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El ajuste avanza. ¿Va a funcionar?

El gobierno está esforzándose en ampliar el ajuste iniciado en enero. Sin plan, cediendo a regañadientes, más forzado por las circunstancias que orientado por un buen diagnóstico de la situación, no puede negarse de todos modos que ha dado pasos en dirección al sentido común. Las cosas hubieran sido mucho peores si seguía por el camino que venía recorriendo hasta diciembre, intentando blindarse frente a los problemas, con la esperanza de poder ignorarlos hasta 2015 y que le estallaran al que lo sucediera.

Bomba de tiempo no va a haber, o va a ser bastante menos peligrosa de lo que cabía esperar cuando Cristina prometió que ella nunca devaluaría. Pero ¿qué resultado cabe esperar de un ajuste por acumulación y a los trompicones como el que se viene aplicando?

Parte del problema con él es que se hace a destiempo: tras haber consumido un tiempo precioso, en que el crecimiento podría haber suavizado sus efectos, justo cuando la economía ya se había estancado empezaron a acumularse las malas nuevas oficiales, convirtiendo esa tendencia en recesión. Cabe preguntarse entonces si el ajuste no terminará siendo autofrustrante: si lo que se ahorra el fisco con el recorte de subsidios lo pierde por menores ingresos, debido a la caída del salario real y el consumo, a fin de año tal vez tengamos el mismo desequilibrio fiscal que ahora, por tanto un similar ritmo inflacionario, y problemas más serios de actividad y tal vez también de empleo.

El otro aspecto problemático es la falta de una buena secuencia en las medidas. No era mala idea demorar los recortes a los subsidios hasta que terminaran las paritarias, pero para que eso funcionara el gobierno debería haber querido y podido acelerar la negociación con los gremios. Y o no lo supo hacer o  lo intentó y fracasó. Ahora los recortes de subsidios seguramente le pondrán hierro a las presiones gremiales, alentarán a los intendentes y algunos gobernadores a ser más flexibles frente a sus empleados y a las empresas a descargar los mayores costos en sus precios.

Por último, está el problema de la contradicción entre las distintas señales que se emiten desde el gobierno nacional. Él parece, a este respecto, atrapado entre la necesidad de cultivar a su base y defender sus credenciales populistas, y urgencia de convencer a los empresarios de colaborar. Una trampa que él mismo se tendió: en su esfuerzo por disfrazar las medidas que adopta, blandiendo aun las consignas de la lucha contra los mercados y los empresarios, consigue tal vez algo de aire para el proyecto político, al menos en el núcleo de su base de apoyo y entre sus militantes, pero pierde eficacia económica, porque desalienta a aquellos de cuya colaboración e inversiones necesita para que el ajuste de lugar más o menos pronto a una recuperación. Más bien convence a los inversores de que seguirá mientras pueda usando todos los recursos a la mano no para ordenar la economía, detener la inflación y recuperar la competitividad perdida, sino para alimentar a su clientela política y defender las credenciales populistas.

El resultado será un ajuste con costos para el consumo y el nivel de actividad, pero ineficaz para detener los precios y estimular las inversiones. Los que tienen los recursos para hacer más llevadero a mediano plazo el costo que el gobierno está pagando por devaluar, presionar a la baja los salarios y recortar gastos no los ponen, y entonces aunque de momento el kirchnerismo modera el impacto político del giro emprendido, porque se sigue mostrando progresista y atento al empleo y el consumo, se asegura sufrir uno mucho mayor a medida que la crisis se despliegue, la recesión se agrave y la inflación no ceda. Es como decir, el peor de los mundos: se pagan los costos de la ortodoxia sin cosechar ninguno de sus eventuales beneficios (estabilidad de precios, aumento de competitividad e inversiones, etc.).

Entonces, ¿para qué lo hacen? Acá interviene el peculiar significado que el vértice oficial atribuye a “que el ajuste funcione”. ¿Cuáles son los objetivos que en verdad persigue? En principio, acumular los costos este año y crear condiciones para una aunque sea mínima recuperación en 2015, de modo que se vote cuando ya se hayan olvidado los sinsabores del ajuste. Y en segundo lugar, soltar lastre en la coalición oficial, concentrando recursos en los votantes más seguros y dejando de pagar por los más onerosos e inciertos.

Lo más interesante del caso es que el segundo objetivo parece revestir más interés para el núcleo oficial que el primero: en la alternativa entre seguir pagando el oneroso costo de una coalición que maximizaba el consumo y el crecimiento, para tener chances de recuperar la mayoría en 2015, o blindar los apoyos que aún se conservan, asegurándose de que una no despreciable minoría siga siendo kirchnerista, parece que Cristina y compañía están optando por lo segundo. Con lo que tenemos una combinación de lo más curiosa: las medidas cada vez más ortodoxas se justifican en lo económico, porque aspira a dársele continuidad a la radicalización política.

El sueño de retener una minoría gravitante y resistente al paso del tiempo es una meta recurrente de la política argentina, incluida la peronista. No otra fue la expectativa de Menem en 1999. Lo que también resulta curioso en un partido que se define más que nada como una “fuerza de mayorías” que se organiza desde el poder. Si el kirchnerismo ya no se imagina ganando, pero quiere imponer las condiciones que cree más convenientes para su derrota y salida del gobierno (así lo han planteado casi literalmente días pasados dirigentes de La Cámpora, periodistas de los medios oficiales y hasta algunos intendentes: de lo que se trata es de quedarse con una cuota de poder que permita volver más adelante), lo que cabe preguntarse es si tendrá más chances de conseguirlo que sus predecesores. Consolidarse en el territorio, en las áreas periféricas más que en las metropolitanas, así como en la batalla cultural, cuidar a los votantes más pobres e informales sosteniendo los planes sociales y el consumo correspondiente, y a los militantes, dándoles estabilidad a los cargos que ocupan en el estado, pueden ser pasos importantes en esta dirección. Pero difícilmente alcancen a menos que el próximo gobierno tenga problemas para reactivar rápidamente la economía y superar la fragmentación peronista. Lo que depende a su vez de que la bomba de tiempo vuelva a escena y haga su trabajo. Volvemos así al comienzo: el kirchnerismo sigue siendo igual a sí mismo en un aspecto fundamental, aun cuando se resigna ante los límites a su voluntad, lo hace ratificando en lo esencial lo que lo llevó a chocar con ellos.

-publicado en tn.com.ar el 31/3/2014

Posted in Política, Politica Argentina, Politica Económica.