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PJ: ¿disciplina y cohesión o cartón pintado?

Si fuera cierto lo que decía Perón de sus seguidores, que son como los gatos porque cuando suenan como si se estuvieran peleando en verdad se están reproduciendo, habría que concluir del muy pacífico encuentro de Parque Norte que les está faltando pasión y van camino a un serio problema de reproducción.

El acto del viernes 9, en apariencia, corona con el éxito los esfuerzos que vienen haciendo en táctica coincidencia el kirchnerismo duro, Scioli y otros gobernadores peronistas por mostrar que están y estarán unidos para procesar la sucesión. Completa así el espectáculo que empezó a montar el happening militante del Mercado Central, donde Unidos y Organizados fue el actor protagónico y Scioli y otros peronistas a secas los invitados estelares. En Parque Norte los roles se invirtieron, y cabe destacar que La Cámpora desempeñó el suyo inesperadamente bien, portándose tan dócil y amablemente como lo había hecho el ex motonauta días antes. Sólo que en este caso no sorprendió a nadie, en cambio en el de los camporistas fue una grata novedad.

Hay que decir también que para un proyecto que se vanaglorió de gobernar el país con un mínimo de mediaciones partidarias, y con la idea de que cooptando y dividiendo a las preexistentes se podrían fundar nuevas identidades, aceptar que el viejo PJ administre aunque sea en parte su legado resulta un gran gesto de moderación y humildad. Equivalente al que implica devaluar y endeudarse para su gestión de la economía.

En ambos casos más que señalar la cara de hereje de la necesidad cabe celebrar que impere un mínimo pragmatismo sobre el dogma. Con todo, también hay que preguntarse si el giro es adecuado para lidiar con un proceso ya muy enredado, y si llega a tiempo. Veamos.

A la reunión de Parque Norte no fueron De La Sota, Reutemann ni Massa, quienes controlan hoy por hoy la mayor parte del voto peronista en tres de los principales distritos del país. Tampoco asistieron Das Neves, Peralta, los Rodríguez Sáa, Romero y otros dirigentes con arraigo en distritos chicos. Pero eso no es lo que más complica la eficacia de la convocatoria: la cosa se agrava cuando consideramos el compromiso efectivo de los jefes distritales que sí concurrieron.

La mayor muestra de que mucho no se puede esperar de ellos es que o ya decidieron desdoblar las elecciones provinciales de las nacionales, o están dejando correr el tiempo para anunciarlo en el momento oportuno. Cristina y Scioli los vienen presionando para que no lo hagan y aten el futuro de su poder distrital al de los candidatos nacionales del oficialismo. Pero el problema es que no pueden asegurarles que éstos no vayan a ser un lastre que los perjudique frente a los de oposición. En la mayor parte de las provincias los gobernadores tienen mejor imagen que el gobierno nacional, y ellos y sus candidatos mucha más intención de voto que Scioli, para no hablar de Randazzo o Urribarri. Para peor, si el oficialismo insiste en presentar distintas listas presidenciales y de legisladores nacionales en las PASO, podría provocar que en muchos distritos la oferta local del peronismo también se divida, complicándoles innecesariamente la vida a sus jefes.

Si el oficialismo se decidiera ya por una fórmula presidencial o al menos armara listas únicas de legisladores nacionales, se podría contar con que las facciones que forman el arco del peronismo orgánico colaboren a la unidad local. Lo primero sólo podría lograrse si el kirchnerismo se resignara a apoyar a Scioli, y la esperanza de no hacerlo parece ser lo último que él quiere resignar. Y lo segundo es apenas menos delicado.

En suma, el desdoblamiento electoral entre provincias y nación se presenta como la respuesta lógica a una situación en que el peronismo se dividió a nivel nacional, pero todavía puede evitar dividirse en buena parte del territorio. Paradójicamente, si Massa hubiera logrado más inserción fuera de los distritos centrales, tal vez desdoblar no tendría tanto sentido en los chicos y periféricos porque sus caciques estarían forzados a elegir entre el FR o el PJ y los riesgos de uno u otro camino serían más o menos los mismos independientemente de la fecha en que se vote. En consecuencia, lo que vemos es que un fracaso de Massa en su apuesta inicial, replicar en el país la fractura del peronismo que logró en provincia de Buenos Aires, está facilitando las cosas no tanto a Scioli como a los demás gobernadores: les permite una cooperación aparente y muy barata con aquél y con el gobierno nacional, salir en la foto y prometer disciplina partidaria, para lavarse en verdad las manos de lo que suceda en las presidenciales.

¿Puede Scioli de todos modos convencer a sus pares del interior que les conviene apoyarlo activamente, aunque desdoblen los comicios? Para lograrlo está prometiéndoles que no va a condicionar en nada la integración de las listas de legisladores nacionales, a diferencia de lo que hizo en todos estos años el kirchnerismo. El problema es que éste necesita imperiosamente volver a hacerlo, para lograr el objetivo de mínima que se propone en caso de no tener un candidato fiel a la presidencia con posibilidad de ganar: sobrevivir como minoría numerosa y cohesionada en el Parlamento. Así las cosas, la tentación de replicar lo que hicieron muchos intendentes bonaerenses en 2009 y 2013, poner gente tanto en las listas de legisladores nacionales oficiales como en las de la disidencia, y sentarse a disfrutar del espectáculo es la opción más tentadora para los gobernadores. Y les permitiría replicar la situación vivida en 1999 y en 2003, cuando soportaron casi sin costos el vendaval desatado por la sucesión del liderazgo en la cúpula.

Para la salud presente y futura de la democracia argentina sería bueno que la activación y la cohesión del PJ no fueran sólo cartón pintado, un mero espectáculo para simular responsabilidad y ajuste a las reglas institucionales mientras se sigue practicando el más crudo oportunismo de facción. Pero igual que en otros terrenos el giro llega demasiado tarde para lograr un cambio reparador de la largamente cultivada política del apriete. Que ahora los jefes nacionales reclamen de los gobernadores un compromiso en serio suena tan poco realista como ajustado a lo que durante más de una década se les inculcó debían hacer frente al centralismo punitivo: aplaudir y esperar, a que llegue lo que ahora está llegando.

 

publicado en perfil.com el 11/05/2014

Posted in Kirchnerismo, Politica Argentina.