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El costo de gobernar sólo con palabras

En sus buenos tiempos los gobiernos kirchhneristas supieron hacer dos cosas que se realimentaban entre sí: darle nombre a los acontecimientos y hacer que fueran en la dirección de sus intereses. En ese entonces, los holdouts ya eran “buitres” y se los podía dejar fuera de las cuentas de deuda pública, como si no existieran, no contaran y no fuera a ser necesario jamás llegar a un acuerdo con ellos. Ahora que no logran lo segundo, porque la realidad impone límites crecientes a su voluntad, nuestros funcionarios sobredimensionan el rol de las palabras, tratan de gobernar sólo con ellas. Pero por más que inventan expresiones pretendidamente ocurrentes, como el “Griesafault”, no pueden evitar que el mundo se muestre cada vez más inmanejable y haga oídos sordos a su aspiración de que lo que no se les somete “no existe”.

Hacen acordar, salvando las distancias, claro, al tirano que creyó haber tenido una gran ocurrencia cuando sostuvo, ante la prensa internacional, que “los desaparecidos no está ni vivos ni muertos, son una entelequia, no existen”. También él creyó estar en la cúspide de su poder y ser capaz de moldear la realidad con sus palabras. Cuando en verdad lo que hacía era cavarse su propia tumba y arrastrar al país al desastre.

Las diferencias entre las dos situaciones son lo más importante a destacar. Para empezar, porque el gobierno actual no sólo hace tiempo está resignado a que los litigantes “existen”, sino que ha hecho más de lo que le podían pedir, incluso más de lo que podían imaginar, para favorecerlos.

Las razones de ello son múltiples pero hay una que merece ser subrayada: Cristina y su círculo siempre valoraron los bienes simbólicos mucho más que los materiales (tal vez porque siempre se dedicaron a gastar los que otros recolectaban y acumulaban, considerando como buenos intelectuales que esto último era indigno de su valiosísima atención), y encararon en particular la fase actual de despedida como una situación en que el valor de conservar bienes simbólicos iba en aumento a medida que crecían las amenazas sobre ellos impuestas por la gestión de la economía. En esa situación, el conflicto con los holdouts supuso a la vez un riesgo y una oportunidad: era un riesgo porque casi cualquier acuerdo suponía no sólo costos materiales sino sobre todo otros simbólicos alarmantes, pero era una oportunidad por ser éstos los enemigos ideales para mantener en pie, a pesar del declive y la cuenta regresiva iniciada, el ethos oficial.

Por eso es que resulta tal vez imposible decidir si los negociadores oficiales actuaron o no racionalmente. Si nos ponemos en sus zapatos y consideramos el valor de mantener abierto el conflicto el mayor tiempo posible, la posibilidad de achacarle a los opositores ser “funcionales a los buitres” y de responsabilizar a éstos por todos los problemas que enfrenta y enfrentará la economía de aquí en más, ¿qué importa que haya que pagar en algún momento algunos cientos o miles de millones de más?, ¿o que se extravíe la posibilidad de conseguir un financiamiento que igual iba a ser más caro que el que se podrá manotear ahora de algún recurso patriótico de emergencia si el default se prolonga?

Cabe preguntarse, de todos modos, porqué se actuó, tan sólo unas semanas atrás, en forma tan distinta frente al Club de París. Influyó seguramente que en ese caso fue posible un acuerdo que preservara bienes simbólicos esenciales: si hubiera intervenido el FMI seguramente nos habríamos ahorrado parte de los punitorios, algo más de 3000 millones, que nuestro gobierno reconoció a los acreedores a cambio precisamente de dejar afuera a ese organismo, para evitarse problemas de marketing. La principal dificultad que enfrentaron Griesa y Pollack, puede concluirse, fue que no ofrecieron nada parecido.

Y otra cosa más: es cierto que recién ahora se advierten los enormes costos materiales de mantener los símbolos k, pero esos costos no son de ahora, vienen desde su mismo origen, sólo que la abundancia de recursos los disimulaba. Consideremos si no el punto de partida de los actuales problemas con los holdouts, la renegociación de deuda de 2005. Néstor Kirchner estaba obsesionado en ese entonces con que la tasa nominal de quita fuera mayor a todas las impuestas en anteriores canjes, argentinos y del mundo, para dejar sentado que él y su estilo eran geniales, la mejor forma de defender los intereses nacionales. Fue para evitar que los bonistas rechazaran esa quita que se recurrió a expedientes que entonces no parecieron problemáticos, pero a la larga probarían serlo: la ley cerrojo que impedía nuevas ofertas (y justificó que el gobierno pretendiera luego que los holdouts no existían y los ignorara hasta hoy), la cláusula RUFO (que nadie impuso, el propio gobierno inventó) para dar garantías a los que ingresaran de que nadie conseguiría mejor trato, y los famosos bonos atados al crecimiento, que pagarían un premio muy jugoso año a año, que a la larga más que compensaría la quita.

Hay de todos modos una diferencia importante entre aquella situación y la actual: en 2005 el kirchnerismo igual generó confianza y atrajo inversiones; que siguieron llegando hasta que Kirchner echó a Lavagna, intervino el Indec y consumió el superávit fiscal. En tanto del default de estos días no puede resultar nada bueno. Es apenas el penoso corolario de una historia mal parida y peor digerida.

 

publicado en La Nacion el 3/08/2014

Posted in Politica Argentina.