina.