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Caso Nisman, bancarrota moral e intelectual del oficialismo

Cristina Kirchner, sus funcionarios y seguidores se han dedicado a vocear hipótesis y explicaciones sobre la muerte de Nisman con la liviandad de quien deshoja una margarita. Es hora de que invirtamos las cosas, nos enfoquemos no en Nisman sino en ellos y nos formulemos algunas hipótesis sobre lo que les está sucediendo y nos están diciendo.

Las dos cartas de la presidente sobre la sorpresiva muerte dicen mucho, demasiado. Lo primero y fundamental que cabe extraer de ellas es que, o bien nos está engañando descaradamente y hay que leer sus palabras como parte de la operación de desinformación más artera de la que se tenga memoria, o bien (y en el mejor de los casos) no tiene idea de qué está hablando, tiene tantos datos firmes sobre lo que sucedió con Nisman como cualquiera de nosotros y trata de disimular su desorientación, al mismo tiempo que desentenderse de toda responsabilidad, lanzando hipótesis como quien conversa de cualquier cosa con sus amigotes.

Si lo primero es correcto sería gravísimo: estaríamos en manos de una psicópata consumada que ya no reconocería límite alguno al abuso de poder. Si en cambio fuera cierto lo segundo estaríamos ante la evidencia de que su gobierno ha perdido el control de la situación, y encima que lo perdió en manos de mafias propias y ajenas. Por lo que habría que estar igual de preocupados.

Como lo más probable es que la verdad se encuentre más o menos a medio camino entre una y otra alternativa lo mejor es preocuparse por partida doble: de las maquinaciones del gobierno y también de su  descontrol.

Porque es muy probable que CFK no sólo no diga todo lo que sabe, sino que, contra lo que pretendió “confesar” en su segunda carta, además de no tener pruebas tenga unas cuantas dudas y esté desesperada por entender el lío en que está metida: debe estar desconfiando, y con razón, no sólo de Stiusso, también de Milani y de muchos otros funcionarios cercanos, de los yanquis pero también de los iraníes, etc.

Eso puede sucederle a cualquier gobernante, pero en el caso del kirchnerismo sería una novedad: porque él ha tenido de sobra, en estos años, tanto dinero como información. En muchas ocasiones usó muy mal tanto una cosa como la otra, pero en cualquier caso esos recursos le aseguraban un piso de gobernabilidad, le permitían anticiparse a sus adversarios y controlar la escena aun cuando por el camino cometiera serios errores. Dinero ya sabíamos que le viene escaseando desde hace tiempo; pero si tampoco tiene idea de lo que Juan y Mengano están haciendo, y encima Juan y Mengano son del riñón del poder y andan a los tiros entre ellos, lo único que nos queda es ajustarnos los cinturones.

Quienes también publicaron su carta fueron los capitostes del PJ, aunque dicen que no la escribieron ellos sino Zannini. En cualquier caso la firmaron, y deben haber leído que despotricaba contra medio mundo, desde la CIA hasta Clarín, con inédita virulencia.

La interpretación más extendida es que ofrecieron así a Cristina la enésima prueba de su ciega lealtad. Pero puede ser que además nos hayan querido decir algo a los demás argentinos: que están asustados, que tampoco saben muy bien qué pasó y temen lo peor, que al menos alguna fracción del gobierno que integran esté involucrada, y ante el peligro de quedar acorralados la mejor defensa es un buen ataque. Y sobre todo que, si algo de eso se comprobara, ellos no sabían nada, porque no les correspondía saber. En el peor de los casos es Cristina la que cargará con toda la culpa, porque debió haber elegido mejor, y mucho antes, entre Stiusso o Milani, entre los yanquis o los iraníes. Como ella probablemente jamás consultó a ninguno de los que firmó la carta del PJ, ¿por qué va a ser su problema?

Podrá decirse que después de 12 años continuados ejerciendo el poder del estado, y en el caso de muchos de estos jefazos peronistas la cuenta es bastante más larga, lavarse las manos es alevosamente irresponsable; pero la verdad es que tiene su lógica: al igual que muchos empresarios, jueces y periodistas es seguro que la mayoría de ellos se haya contado más regularmente entre los espiados que entre los usuarios de la información de los espías, así que tan frescamente como hoy dicen “todos somos Cristina” mañana podrán decir “yo soy Nisman”.

En otra situación muy distinta están los creyentes del modelo, los que no necesitan que los obliguen a firmar ningún documento porque creen a pie juntillas en las virtudes de la jefa y en la maldad intrínseca del resto del universo. Entre ellos la muerte del fiscal cayó como una bomba no sólo por las razones que comparten con la perspectiva de Cristina y del PJ, por la incertidumbre sobre lo sucedido, sino porque su fe sólo puede sostenerse si esa incertidumbre es de inmediato anulada con más dogma, y el dogma requiere en este caso de dosis extra de inconsistencia moral.

En los artículos, cartas y manifiestos publicados en estos días en la prensa oficialista esta bancarrota moral se ha dejado ver con variedad de actitudes, desde el más alevoso que invitó a encontrar “vida después de Nisman” (Mempo Giardinelli), a las muestras de desprecio (“este muchacho” que se dejó engañar), pasando por los sembradores de sospechas sobre el valor de una muerte “que se le tiró por la cabeza a la presidente”. Todos compartiendo sin embargo una misma condición: dejando bien a la luz hasta qué punto, no desde ahora sino desde un principio, el kirchnerismo ha sido un proyecto que sacó a la luz y se alimentó de lo peor de cada uno.

-publicado en tn.com.ar el 26/1/2015

Posted in Política.


One Response

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  1. eduardot says

    hago una mezcla de hipótesis, patogénesis,con pésima praxis de gobierno, con robo al Estado y encubrimiento. Ese coctel explica el asesinato.