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La lapicera y el codo de Cristina, hiperactivos

Es todo un espectáculo ver cómo la presidente legisla a diestra y siniestra en estos días. Cada vez más frenéticamente a medida que se acerca el final de su mandato. Y casi a la misma velocidad y con igual entusiasmo va derogando normas que poco antes promoviera, y con ellas los criterios enarbolados como banderas supuestamente irrenunciables y precondiciones irreversibles para lograr un país mejor. Entre estas idas y vueltas su frenesí hiperactivo tiene poco de innovación y de destrucción creadora. Se parece cada vez más a una histeria del poder.

Sucede, se ha dicho ya muchas veces, que la presidente está empecinada en no perder poder, en escaparle al síndrome del pato cojo que afecta a los mandatarios cuando están de salida. Y a la vez trata de prolongar su proyecto y liderazgo más allá en el tiempo. Pero lograr las dos cosas, con los instrumentos que maneja y en la situación que se encuentra le va a resultar muy difícil.

Por ahora viene teniendo bastante éxito en lo primero, reteniendo la iniciativa y manteniéndose en el centro de la escena. Con ello convierte el juego de la política argentina en un presente perpetuo, y bloquea cualquier posibilidad de pensar en el futuro, prescindir de su asfixiante protagonismo y pasar a otra cosa. Lo que supondrá a la corta o a la larga un alto costo para el país. Pero también para su propio futuro: porque aunque se quiera ignorar el paso del tiempo, el tiempo sigue corriendo y en algún momento desbordará los diques que la voluntad presidencial le viene oponiendo; cuando eso suceda será como con la fuga del peso y las devaluaciones, múltiples problemas que por largo tiempo se estuvieron conteniendo se desencadenarán de improviso y todos juntos, y el fracaso coronará un ejercicio de la voluntad política que se empecinó en desconocer sus límites y burlarse de la propia historia.

La fórmula que utiliza Cristina es en esencia la misma combinación de hiperactivismo y polarización que ya practicó entre 2008 y 2011, hay que reconocer que con inesperado éxito. Pero si ganar la lotería una vez es muy difícil, ganarla dos veces seguidas es casi imposible, por más que repitamos las cábalas con las que fantasiosamente nos atribuimos un mérito que le corresponde en exclusiva a la fortuna. Indiferente a estas consideraciones y a los obstáculos crecientes que le opone la realidad, la presidente legisla como quien repite una cábala. Y no puede evitar que quede cada vez más a la vista la paradoja que enfrenta: mientras se esfuerza por seguir escribiendo el relato de su propio experimento y proyectando hacia adelante el país que desea a través de normas que supuestamente habrán de sobrevivirle y regirnos por largo tiempo, más las subordina a las urgencias de la coyuntura, y al hacerlo más rápido y abiertamente va borrando con el codo lo que acaba de firmar con la mano.

Días atrás la presidente se indignó con la promesa de algunos opositores de que derogarán o modificarán algunas de las leyes que el kirchnerismo pretende legarnos, como si su voluntad debiera ser sagrada y válida para siempre. Legados indelebles que, como para complicar del todo las cosas, en los últimos dos meses vienen multiplicándose: abastecimiento, pago soberano de la deuda, hidrocarburos, Código Civil y Comercial, pronto también el Procesal Penal, telecomunicaciones y vaya uno a saber cuántos más. Pero lo cierto es que la vocación derogadora ni queda con ello desautorizada, ni tendrá que esperar tanto como los opositores prometen y Cristina aparentemente teme: ella ya está en acción en relación a la ley de medios, a través de la de telecomunicaciones, al pago de la deuda en virtud de las negociaciones para acordar con los holdouts y tomar de nuevo deuda en el exterior, a la de abastecimiento por medio de una reglamentación con la que el Ejecutivo espera poder evitar que el empresariado se una en su contra y denuncie su inconstitucionalidad, y la lista sigue. El propio Código Civil y Comercial, la menos polémica de las últimas victorias del oficialismo en el Congreso, requerirá pronto aclaraciones de los tribunales sobre el respeto de los derechos de propiedad y otros asuntos no menores. Así, mientras más legisla, más incertidumbre sobre la validez de las normas y su perdurabilidad genera, porque la voluntad legisladora a cada paso se contradice, se pisa y desmiente.

En esta deriva de ir devorando a sus propios hijos el oficialismo cree poder de todos modos dominar el tiempo. Y lo cierto es que al menos lo ocupa y lo consume. Nos mantiene ocupados discutiendo sobre el pago soberano mientras esperamos que llegue enero y se vea si hay alguna chance de arreglar el entuerto de la deuda, para llegar aunque sea a octubre con la nariz fuera del agua. Arregla con las empresas telefónicas, derogando la ley de medios y el poder de Sabbatella, para conseguir de aquéllas algunos dólares mientras gasta sus últimos cartuchos contra Clarín, y así sigue y sigue. Dejando bien a la luz su concepción del poder: la idea de que él no sirve para solucionar problemas sino para perpetuarlos y encontrar culpables, y que las leyes no son reglas generales ni armas para reformar las conductas colectivas sino instrumentos para lidiar con casos particulares, y en particular para impugnar a esos enemigos y culpables que se ha identificado.

En los últimos tiempos el kirchnerismo logró convertir más rápidamente y sin cambios que nunca antes sus proyectos en leyes. Y nunca como ahora lo que queda como saldo es una confusión de derechos afectados, reclamos cruzados y revisiones más o menos inmediatas e inevitables de las normas promulgadas. Y es que siempre él ejerció un poder desbordante, pero lo hizo con fines y métodos en gran medida autofrustrantes, construyendo un monstruo de pies de barro. Mientras la suerte lo acompañó, logró hacer pasar el volumen de su poder por solidez, gravitar sobre los comportamientos económicos, sobre las creencias y expectativas de la sociedad y sobre los demás actores institucionales simplemente por su peso específico. Pero hoy, como la fortuna le es más esquiva y en cada uno de esos terrenos crece la renuencia a acatar su voluntad, él se esmera en ejercer al máximo su poder remanente en aquellos pocos lugares en donde la botonera todavía le responde. Es hasta lógico que así lo haga. Le convendría de todos modos hacerlo con algo más de prolijidad y cuidado, porque de tanto firmar y tachar, reescribir y desdecirse, está abonando el terreno para que los que lo sigan encaren la tarea que él más teme: poner el confuso legado kirchnerista en el tamiz y desechar todo lo que ha demostrado ser inservible, inaplicable o contradictorio.

 

publicaod en tn.com.ar el 3/11/2014

Posted in Política.