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La patria k se achica, pero todavía flota

La condena al paro del sindicalismo opositor como un “favor a Griesa” fue la continuación lógica de identificar a los empresarios que objetaron la ley de abastecimiento como “voceros de los buitres”, y extiende las descalificaciones que desde antes reciben los políticos y los periodistas críticos por carroñeros, promotores del fracaso y demás desgracias. Semejante batería de insultos, dirigida contra un arco de opiniones y reclamos cada vez más variopinto, hace acordar al chiste sobre un conductor completamente alcoholizado que toma una calle contramano y empieza a gritar por la ventanilla a los sorprendidos automovilistas con los que se cruza: “¡animal, mirá por dónde vas!”.

Claro que el gobierno, a diferencia del borracho del chiste, puede decir que no está solo, que unos cuantos lo siguen en su camino, por lo que todavía sería un juego abierto la definición de cuál es la dirección correcta del tránsito. Está convencido además, en base a un cálculo bastante lógico, y no sólo por terquedad o ideología, que mientras pueda evitar un choque, y convencer a una porción significativa de la sociedad y las dirigencias de que cambiar de rumbo sería, en principio al menos, más costoso y complicado que seguir adelante, no importa tanto que ellos crean que la suya es la dirección correcta, le alcanzará para evitar que se forme una mayoría en contra que lo obligue a frenar y dar la vuelta. Lo que busca, en suma, para conservar el rumbo y defender sus ideas, ya no es tanto alimentar la fe en ellas como desalentar el deseo de cambiarlas, y complicar la viabilidad de hacerlo. De allí el carácter sólo en apariencia rebelde e innovador, y en esencia defensivo y conservador, del curso adoptado. Y la similitud con el ocaso de la convertibilidad, perceptible en el clima de temor al futuro, desánimo y desorientación política.

La disonancia con el cuadro de opinión en que se basó el oficialismo en sus épocas de gloria es notable. Y más relevante que la mera diferencia cuantitativa entre opiniones favorables y negativas en un momento y otro: al menos hasta 2008, y de nuevo en 2011, el kirchnerismo supo encarnar el optimismo colectivo, la expectativa de que el país progresaba y a todos podía tocarnos una cuota del beneficio; en cambio ahora representa en el mejor de los casos, para una porción cada vez menor, el temor a perder lo que se tiene, ante la percepción, que se va volviendo más y más firme para todos, de que un período de pérdidas generalizadas se ha iniciado.

En este contexto se entiende que la protesta social crezca, pero no tanto como pudo hacer pensar el paro general de abril pasado, o los cacerolazos de 2012 y 2013. Y se entiende que la coalición oficial se achique, pero no en la medida que esperaban los vencedores de las últimas elecciones: ellas no desencadenaron ni una fuga en masa, ni una abrupta caída de la popularidad presidencial. Y sigue siendo casi tan difícil como antes de esa votación, para los demás actores, ofrecer una alternativa atractiva y que entusiasme: el período de duelo del liderazgo de Cristina recién se abre, será largo, y por ahora él se da abasto para que la atención se centre en su fase inicial, y más difícil, la de negación y depresión.

Funciona a este respecto, además, una secuencia que conecta las fugas de su coalición y la descarga de problemas y costos, que hay que reconocer el gobierno administra con maestría. Imaginemos la coalición oficial como un barco averiado, que va haciendo agua a medida que pasa el tiempo y se acerca así al momento crítico, en que se pase la línea de flotación y el hundimiento se acelere. El capitán y su tripulación se desesperan por tapar agujeros, pero con ello demoran, no detienen el proceso, y el reloj les indica que no van a llegar a puerto, así que tienen que hace algo más; la oportunidad se presenta cuando enfrentan a porciones de la tripulación y el pasaje que les reclaman cambios de estrategia, compensaciones por los costos crecientes que enfrentan, etc.; y sabiendo que si los atienden tendrán menos recursos para tapar los agujeros y puede que igual esos sectores sigan insatisfechos, opta por endurecerse y tirarlos por la borda: con ello suelta lastre, se desentiende de sus problemas y libera recursos para atender a otros grupos. Así hizo con los gremios que reclaman reapertura de paritarias y correcciones en ganancias, con los banqueros que querían arreglar con los holdouts, y con los mismos holdouts, con los industriales que reclaman contra la presión impositiva y por una devaluación, y con los gobernadores que querían coordinar reclamos en el peronismo. En todos los casos la polarización achicó un poco la coalición, pero preservó lo mínimo y necesario de ella y alejó el agua de la línea de flotación.

Los expulsados tienen que arreglárselas en sus botes salvavidas o aferrados a algún pedazo de madera, y van poblando más y más las inmediaciones del barco. A la larga, el resultado puede que siga siendo inevitable, pero mientras tanto los que permanezcan abordo contemplarán a los que flotan alrededor como testimonio vivo de lo que les espera, así que seguirán bregando para que el futuro se demore lo más posible.

Lo que el capitán del barco está obligado a considerar, en cualquier caso, es que la peor amenaza para su estrategia no viene de los expulsados que lo maldicen, sino de los que se creen más vivos que nadie y suben y bajan del barco según lo que en cada momento les conviene: los gremios como la UTA, los gobernadores y empresarios alternativamente críticos y colaborativos, en suma, un conjunto muy variado de actores, de límites muy borrosos, a los que inevitablemente debe tolerar, porque si no corre el riesgo de quedarse tan solo como el borracho del comienzo, pero al mismo tiempo tiene que aleccionar y acotar, porque si no va a terminar en el peor de los mundos, hundiéndose solo.

En este marco la carrera contra el tiempo en que el gobierno está embarcado ya no tiene descanso, ni reglas ni garantía de salida: ¿fue un éxito volver a subir a la UTA o apenas sirvió para una victoria pírrica y a medias sobre Moyano, que pronto se revelará como un lastre demasiado caro, que habrá que compensar abriendo otros conflictos más serios? Imposible saberlo. Y lo mismo pasa con los holdouts, con los gobernadores y los industriales. Porque el fondo del problema no es tanto que el barco hace agua como que no va camino a ningún puerto discernible. El capitán es incapaz de explicar dónde quiere llegar y crece la sensación de que da vueltas en círculos, y va a dejar el barco no sólo averiado sino a la deriva.

 publicado en clarin.com el 2/9/2014

Posted in Politica Argentina.