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Cuidado, Zannini viene a comer

Pocas veces quedó más en evidencia la grieta que se ha abierto entre la presidente y el peronismo que cuando ella se sintió obligada a enviar a su supersecretario Zannini a colarse en la cena que reunió a los gobernadores de su partido la semana pasada.

Seguramente Cristina pensó que era peor si dejaba que Scioli, Gioja y los demás se siguieran desmarcando de su cada vez más complicada administración, y mostrando que pueden conversar amablemente del futuro incluso con De la Sota y el sáaismo, sin considerar que deban pedir permiso, ni siquiera tener en cuenta lo que ella piense al respecto. El problema existe y es serio: esos gobernadores, contra lo que afirmó Massa días después, piensan que tienen mucho futuro por delante, al menos mucho más que Cristina, y que él no depende de ella y hasta puede ser incompatible con sus aspiraciones, así que la van dejando progresivamente de lado.

Pero la solución que la presidente creyó encontrar tal vez fue peor que la enfermedad. Porque mandar a Zannini a hacer el ridículo reveló más bien su impotencia, el hecho de que ya no tiene forma de impedir que las cosas sigan su curso. Y sirvió sólo para alimentar la sospecha entre los gobernadores de que se resistirá hasta el final a una transición concertada que minimice los costos que su declinante gestión podría imponerle a todos ellos. Encima permitió a sus más odiados enemigos, los que estuvieron, como el cordobés, y sobre todo los que no estuvieron, como Massa, seguir cotizando en alza frente a los más dóciles y colaborativos. Y lo peor fue que estimuló a los peronistas en general a seguir sus negociaciones más bien en secreto, visto que tratar de hacerlo en público les trae tantos problemas.

 Por otro lado, si Cristina se hubiera hecho la distraída tal vez las consecuencias realmente no hubieran sido muy graves. Massa igual hubiera tenido que salir a despotricar contra los que se habían reunido, porque sabe que lo hacen en gran medida en su contra, y la disputa entonces se hubiera entablado entre él y Scioli. Quien está lejos de tener el panorama despejado como para tener tantas ganas de alejarse de la presidente como algunos de sus pares: no sólo por el conflicto docente, también por los crecientes problemas de inseguridad y el efecto de todo ello en las encuestas, lo último que necesita el bonaerense es quedar como el jamón del sándwich entre Massa y Cristina.

Que de todos modos la alarma haya sonado en la Casa Rosada, y sus ocupantes hayan reaccionado como lo hicieron nos habla a las claras justamente de lo poco que se registra de todo esto en su seno. Primero, porque tan acostumbrados están ahí a que todos les tengan miedo, que se desesperan con facilidad cuando el miedo cede, y no atinan recurrir a otros medios para lograr acompañamiento y timonear el barco.

Segundo, porque la cosa se pone peor cuando perciben que las peores amenazas proceden del “fuego amigo”. Que, por cierto, existe y en abundancia: las conspiraciones y roscas de todo tipo están a la orden del día en los alrededores del gobierno, no todo es paranoia K. El problema es que a nadie en el Ejecutivo parece pasársele por la cabeza que si así están las cosas se debe a un error de partida de ellos mismos, que si no se corrige a tiempo provocará gravísimos problemas en la transición.

Tercero, y en el fondo de la cuestión, está la encaprichada idea de Cristina de dilatar una definición, porque supuestamente no le conviene entregarse en brazos de Scioli ni tampoco blanquear otro candidato, porque así, en la incertidumbre, divide y reina. Cuando en verdad la incertidumbre lo único que genera son más motivos para que los demás busquen hacer su propio juego, especulen para negociar mejor en el futuro y mantengan abiertas las puertas para ir para cualquier lado. En ese sentido, la presidente debería registrar que el problema más serio que tiene delante no es que los gobernadores se reúnan sin pedirle permiso, sino que ellos y todos los demás se sigan convenciendo de que no habrá acuerdo posible y lo que se viene es un sálvese quien pueda. Lo que sería mucho más perjudicial para su autoridad que la mesa de gobernadores. Ojalá el principal problema de Zannini, y de Cristina, fuera que se organizan reuniones públicas a las que no los invitan.

 

 

-publicado en tn.com.ar el 24 de marzo de 2014

Posted in Politica Argentina.