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¿Por qué ahora falla el nacionalismo anticapitalista?

Es toda una sorpresa: justo hoy, cuando se enfrenta una situación en apariencia ideal para agitar los ánimos anticapitalistas y nacionalistas, por lo general muy gravitantes en el sentido común argentino y en nuestros comportamientos políticos, ante lo que bien puede considerarse una representación casi perfecta de sus enemigos, fondos especulativos insaciables, el imperio que nos victimiza, y del otro lado la solidaridad de los países postergados a pleno, más un gobierno decidido a hacer de esta la batalla , a la vez política, económica y cultural, la última y más decisiva de su tiempo, los ánimos colectivos van para otro lado, un porcentaje importante de la opinión se muestra más bien dispuesto a pagarle a los hold outs y dejar atrás el asunto, otros tienen sentimientos ambiguos y la gran mayoría manifiesta cierto hartazgo.

¿Por qué, en suma, le está resultando tan difícil al gobierno movilizar las pasiones nacionales en su favor?, ¿si hasta no hace mucho y para cuestiones menos dramáticas, y que más difícilmente lo justificaban, le resultó en cambio muy fácil y conveniente hacerlo? Recordemos si no la adhesión que lograron los cortes de puentes en Gualeguaychú, las fuertes diatribas y las iniciativas diplomáticas del gobierno argentino contra las “pasteras que nos contaminan”, el consenso que acompañó el brutal manotazo con que se confiscó YPF, y todavía hoy la popularidad que halla el argumento según el cual los precios suben por culpa de empresarios insensibles y sin “conciencia de nación”.

Pueden ensayarse dos explicaciones. Una, que alienta cierto optimismo, es la fatiga de materiales: el gobierno abusó tanto de estos argumentos sobre los males del capitalismo y la perversidad del imperio, para justificar tantas iniciativas absurdas y que terminaron saliendo en general muy mal, que ya la opinión pública está hoy muy cansada y comparte menos de lo que suele hacer esta forma de ver las cosas. Es así que el caso de los hold outs, que en otras circunstancias hubiera podido leerse muy fácilmente en esa clave, habría llegado muy a destiempo, cuando nuestras disposiciones habituales a buscar culpables están en crisis y lo que es costumbre ha perdido buena parte de su pregnancia.

La segunda, menos halagüeña, alude a una más pedestre relación de fuerzas: nuestro nacionalismo casi siempre ha sido más virulento frente a adversarios débiles, o que al menos creímos débiles -empresas que el gobierno puede castigar sin mayores riesgos inmediatos, países vecinos más pequeños, imperialismos en decadencia, etc.- y en cambio tiende a mostrarse mucho más ambiguo y hasta pasivo frente a adversarios más amenazadores o que nos pueden imponer sus reglas y poder. En este segundo caso tendemos a combinar el resentimiento hacia los adversarios con un resentimiento aún más fuerte hacía nosotros mismos, expresado frecuentemente en fórmulas como la de “este país no tiene arreglo”, o “no nos merecemos este gobierno” o cosas por el estilo.

Viene a cuenta de ello recordar lo que sucedió tras la guerra de Malvinas. Una parte de la opinión pública de entonces, importante pero no mayoritaria, sometió a crítica las pasiones que nos habían llevado a acompañar y festejar una operación militar tan irrealista como violatoria del derecho internacional, y durante un tiempo al menos, las ideas antimperialistas y nacionalistas dejaron de moldear nuestras conductas políticas, al menos en ese sector más autocrítico de la sociedad. Pero para la gran mayoría lo sucedido tenía por principal explicación que nos habían engañado, y al odio hacia los piratas ingleses se sumó entonces un odio tan o más intenso contra los que supuestamente nos habían mentido y habían jugado con nuestros nobles sentimientos, los militares en general y Galtieri y su banda en particular. Fue así, por malos motivos, que terminamos desprendiéndonos del militarismo, una versión particularmente tóxica del nacionalismo. Pero para seguir cultivando otras variantes de él más sutiles y no mucho menos nocivas.

La referencia, salvando las distancias con la situación actual, en mucho diferente, viene a cuenta para advertir un problema tal vez no suficientemente considerado por la oposición política y los analistas críticos del gobierno: conviene tener cuidado, porque en la actual circunstancia el antikirchnerismo puede volverse refugio de sentimientos tan o más problemáticos, por lo difundidos y equívocos, que los que moviliza el kirchnerismo. Que, convengamos, en términos de movilización de resentimientos y otras pasiones controvertidas ha hecho ya casi todo el mal que podía hacer.

Afortunadamente en las principales fuerzas de oposición prima hoy en día una saludable tendencia a la moderación, que acompaña tendencias similares dominantes en la opinión pública y desaconseja el aventurerismo político. Pero no hay que descartar que, a medida que la competencia se intensifique en ese campo, las cosas se pongan más complicadas.

Posted in Politica Argentina.


3 Responses

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  1. otrolumpen says

    Hola Marcos. ¿Qué indicios te sugieren el hartazago colectivo contra el discurso nacionalista y antagonista del gobierno? Deduzco (quiero creer) que en la UIA o incluso en la CGT no esten muy entusiasmados con la épica del default, pero ¿qué es lo que se sabe de la opinión pública? Tampoco entiendo qué sentimientos pueden albergarse en el “antikirchnerismo” que sean más perjudiciales de los que actualmente puso en vigencia el “kirchnerismo”. ¿Podría haber un rebrote nacionalista tras la negociación y el pago?

  2. emiliogaviria says

    Síntesis reduccionista: los que lucran con la situación no tienen problemas, el resto de los habitantes consumidores de a pie, comerciantes, industriales, los pequeños agrarios, los que producen, los pasivos… sienten la presión inflacionaria y sus consecuencias inmediatas, temiendo otras peores por acontecer, con fundamento o sin él. Puede ser la desocupación, que el equipo de fútbol sea derrotado, una chispa en otra parte del mundo…

  3. Marcos Novaro says

    Estimado Otrolumpen, remito a la encuesta que publicó Poliarquía el sábado pasado en La Nación y los datos de otras encuestas comentadas en varios medios que son más o menos coincidentes en destacar una mayoría sólida a favor de acatar la orden del juez. Puede que no sean indicio de mucho, pero me parece que esos datos dan en conjunto una tendencia muy distinta a las que se observaron frente a los otros episodios de “causas nacioales” mencionadas, y a las que el gobierno se ha esmerado en apelar parra justificar esta. Que la oposición no sea para nada inmune a estos vicios nacionalistas y anticaptalistas me parece que está a la vista desde hace tiempo, al menos desde que avalaron la cláusula cerrojo, la descalificación de los fondos de resguardo como “buitres”, y avalaron muchas de las “causas nacionales” impulsadas en estos años. La tentación de hacer uso de esas banderas cuando al gobierno se le escapen de las manos está ahí. Saludos