Skip to content


Ayatollah Cristina, entre el terrorismo y el antimperialismo

El mundo le sigue dando dolores de cabeza al kirchnerismo. Y no sólo porque baje la soja, le quieran cobrar por todos los medios las deudas acumuladas, se objete su manipulación de las estadísticas y se desnude el lavado de dinero del círculo presidencial. Sino también y sobre todo porque el mundo se resiste a acomodarse a su visión cada vez más esquemática e infantil de las cosas.

Con palabras más sofisticadas que las de D´Elía y Bonafini, pero con la misma idea general del problema, Cristina ha denunciado una y otra vez que el colonialismo europeo, la CIA y el militarismo norteamericano están detrás de todos los males de la tierra. Y con esos argumentos ha querido justificar apuestas cada vez más torpes y costosas, desde su solidaridad con Khadafi al acuerdo con Irán, de la confrontación inconducente con la justicia norteamericana a la entrega de pies y manos a los chinos por un puñado de dólares. Todo se justifica porque en la vereda de enfrente están supuestamente los ricos y poderosos, que son los que nos critican y los que tienen la culpa de todo, afuera igual que fronteras adentro.

En ello no ha habido sólo relato y oportunismo, sino también estrategia. Y una muy mala estrategia. Cristina, de la mano del sorprendente señor Timerman, ha imaginado que gracias al ascenso de China y de Rusia, un país como Argentina necesita y necesitará cada vez menos a esas democracias occidentales renuentes a colaborar con su administración. Y como su premisa es que fueron éstas las que hasta aquí nos han impedido desarrollarnos y progresar, por las deudas que nos impusieron, por las exigencias de sus inversores y la soberbia de sus gobernantes, cree que alejándonos de su influencia podremos, nótese la paradoja, finalmente parecernos más a ellas y hasta superarlas. Que es el sueño de todo buen peronista desde los orígenes del movimiento, y de muchos otros argentinos: convertir al país en una potencia aún más influyente y avanzada que las del norte supuestamente decadente. Con lo que se ignoran no sólo las limitaciones cada vez más grandes que nos impiden dar esos saltos, y que vuelven los intentos de darlos cada vez más agotadores e inconducentes. Sino también el hecho de que países como Rusia y China no son más benévolos que los demás poderosos del mundo en sus tratos internacionales, todo lo contrario. Y que el abrazo que promueven nos impulsará más bien a parecernos cada vez más a ellos, en lo económico, con salarios más bajos, y también en lo político, con menos democracia.

En este marco, ha interpretado el problema del terrorismo internacional con la misma tónica que aplica a la historia de violencia política en el país: habría sido la violencia de arriba la que generó la violencia de abajo, así que primero hay que terminar con la represión y el combate militar del extremismo islámico, la intervención armada de los países ricos en Medio Oriente en general, y después la jihad, Estado Islámico y todas las demás manifestaciones del islamismo violento van a desaparecer solas. Porque ellas no son problemas en sí, son efectos de males previos, el imperialismo en todas sus formas.

Eso no va a pasar, claro. Porque las cosas son bastante más complicadas, lo fueron en nuestro país y lo son en el mundo. Antes que una guerra entre el Islam y Occidente, el islamismo radical es la expresión de una guerra interna en el mundo musulmán. Donde pelea su principal batalla, contra los musulmanes moderados y sobre todo contra las fuerzas democráticas y liberales de países estragados por el autoritarismo y la pobreza. Se alimenta en gran medida de ésta, tanto en los países musulmanes como en los occidentales. De allí el reclutamiento de muchos jóvenes europeos en donde la integración económica y social soñada por sus padres fracasó y alimentó el resentimiento. Pero desde Khomeini a esta parte siempre su principal objetivo ha sido evitar que el Islam se secularice y modernice, combatiendo todas las variantes de liberalismo político y económico en su seno. Y a su principal responsable, Occidente.

Lo interesante del caso es que ese resentimiento, aunque no tiene la misma intensidad, posee similares orígenes y características que el que anima no sólo a buena parte del activismo kirchnerista, sino también a muchos otros argentinos. Que por más que no compartan el antimperialismo doctrinario y virulento de los D´Elía y Bonafini, sintonizan con él desde un antimperialismo de sentido común, que hace posible pensar que los franceses en alguna medida se merecen lo que les sucedió, porque también ellos han bombardeado y matado inocentes en países del tercer mundo, porque les han vendido armas e incluso sus militares y servicios secretos han entrenado en el pasado a Al Qaeda, o porque para comprar petróleo barato cooperaron con regímenes autoritarios en Medio Oriente.

Con argumentos de este tenor, que tienen algo de verdad pero pecan de una miopía de origen, al atribuirle todos los males del mundo a un grupo de países, las democracias desarrolladas del centro, y disculpar al extremismo, el autoritarismo y la violencia que florecen en muchas regiones de la periferia, Argentina, otrora el país de la región más afín y cercano a Europa Occidental, ha tendido a extrañarse cada vez más de ese mundo desarrollado al que intentamos tantas veces parecernos, pero una y otra vez ese ideal se nos escapó y fracasamos.

A las puertas de lo que parece será una nueva frustración nacional, y una bastante difícil de explicar, con la economía estancada, el dólar incontrolable, default y demás desgracias, es bastante lógico que no sintamos mucha solidaridad que digamos por esos muertos parisinos, y muchos pensemos que “por algo será”.

Si de lo que se trata es de reflexionar sobre los contextos, este es el nuestro, en el que recibimos la noticia del atentado contra Charlie Hebdo. Como era de esperar, un oficialismo acorralado intentó sacar provecho a su manera de estas circunstancias, nutriéndose del resentimiento y el miedo, tratando de hacer pasar el acontecimiento como una prueba más de que Occidente está condenado y es un fraude. Que si no nos quiere en su club, peor para ellos y mejor para nosotros, pues todas las plagas habidas y por haber se seguirán descargando sobre sus cabezas y se lo tendrá merecido.

Ayatollah de su propia secta de fanáticos, Cristina nos dirá de nuevo que eso les pasa porque no le hicieron caso. Y lo peor será que, fuera de su círculo de alucinados, muchos más recogerán de sus palabras el calmante que necesitan para tragarse la frustración nacional que tenemos entre manos. Y encontrar su razón de ser no en lo que hemos hecho nosotros con nuestro país, sino en el mal que supuestamente nos ha hecho y le ha hecho el mundo.

 

 

-publicado en tn.com.ar el 14/01/2015

Posted in Política.