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Argentina K nos incluye, pero con una inclusión mentirosa

¿Qué es más difícil, sacar a una persona del desempleo o lograr que pase de un empleo improductivo a uno productivo?

Cuando se discute cuánto peor era la situación del país que el kirchnerismo recibió de la que él va a legar al siguiente gobierno es necesario hacerse este tipo de preguntas. Que merecen una respuesta compleja porque es indudable que la exclusión social era mayor en 2003 de lo que es en 2014 y será en 2015. Pero también lo es que algunos de los problemas generados por las malas políticas de inclusión implementadas en estos años serán más difíciles de resolver que las dificultades que los Kirchner encontraron al llegar al poder.

Por supuesto que para las personas que recibieron en estos años un plan social, un empleo público, se incorporaron a una moratoria previsional o lograron que sus hijos asistan más tiempo a la escuela de lo que lograron asistir ellos, el beneficio es indiscutible. Tienen algo que antes no tenían y en general están agradecidos. Pero sobre todo están asustados, tienen miedo de volver para atrás. Y el miedo no es sonso: se funda en que saben muy bien que ese beneficio es precario, depende de decisiones políticas y más aun de ecuaciones fiscales y soluciones institucionales que están agarradas con alfileres. Y saben además que esas ganancias apenas si les alcanzan para mantener la nariz fuera del agua; pero el agua la siguen teniendo cerca del cuello.

Si esos temores están bien fundados y la inclusión conseguida en estos años es en muchos casos precaria, si no decepcionante, no es sólo por la posición y suerte particular de determinadas familias y personas. Sino por un problema general: los déficits de diseño y funcionamiento de las políticas de inclusión. Que como sucede con cualquier edificio, pueden ser más difícil de reformar de lo que fue construirlas.

El kirchnerismo ha sostenido que vino a reemplazar un proyecto de exclusión social, el que llaman “neoliberal” (para no llamarlo “menemista” o “peronista de los 90”). Y es cierto que el gasto social del estado creció en estos años (aunque no tanto como dicen, a menos que consideremos los subsidios a los servicios públicos como parte de ese gasto). Y que bajó el desempleo. Pero esa mayor inclusión, tanto a través del gasto como del empleo, a medida que pasó el tiempo ha supuesto un resultado cada vez más paradójico: en vez de consolidarse se volvió insustentable y contradictorio, por no decir lisa y llanamente mentiroso.

En las tres etapas que pueden identificarse en la evolución del empleo desde 2002 esto queda bien a la vista: en la primera, hasta 2006, la economía productiva generó la enorme mayoría de los nuevos puestos de trabajo, más del doble que el sector público; en la segunda, entre 2007 y 2011, la relación se invirtió, la enorme mayoría de los nuevos puestos fueron en el sector público, más precisamente en la administración, con una productividad bajísima en la mayor parte de los casos; y en la tercera, desde 2012 a hoy, directamente el empleo público comienza a reemplazar los puestos que se van destruyendo en la economía productiva.

El resultado es un círculo vicioso difícil de desmontar: como la gente no consigue trabajo en la economía privada lo busca en el sector público, que aumenta su plantilla elevando los impuestos, lo cual desalienta inversiones y reduce más las posibilidades de que se creen puestos productivos, reforzando a su vez la convicción de los trabajadores y aspirantes a serlo de que sólo el estado podrá contratarlos y fuera de él no tienen destino, temor del que se alimenta la reproducción del sistema. Así fue que llegamos a la situación reinante en provincias como Jujuy, Tucumán o Chubut, donde las plantillas administrativas crecieron cerca del 100% en estos años, y otras como Buenos Aires, Misiones, Salta y Santa Cruz, donde lo hicieron por arriba del 60%, y en todas ellas los bienes públicos que ofrece el estado no dejaron de deteriorarse.

Como prueba lo sucedido, por caso, en la educación pública, donde también la inclusión mentirosa tiende a ser la regla. Es cierto que en estos doce años creció el número de alumnos en el nivel secundario, así como el número de años promedio que los niños y jóvenes permanecen en el sistema educativo formal, y ello favoreció a los sectores de bajos ingresos. Pero de acuerdo a las pruebas PISA la calidad de la educación a la que éstos acceden no dejó de caer en comparación con la que reciben los sectores altos: la distancia entre los resultados que consiguen alumnos de hogares pobres y ricos es cada vez mayor, y es mayor en Argentina que en muchos países de la región. Algo similar sucede en la educación superior: las posibilidades de que un estudiante de origen humilde ingrese a la universidad pública son diez veces menores a que lo haga un estudiante de clase media o alta; y las diferencias se agravan cuando consideramos las chances de graduación, porque en esas universidades fue creciendo con los años el porcentaje de graduados que provienen de primarios y secundarios privados. Lo que significa que el presupuesto que el estado destina a la educación terciaria beneficia cada vez más a los que menos lo necesitan.

Encima, opera también en el sistema educativo una lógica reproductiva similar a la del empleo público, que complica las chances de reformar estos mecanismos de inclusión frustrante o mentirosa: los padres que ven que sus hijos corren el riesgo de fracasar reclaman que la escuela no los excluya, y pueden ser seducidos por propuestas como eliminar la repitencia o prohibir los aplazos, que aseguran del modo más directo que las escuelas a las que asisten esos estudiantes se desentiendan de la calidad del servicio que brindan, y los gobernantes se laven las manos.

En todos estos casos y muchos otros de similar tenor el miedo al cambio es muy razonable. Y es el principal alimento del que se nutre un sistema rentista y extractivo profundamente injusto y desigual pero que ofrece aparentes respuestas inclusivas a muchos millones de argentinos. Allí reside el corazón del modelo k. Y va a ser sin duda más difícil cambiarlo que eliminar el cepo al dólar, meter preso a Boudou o incluso que bajar la inflación.

-publicado en tn.com.ar el 22/12/2014

Posted in Politica Argentina.


One Response

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  1. luis alberto says

    que discurso contradictorio Novaro!!!!, reconoces logros del gobierno nacional…pero!!!!! la conjuncion preferida del discurso clarinista, te escuche en 678, con esa vision extravagante sobre un hecho externo a la realidad nacional como los atentados en francia, sos sociologo pero vomitas en tus expresiones tu ideologia de derecha, elitista,,proliberal, es asi que hablabas con tanta añoranza de la decada de los 90 y eso deseo muy partricular tuyo de “querernos parecer a Francia” por favor, andate a francia!!! la mayoria de occidente esta en crisis, no existe esa multiculturalidad que comentas, mas bien existe un aumento de la discriminacion, la xnofobia y el racimismo, esta muy mal informado Novaro y careces de “memoria historica” y lo peor que sos integrante de los secuases clarinistas antinacionales, sos un vocero mas de su inafamia, una pena pues como sociologo deberias tener una vision mas abarcativa, mas justa sobre la realidad nacional, como profesional deberias adherir a paradigmas mas actuales, mas holisticos, mas transformadores, sinceramente me pareces un sociologo de “cuarta” atravezado por el discurso dominante clarinista, refelejo de la oligarquia que tanto daño hizo a este pais.!!, y por otro lado y como prfesional de las ciencias de la educacion te sugiero no hables sobre temas que no conoces tan en profundidad, como es la educacion publica y nacional!!