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El impacto de la marcha, ahora y en el futuro

Circulan dos interpretaciones más o menos polares sobre el impacto que cabe esperar del éxito del 18F. La primera a veces está teñida del interés oficialista por minimizarlo, pero tiene sus argumentos: dice que la gente no vota por estos temas institucionales sino principalmente por la economía, que los que se movilizaron ya estaban en contra del gobierno antes de que Nisman muriera, y que no hubo ningún actor político capaz de coordinar la protesta y tampoco lo habrá para recoger, al menos no unificadamente, su impacto. Además, con el paso del tiempo es probable que no se sostenga el interés ciudadano en el tema, y el gobierno logre desactivarlo y retomar su muy probado control de la agenda. Sobre todo si consigue, como se ha propuesto, convencer a todo el mundo de que “nunca se sabrá la verdad” y que “todos tienen algo que ocultar en este asunto”.

La segunda visión también a veces está sesgada por preferencias políticas, en este caso opositoras. Y reza que la gente salió de la pasividad en que había caído en el año y medio que transcurrió desde las elecciones de 2013 y eso va a darle un tono más fuertemente inclinado hacia el cambio a la campaña electoral, que las muertes políticas siempre han sido un pasivo irremontable para los gobiernos (lo fue para Menem la de José Luis Cabezas, para De la Rúa las de diciembre de 2001 y para Duhalde las de Kosteki y Santillán), y que en este caso además el repudio a la actitud oficial tanto ante las investigaciones y acusaciones de Nisman como ante su muerte se conecta con una variedad de esferas en que el gobierno acumula déficits evidentes, política exterior, inteligencia, transparencia, libertad de expresión, justicia, etc., y eso sucede encima cuando la economía anda bastante mal.

Ambas posiciones tienen sus puntos fuertes, aunque a la primera le fallan algunos cálculos, sobre todo de orden temporal. Porque si bien es cierto que el impacto en la imagen presidencial dista hasta aquí de ser catastrófico, con el tiempo y aunque la cuestión deje la primera plana de los diarios es más probable que se asiente su efecto corrosivo sobre la moral y el relato oficialista a que ese efecto se disipe.

En primer lugar porque la muerte de Nisman enfrenta en forma dramática el respeto de los derechos individuales y el poder gubernamental, impugnando la absorción de los derechos humanos que dicho poder buscó consagrar todos estos años como su ethos, ayudado por las organizaciones que reclaman su monopolio. Y con ello uno de los pocos blasones que le quedaba al kirchnerismo se disipa.

En segundo lugar porque la confrontación que se venía tramitando entre actores judiciales todavía independientes y el kirchnerismo a raíz de los intentos de éste de asegurarse el control futuro de la Justicia y su impunidad ha adquirido una nueva dimensión, en la cual aquellos sólo pueden avanzar en la defensa de su autonomía y en la investigación de los muchos casos que involucran a todo el espinel oficialista y éste sólo puede balbucear el discurso de la victimización sin ya ningún asidero.

Y en tercer lugar y lo más importante porque quedó por completo invalidada la tesis de la transición tranquila, la idea promovida por el peronismo oficialista de que lo mejor que nos podía pasar, incluso a los opositores, era que “Cristina terminara lo mejor posible” porque entonces ella se iba a calmar, y los demás podríamos heredar sus logros sin tener que cargar con sus deudas. Con la muerte del fiscal esa tesis por la que trabajaba en particular Scioli quedó desmentida, y el 18F no ha hecho más que ratificarlo: el objetivo de Cristina ha sido y seguirá siendo reducir la democracia a su mínima expresión y frustrar toda alternativa, y utilizará cualquier arma con tal de lograrlo, así que cuanto más tiempo pase más crudamente se enfrentará con los intereses de quienes no son de su séquito más estrecho. Habrá que ver si el peronismo reacciona a esa tendencia y lo hace a tiempo.

-publicado en clarin.com el 20/2/2015

Posted in Elecciones 2015, Politica Argentina.