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Descartada la “transición tranquila”, ¿ahora qué?

Hay un debate abierto entre los analistas respecto a si Kicillof dinamitó el acuerdo con los holdouts por torpeza, sin darse cuenta de lo que hacía, porque deliberadamente se lo propuso, o por instrucción de la presidente. Dilucidar la cuestión podría ser relevante para anticipar lo que nos espera: en el primer caso, habría más chances de que la radicalización en curso fuera sólo en apariencia estratégica y cabría interpretarla como cobertura circunstancial para ocultar la ineptitud, hasta tanto llegue una nueva oportunidad para intentar lo que fracasó en julio, un acuerdo; en los otros casos, en cambio, no habría que darle muchas chances a un acuerdo en enero próximo ni hasta que termine el actual período presidencial y cabría esperar más que nada nuevas iniciativas a la Chávez.

Aunque tal vez la discusión así planteada sea sólo importante para historiadores. Porque, sea por un motivo o por el otro, lo cierto es que el gobierno ya enfiló por un sendero que lo obliga a seguir avanzando en la misma dirección, haciendo en todo caso de la torpeza e improvisación virtud, y un plan cada vez más ambicioso e inmodificable

En este sentido habría que decir que, por más que en enero logre reabrir alguna vía de acuerdo, o deje que otros lo hagan (de nuevo los empresarios y banqueros nacionales, los fondos de inversión que administra el estado brasileño, o cualquier otro actor interesado en que las relaciones de Argentina con el mundo no se deterioren demasiado) el ministro tal vez pueda vanagloriarse de ser a la vez un rebelde y un gran negociador, pero ya el gobierno no podría conseguir que el litigio se cierre en el corto plazo. La normalización siquiera de los pagos a los bonos reestructurados, hoy en el limbo (y más en el limbo una vez que se apruebe la ley de pago soberano de la deuda) llevará por sí sola unos cuantos meses. Así que en lo que a Cristina respecta la cuestión estaría definida: no habrá solución a este entuerto con los holdouts hasta que haya dejado el poder.

La discusión sobre la torpeza o la perfidia de Kicillof oculta además otro dilema más serio que el oficialismo viene tratando de resolver hasta aquí sin éxito: tiene que transformar lo que cree es un capital todavía sólido y vital, la popularidad remanente de Cristina (nada despreciable por cierto) y los logros que la sociedad aún le reconoce a la “década ganada”, en votos y poder político para después de 2015, y no encuentra la manera. Ese dilema ciertamente no se simplificó con el intento de trazar una “transición tranquila” hacia un nuevo gobierno, que encadenó una serie de medidas de moderación económica y política en la primera mitad de este año: devaluación de la moneda, esfuerzos por arreglar los conflictos externos, activación del PJ para resolver la disputa por la sucesión, en suma, todo lo que indujo a políticos y empresarios a creer que una vía hacia la normalidad era posible. Al contrario: a medida que se avanzó por esta vía, quedó más y más claro que la opción por una transición tranquila era una apuesta de Scioli y el empresariado no para facilitar el objetivo oficial sino para realizar los suyos propios, que podían contemplar tenderles puentes de plata a la presidente y los suyos para que no temieran por su futuro, pero no contemplaban seguir siendo rehenes del que éstos todavía ansían imponer.

Si la polarización con Macri hubiera funcionado mejor en estos meses, es decir, hubiera servido para debilitar a Scioli sin que ello implicara beneficiar a Massa, tal vez las cosas hubieran sido distintas. Pero desde la elección del año pasado las relaciones de fuerza no cambiaron demasiado en ese terreno, y mientras tanto el declive económico fortaleció la conexión esperable entre una “transición tranquila” y un ocaso sin remedio del proyecto y el poder kirchnerista.

Así fue que éste se ve obligado a buscar una de dos alternativas: conseguir que Scioli haga en 2015 a nivel nacional lo que aceptó en 2011 en la provincia, entregarse de pies y manos y ceder todas las demás listas y cargos, incluida la vicepresidencia, para poder salvar su candidatura (lo que por ahora éste rechaza pues equivale a sacrificarse por nada) o forzar un cambio de escenario para que un candidato propio, de la mano de Cristina, pueda entrar al ballotage y disputar la segunda vuelta, en lo posible con un no peronista.

Por de pronto, aunque el gobierno no logra avanzar con ninguna de las dos, sí está consiguiendo, con una retórica de la innovación y la rebeldía, imponer una lógica bien conservadora: al arrastrar al país a conflictos de futuro incierto hace que la caída de las expectativas en el futuro de su “proyecto” no vaya acompañada de una apuesta por otro que se perciba como mejor y superador; porque el ánimo colectivo se ubica bien cerca del piso y se vuelve básicamente defensivo.

¿Conseguirá que siga siendo así, que el miedo al futuro se extienda y se prolongue, y al menos una importante minoría de los ciudadanos piense al ir a votar que lo que viene será peor, y le conviene “proteger lo que tiene”? Es lógico esperar que tendrá más chance de conseguirlo en los sectores peor preparados para enfrentar la adversidad: ellos saben muy bien que en cuanto se encrespen un poco más las olas, el agua que tienen hoy al cuello les cubrirá la cabeza. También lo es que el clima de protesta social no perjudique demasiado los planes oficiales: confirma para muchos que una apuesta conservadora es lo más razonable, pues generaliza el miedo a pérdidas inminentes. Las eventuales mejoras resultantes de un cambio quedan demasiado lejos y son demasiado inciertas.

El problema es cuándo esto puede dejar de funcionar, y si para el momento en que se advierta que se ha llegado a ese punto será tarde para volver a ensayar alguna forma de cooperación y moderación. Una cosa es que la sociedad perciba que hay riesgos adelante que por ahora la preservación del statu quo le permite evitar, y otra muy distinta que vea ese statu quo como insostenible y fuente de perjuicios crecientes, y al gobierno incapaz de ofrecer soluciones; y sucede que la frontera entre una percepción y otra puede ser muy tenue, y dar lugar a un vuelco de un momento para el otro. Del conservadurismo a la fuga, ya se vio al final de la convertibilidad, se puede pasar con un solo chispazo.

Posted in Política, Politica Argentina.


One Response

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  1. Ricardo Patricio Natalucci says

    La era de los Kirchner comenzó siendo parecida al comienzo del gobierno de Raúl Alfonsín, y está terminando de manera cada vez más semejante al final del gobierno de Fernando de la Rúa.

    Ricardo Patricio Natalucci
    DNI 8464942
    Ex titular del sitio periodístico especializado (en el INDEC) indec.com.ar, censurado, clausurado, y apropiado anticonstitucionalmente para sí por el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner