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Poder sindical: ¿una corporación que sí complica a la democracia?

En la confusión creada por discusiones que no llevan a nada, y que tanto entusiasman al Kirchnerismo pero también a muchos opositores, ha pasado bastante desapercibido en los últimos años un asunto que es ya un clásico en Argentina y que, tras el interregno de las reformas de mercado, volvió a cobrar la importancia tanto política como económica que tuvo hasta entonces: el papel del poder sindical.

Hay quienes señalan que la recuperación de un lugar central para este actor, a diferencia de lo que sucede con todas las demás corporaciones, es una buena señal tanto para la democracia como para el desarrollo. Él sería el más interesado en combatir el empleo en negro y en promover la generación de empleo de calidad. Y así lo demostraría que, sobre todo en los primeros años del Kirchnerismo, crecieran a similar velocidad el trabajo registrado y el número de afiliados a los gremios. Estos además son interlocutores necesarios para darle estabilidad y profundidad a las políticas económicas. Y si no han logrado hacer mucho en este terreno en los últimos años habría sido no porque no han querido sino por deficiencias de las autoridades: como en tantos otros terrenos, el kirchnerismo promovió a aliados con los que luego no supo muy bien qué hacer. Pero un nuevo gobierno más serio y razonable, que quiera establecer estímulos de más largo aliento y no confíe sólo en apretar a fondo el pedal del consumo y el gasto público, podrá sacar provecho de esta sólida contraparte sindical, porque ya la mitad del trabajo estará hecho.

Hay del otro lado visiones críticas y algunas muy críticas. En primer lugar, las que señalan que el sindicalismo recuperó poder económico y político gracias a su funcionalidad con un proceso de alta inflación, que volvió a millones de trabajadores dependientes de los acuerdos salariales que permiten empardar la carrera a los precios y año a año firman los jefes nacionales de gremios que siguen siendo poco democráticos, siguen preocupándose casi en exclusiva de ventajas circunstanciales que logran extraer a empresarios y gobiernos en la puja distributiva y desentendiéndose de los problemas que eso cree para un desarrollo sustentable, y están sobre todo atentos a sacar provecho de su poder sectorial para sus carreras políticas, y del manejo de las obras sociales para ese fin y su prosperidad personal.

Desde el oficialismo se celebra que haya crecido el número de paritarias nacionales firmadas en estos años, pero ello ha ido en perjuicio de acuerdos de más largo plazo y a nivel de empresa, que se volvieron más raros o irrelevantes y en otros tiempos permitían un acompañamiento más ajustado de los planes de inversión de las unidades productivas y entre productividad e ingresos.

Si es cierto que se fortaleció una práctica sindical coyunturalista y especulativa con la economía inflacionaria, es discutible que ella vaya a ser útil, o siquiera que pueda evitarse sea un obstáculo, para salir de ella.

Por otro lado, aunque entre 2002 y 2007 creció el empleo privado formal mucho más que el público (62% de aquél contra 34,7% de éste, mientras el informal se estancó o cayó), y con ello se fortalecieron los gremios cuyos intereses están ligados a esa economía productiva y en blanco; entre 2007 y 2012 la relación entre esos porcentajes se invirtió: 12% contra 25,3%, éste último concentrado en las provincias, pero también en municipios, organismos descentralizados y empresas públicas, en muchos casos con muy baja productividad y un impacto también negativo en el universo sindical.

 ¿No terminará siendo más difícil pasar a actividades productivas a estos empleados, que en muchos casos son más una carga que un recurso para la producción de bienes públicos, de lo que fue sacarlos del desempleo o la ocupación informal e incorporarlos a la administración?

– publicado en El cronista el 30/5/2014

Posted in Politica Argentina.