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Kicillof, Zaffaroni, Abal Medina: el fanatismo de la confusión

Ya desde el arranque estuvo bien a la vista que los Kirchner preferían gobernar acompañados de los más fieles y entusiastas, antes que contar con la colaboración de gente capacitada aunque de lealtad y convicciones más flexibles. Y esa actitud no ha hecho más que reforzarse con el paso del tiempo. CFK lo ha demostrado en los últimos meses no sólo encumbrando a los leales en sus posiciones de poder en perjuicio de los más tibios como forma de mantener la disciplina, si no incitándolos a mantener bien alto ante el mundo y las dificultades que proliferan el ethos oficial y sus ideas, mostrando a propios y extraños que pase lo que pase el oficialismo seguirá fiel a lo que considera “sus convicciones”, tenidas por el más valioso baluarte a defender.

Con el arranque de su último año en el poder asistimos una andanada de muestras de esa profesión de fe: habló el ahora ex juez Zaffaroni para dejar en claro, por si hacía falta, que nunca se consideró juez de todos los argentinos ni actuó como tal, sino como el fanático defensor del proyecto oficial en los tribunales, y por tanto enemigo de los jueces que no profesan esas mismas ideas, de los políticos opositores y por sobre todo de Clarín, el titiritero de todos los anteriores; habló también Abal Medina para explicar que no hay corrupción, que el gobierno no perdió las elecciones de 2013 y que todo anda bárbaro y listo para que el “proyecto se reelija” y siga veinte años más; y habló claro Kicillof para anticipar que los que se equivocan en no ceder son los holdouts porque el gobierno nacional los tiene acorralados en la ONU, que sus intereses resumen los de una conspiración financiera internacional orientada a destruir el modelo k, y que estamos creciendo aunque no se note.

Los tres, en sus respectivos campos de acción, igual que Cristina en los de todos ellos, parecen estar recontraconvencidos de lo que dicen. No hay dato de la realidad ni argumento en contrario que les haga mella. Creen, probablemente con una buena dosis de sinceridad, que su proyecto político es lo mejor que le pudo pasar al país y le puede seguir pasando en el futuro, y los tres ratifican esta convicción con un mismo recurrente argumento: las críticas y objeciones están motorizadas y manipuladas por intereses y proyectos tan dañinos que no corresponde hacerles lugar alguno, porque de hacerlo todo se iría al demonio.

Entre los fundamentos de esta convicción es fácil identificar una desbordante autoestima. Pero ese no es el mayor de los problemas. También subyace un galopante desprecio por todos los que opinen distinto, desdibujada por la recurrente victimización que convierte a los disidentes en agresores desalmados y superpoderosos, con lo cual se disimula el hecho de que estos tres (ahora dos) funcionarios del estado, igual que muchos otros de esta administración, vienen hace tiempo abusando de su posición como servidores públicos para negarle el ejercicio de sus derechos a parte considerable de quienes les pagan sus salarios, desnaturalizando la función para la que han sido electos. Que actúen de este modo es bastante más grave, pero todavía no es lo peor.

Lo peor es que disfrazan de coherencia y convicciones firmes lo que es una absoluta incapacidad para pensar en forma razonable en los problemas que tienen por delante. El fanatismo con que defienden al gobierno y a sí mismos es, por tanto, el más dañino: uno que combina rigidez y oportunismo según la conveniencia del momento, que puede ser todo lo ideológico que haga falta para polarizar las discusiones y presentar los asuntos políticos como cuestiones de fe, pero también exaltar la ciega confianza en la jefa, en su astucia y pragmatismo, cuando se requiere justificar cualquier otra decisión incoherente e insostenible.

Muchas veces cuando se juzga a los actores políticos se piensa en términos polares, resaltando una de dos posibles virtudes: se elogia a algunos porque son astutos y pragmáticos, y a otros porque son coherentes y mantienen sus convicciones. De los Kirchner se han dicho las dos cosas. Pero lo cierto es que en su declive, los kirchneristas están resumiendo la contracara de esas dos formas de hacer política virtuosa: han logrado volverse fanáticos de la más completa confusión, fieles inflexibles de la nada misma.

– publicado en tn.com.ar el 5/1/2015

Posted in Política, Politica Argentina.