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Y ahora encima crece la “sensación de corrupción”

Lijo tiene atrapado a Boudou, quien tiene a su vez atrapado al gobierno. Así que lo más probable es que con este caso se haga como con las reservas del Central: como la historia termina entre mal y muy mal, el asunto es aguantar y que el final llegue lo más tarde posible, cuando ya la gente esté viendo otra película y los responsables, directos e indirectos, se hayan tomado las de Villadiego.

En el ínterin, nuestras instituciones democráticas seguirán dando con este vice una penosa muestra de sus bajos estándares morales y de las malas prácticas en ellas instaladas. Pero no será la primera vez, tampoco la última. ¿Será al menos aleccionadora?

Que el ocaso del kirchnerismo esté acompañado del declive de su pretendida superioridad moral, y de la aún más sorprendente imagen como gestión relativamente proba que hasta hace un tiempo ostentaba, al menos en comparación con la menemista, era algo esperable: no sólo porque como a cualquier otro gobierno que pierde poder se le iba a ver más la hilacha, sino porque la distancia entre las pretensiones y las realidades siempre fue en su caso inusitada.

En primer lugar el caso evidencia que no sólo el kirchnerismo debilitó más que fortaleció el estado y lo público, sino que lo hizo con premeditación y planificación. El desmantelamiento de la Casa de la Moneda, el desplazamiento de funcionarios técnicos que ejercían funciones de control, la politización primero sutil y luego a manotazos de la Justicia, y finalmente el recurso desesperado a una estatización inaudita para tratar de tapar el berenjenal son apenas los más llamativos eslabones de una larga cadena que empezó a montarse varios años atrás y no se ha detenido. Simplemente porque no es posible detener el efecto corrosivo que la mezcla de patrimonialismo y polarización populista, en que ha consistido en esencia el proyecto k, causan sobre la democracia y el estado de derecho.

En segundo lugar, el caso revela, igual que el que involucra a Lázaro Báez, que aunque el pescado haya tardado bastante en pudrirse, lo hace inevitablemente por la cabeza. El kirchnerismo montó un sistema de poder muy estable y verticalizado apenas llegó a la Presidencia que le permitió minimizar las delaciones y los conflictos “distributivos” entre sus miembros, así como planificar el saqueo a largo plazo. Lo que no es poca cosa para una elite acusada de coyunturalista e imprevisora. Así fue que, a diferencia de Menem, que casi constantemente padeció escándalos de corrupción, muchas veces causados por conflictos entre sus propios funcionarios, y casi siempre por la escasa previsión de un personal político acostumbrado a rotar y que asumía su paso por la administración como una ocasión probablemente breve que había que aprovechar lo más rápido posible, sacrificando prolijidad y cálculo, los Kirchner no tuvieron mayores problemas en mantener ordenada y a oscuras la caja negra del estado durante un tiempo inéditamente prolongado.

Prolongado, pero no eterno. No es casual que en el caso Boudou, igual que en el de Báez, haya sido a partir de la muerte de Néstor, que la verticalidad pasó de ser una solución a un problema, y se le dio vía libre a un raid delictivo cada vez más desopilante. En el que el líder político primero no pudo evitar quedar pegado y luego tampoco involucrarse en tratar de tapar lo sucedido.

publicado en el diario La Nacion el 1/6/2014

Posted in Politica Argentina.