Skip to content


El kirchnerismo frente a la sucesión, la continuidad o el olvido

El oficialismo sigue empecinado en remover una de las pocas virtudes que ya universalmente se le reconocen, y que ha hecho más pasable su dominio tanto a quienes lo rechazaron como a muchos de sus propios votantes: la transitoriedad. El happening militante del Mercado Central apuntó a ese objetivo y logró reactivar el entusiasmo en activistas y funcionarios. Aunque es más dudoso que haya sido útil para controlar la sucesión.

En su transcurso se dejaron en claro las condiciones que buscará imponerles a sus candidatos: sumisión eterna a Cristina, salir de gateras sólo cuando ella de la señal y continuidad no tanto de políticas (se mencionaron unas pocas que en verdad nadie piensa eliminar, como la AUH) como del personal, con que pretende seguir colonizando las legislaturas y el Ejecutivo. Pero fue sintomático que los dos candidatos con alguna chance para 2015 difirieran en sus respuestas y contribuyeran de consuno a frustrar esas expectativas.

Scioli decidió hace bastante edificar su empresa presidencial como una sociedad por acciones cuya titularidad ofrece compartir a todos los dispuestos a colaborar. Así que se mostró más dócil que nunca ante el camporismo. En tanto Randazzo, que si logra crecer en la opinión pública da por descontado que recibirá el aval de los unidos y organizados, por la resistencia que sigue generando en ellos el gobernador, ni siquiera se dignó asistir. Obligándolos a desmentir que no les quede más salida que la que Scioli ofrece, con la excusa de una archirrepetida foto con Macri y unas ridículas declaraciones del señor Granados.

Como se ve, el problema oficial sigue siendo que en el afán de conseguir el más fiel de los candidatos demora toda decisión al respecto y va perdiendo la gravitación que necesita para influir en ellos. Pues mientras tanto éstos siguen abriendo sus propios caminos, sin romper lanzas con el gobierno pero empujándolo hacia la irrelevancia. Como van las cosas, para cuando La Cámpora y Cristina se decidan ya no contarán demasiado.

A más de una estrategia deficiente, operan para que así sea problemas estructurales. El primero, económico: no hay muchas chances de que acumulando los costos del ajuste este año, el próximo vayan a resurgir el crecimiento y el optimismo; algo que funcionó bien entre 2009 y 2011, bastante peor entre 2012 y 2013, y ahora tiene en contra la desconfianza acumulada en las autoridades y una creciente escasez de recursos.

Segundo, actúa un serio problema territorial. El kirchnerismo había logrado que la bonaerense fuera su base no sólo más nutrida sino más doctrinaria y entusiasta. Mientras que en el resto del país se conformó con que el cartel del FPV luciera al frente de la dirigencia y las estructuras de siempre. Pero como La Provincia es también uno de los pocos territorios en que sobrevive la competencia electoral, dentro y fuera del PJ, esa base quedó expuesta a los cambios de humor social. El resultado ha sido que la pata metropolitana de la coalición oficial se debilitó mucho más que sus componentes periféricos (algo que el ajuste y el recorte de subsidios agudizarán), así que el kirchnerismo del ocaso tiende a parecerse al peronismo de la derrota de 1983, conservador y pobre, y cada vez menos a la renovación progresista que quiso mostrar en sus años de gloria.

Tercero, pesan las leyes electorales: con doble vuelta (o triple, si contamos las PASO) será cuesta arriba para los k pesar no sólo en la presidencial sino en las elecciones legislativas, provinciales y municipales, por más que pongan candidatos en las listas de Randazzo, Scioli y el que sea. En el mejor de los casos harán una elección mediocre que se comparará con la excelente de 2011. Así que a diferencia de 2013, cuando perdieron muchos votos pero pocos cargos, ahora ellos y quienes en el PJ los acompañen pueden ver muy disminuido su poder institucional. Será difícil convencer a los peronistas de que les conviene correr ese riesgo y no irse con Massa, o desdoblar las elecciones locales y distritales. Con lo cual tal vez el kirchnerismo, igual que Duhalde en 1999, termine siendo el único derrotado de una elección en que los demás salven la ropa.

Por último, el oficialismo tiene que redefinir su rol en la historia para convencer de que tiene algún futuro. Al respecto el discurso de la “década ganada”, además de las muchas objeciones que mereció, tiene el inconveniente de ubicarlo en el pasado. Tal vez por ello ya no hable tanto de la irreversibilidad de sus logros como de su precariedad y la necesidad de evitar el péndulo que tan seguido nos afecta. De reclamarse la fuerza cuya aparición habría marcado un antes y un después en nuestra historia, el kirchnerismo está pasando a señalar una condición que lo igualaría con otros experimentos ocasionalmente exitosos, pero a la postre frustrados por la inveterada pasión argentina por la inestabilidad: sus limitaciones se cargan así a vicios del país y se esconde el cuerpo al necesario baño de humildad.

También emparenta al kirchnerismo con el pasado, en un sentido más lapidario que el que sus exégetas pretenden evadir, el que deba desmentir que sus administraciones hayan servido para mostrar algo que hubiera sido aleccionador si no fuera porque ya había quedado en claro en los años setenta, que la izquierda del peronismo tiene tanta capacidad de daño como su derecha, y sólo le faltaba ocasión de ejercerla. Si termina siendo esa la perenne imagen que dejará a su paso tras doce años de descomunal poder y oportunidades para innovar, más le hubiera valido optar por el olvido.

publicado en clarin.com el 12/5/2014

Posted in Kirchnerismo, Política, Politica Argentina.