Skip to content


Cristina, jefa de campaña de Scioli

El gobernador bonaerense se afirma como candidato oficial a la sucesión. Mientras, la presidente disfruta de cierto brillo crepuscular en el ocaso de su mandato. Ella interpreta que ese brillo, más el temor que con bastante éxito viene cultivando en la opinión a “perder lo que tenemos” le alcanzan para hacer las veces de gran electora en 2015, para dejar sembrado el sistema político (igual que la administración) de sus acólitos y limitar al máximo la autonomía de la dirigencia del PJ. Que empezando por el propio Scioli ensaya otra de sus cíclicas amnesias de lealtades juradas.

Cristina y los suyos enfrentan de todos modos un dilema a este respecto: su popularidad remanente en la sociedad se origina en gran medida en la perspectiva de su salida, y en la percepción colectiva de que ella está cada vez menos envuelta en las batallas del momento y va de camino a ingresar al panteón, controvertido pero broncíneo al fin, de los ex presidentes; por lo que puede muy bien suceder que en caso de oficiar de jefa de campaña, o peor todavía de candidata a algún cargo electivo, pierda buena parte de ese brillo y del capital político que necesita conservar para, eventualmente, volver más adelante al ruedo.

El sciolismo, claro, tiene sus propios motivos para desaconsejarle un rol protagónico en la que espera sea su consagración electoral. Con Cristina jefa de campaña o candidata, aunque sea a una intrascendente banca del Mercosur, será difícil probar que hay algo de cambio en la continuidad que la ola naranja promete. Y podrían repetirse los problemas que en 2003 y 2007 enfrentaron los candidatos oficialistas, sin ninguna de las ventajas de entonces: porque se instalaría la idea de que se ofrece a los votantes un candidato vicario, que estará condenado en caso de resultar electo a ejercer sólo parte del poder, y encima sin el empuje de un proceso económico que haga pensar, como sucedió en alguna medida en esas ocasiones, que él no necesitará ejercerlo en plenitud, o bien que podrá con el tiempo corregir ese déficit.

Así, aunque ya la candidatura de Scioli es un hecho casi inescapable para el kirchnerismo, y tan es así que sus sectores de izquierda se apresuran, tal como hicieran con el papa Francisco, a arriar y en lo posible borrar las duras impugnaciones con que hasta hace poco lo combatieran, lo que no está para nada claro todavía es en qué términos convivirán unos y otros. Para el sciolismo sería aceptable que Cristina reine pero ya no gobierne, para el kirchnerismo Scioli debería aceptar que su llegada al gobierno no significará su conquista del poder. Un conflicto en que se enfrentan, hay que destacarlo, no sólo intereses, el de los kirchneristas de perdurar, el de Scioli de ganar la elección e inaugurar su propio tiempo; sino sobre todo percepciones contraditorias. Más difíciles de conciliar pues, como se sabe, las ideas no se negocian tan fácilmente como los intereses.

Para los kirchneristas la persistente popularidad de su jefa es prueba de que su liderazgo no responde a los transitorios mandatos electivos, sino a las perennes pasiones populares. De allí que pueda trascender a las reglas de la institucionalidad democrática, que si no se ha podido amoldar a sus necesidades y tiempos peor para ella.

Es curioso que para justificar esta idea se recurra a comparaciones con Bachelet y el PS chileno, o Lula y el PT, pues lo que siempre distinguió a Cristina fue que nunca le interesó ser jefa del partido al que pertenece. Por lo que es natural que ahora le resulte más difícil controlarlo: las mayores muestras de debilidad que brindó el Ejecutivo en las últimas semanas, las disidencias de los senadores oficialistas a varios de los proyectos de ley por él impulsados, la rebelión de los jueces federales en casos de corrupción que involucran a las más altas autoridades, el fracaso en contener a los gremios del transporte en sus reclamos contra Ganancias y por un bono de fin de año, y la reunión en Mendoza en la que los jefes provinciales consagraron a Scioli como primus inter pares, hablan todas del mismo problema en su relación con el peronismo.

Y todas ellas alientan a los aspirantes a protagonizar en su seno la próxima etapa a no dejarse impresionar por el brillo crepuscular de la imagen presidencial. Para ellos, que la sociedad haya pasado de estar dominada en el período 2012-3 por pasiones a favor y en contra de Cristina, contraponiéndose entusiasmos, frustraciones y rencores de distinta intensidad, pero todos más o menos pasajeros, a un cuadro en que lo que predomina es el cansancio y el temor, pues casi todos han tenido tiempo de resignarse y a la vez convencerse de que en lo inmediato y antes de posibles mejoras la situación tenderá a empeorar, ofrece una imperdible oportunidad para su propio reciclado: les puede permitir dar vuelta la página de su adhesión al “modelo” sin que el partido sufra tantas tensiones como en 1985-9, o en 1999-2003. Y es natural por tanto que adhieran en general a Scioli, quien sintetiza mejor que nadie esa mezcla de temores y nostalgias.

El punto de equilibrio entre el “que reine pero ya no gobierne” y su opuesto “Scioli al gobierno, Cristina al poder” es de todos modos posible. Y está dado por una coalición electoral aún viable entre todos los que han sacado algún provecho de las políticas de estos años, que como se sabe, son realmente muchos y diversos. Para el oficialismo sería relativamente fácil retener el grueso del voto de sectores bajos que dependen del presupuesto público, y donde el temor a lo que se viene es más pronunciado. A su público de izquierda cree tenerlo asegurado, más todavía a la luz del curso declinante de FAUnen. Y además no hay que exagerar el volumen real de este sector en la sociedad. Así que su desafío es competir por los dubitativos, más moderados, ideológicamente indefinidos, o directamente de derecha. Y allí Scioli puede hacerlo tan bien como Macri y Massa. Con sumar parte de ese voto y asegurarse la fragmentación del resto podría llegar al 40% con 10 puntos de distancia con el segundo, y liquidar el asunto en primera vuelta. Una estrategia de “catch all”, con luchas contra los buitres y el imperialismo mientras se alimenta la bicicleta financiera con bonos de todos los colores, amenazas a los empresarios especuladores que se fugan al dólar o aumentan los precios, a Clarín que sigue “manipulando las conciencias” y también a los gremialistas y las “izquierdas maximalistas” que desestabilizan con sus protestas, incluso ahora a los extranjeros indocumentados, todo al mismo tiempo, sólo en apariencia es un abandono del ideario oficial. Porque siempre ese ideario combinó dosis parejas de fanatismo y oportunismo. Como viene haciendo Scioli desde hace años, diciéndole a cada uno lo que espera escuchar.

Así las cosas, el principal obstáculo que enfrenta el oficialismo para lograr su continuidad no son las distintas versiones que de ella se hacen sus facciones, sino la resistencia social a adoptarla como mejor futuro posible. Y por más que se frustre una amplia coalición opositora, seguirá habiendo un mecanismo a para que esa resistencia se exprese, que el propio kirchnerismo le proveyó: sea en dos, tres o más fórmulas, los opositores podrán usar las PASO como gran interna entre ellos, predisponiendo a los electores, acostumbrados a un uso estratégico del voto desde hace ya tiempo, a apoyar al mejor situado de todos ellos en la primera vuelta.

-publicado en perfil.com el 23/11/2014

Posted in Politica Argentina.