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Scioli falló en perforar su techo y en bajar a Aníbal

Aun el mejor marketing tiene eficacia acotada. Y la campaña de Scioli es buen ejemplo de ello. Fue, en términos de diseño y estrategia, casi perfecta. Pero como en el camino a las urnas intervino también la realidad, las cosas se complicaron.

La lluvia que desnudó la falta de inversiones en el distrito que gobernó por ocho años con récords de recursos públicos hizo sin duda su contribución: votó menos gente que nunca antes en una elección presidencial, bastante menos que en las PASO de 2011, siendo más competitivas que aquellas. De los que no fueron a votar una proporción mayor probablemente viva en zonas inundables, precarias y de difícil comunicación, y estuvo demasiado ocupada salvando su vida y posesiones como para apoyar al candidato oficial que tanto hizo por dejarlos en esa situación.

Pero además dos acontecimientos específicamente políticos tuvieron con seguridad una intervención perjudicial para la suerte de Scioli.

Primero, la pax cambiaria precariamente conseguida meses atrás empezó a desmoronarse, fruto de eventos externos como el empeoramiento de la situación de Brasil, pero también del propio cronograma electoral doméstico, por la convicción cada vez más extendida de que se acerca la fecha en que será ya insostenible la bicicleta financiera con que se viene conteniendo apenas el ansia de dólares. Con ello se resquebrajó la ilusión de que todo puede seguir como viene siendo, ilusión que Scioli necesitaba para llegar al 40%.

A ello se sumó que la pax peronista necesitaba de algo más que el precario arreglo entre bandas de facinerosos, y un liderazgo más sólido que el declinante y falto de olfato electoral de Cristina, y el puramente estilístico y todavía virtual de Scioli. Con esas condiciones seguramente se podría haber evitado la división del aparato bonaerense en dos facciones tan irreconciliables como semejantes, y la gobernabilidad que ofrece el peronismo hacia delante se hubiera podido presentar como algo mejor que una invitación a seguir sometiéndose voluntariamente al saqueo.

Resultó evidente desde un principio que no era buena idea para Scioli aceptar sin al menos alguna muestra de rebeldía varias de las candidaturas que impuso Cristina, sobre todo en los dos distritos de más peso y más visibles a nivel nacional: lo de Aníbal Fernández en provincia fue particularmente negativo, no sólo porque el candidato más afín a la presidenta finalmente ganó, sino porque la competencia generada contra Domínguez y el no menos escabroso Espinoza tampoco sirvió para acercarle algunos votos moderados extras al sciolismo: la suma de ambos no alcanza los porcentajes que necesita el FPV para imponerse en la primera vuelta de octubre.

A eso agreguemos el dato negativo de la ciudad de Buenos Aires, donde Kicillof hizo una cosecha tan mala como Recalde, tirando para abajo al menos algunos puntos a Scioli. Puntos que también él va a extrañar en octubre y que no tiene muchas chances de recuperar a menos que haga callar al verborrágico ministro y además saque de la agenda los problemas de su gestión, a cuál de los dos objetivos más difícil que el otro.

Así y todo Scioli sumó cerca de 38% de los votos. No muchos menos de los que necesitaría para ganar dentro de dos meses, si la oposición siguiera como está. Es cierto que son más de 10 puntos menos que los que obtuvo Cristina en las PASO de 2011. Pero son algo más que los que sumó el oficialismo en todo el país en 2013.

De todos modos, con los perjuicios ocasionados por estas intervenciones de la realidad sobre el marketing de la fe y la victoria alcanzó para compensar o al menos relativizar los errores de campaña y de estrategia que sí fueron en cambio bastante abundantes entre los opositores. Y que por un momento, semanas atrás, pareció que los iban a condenar al fracaso.

Finalmente Massa y De la Sota lo hicieron bastante bien. No lograron remontar tanto como sus voceros y encuestadores venían proclamando, pero sí evitar el fantasma del papelón que en mayo y junio había raleado las filas del FR.

Mientras que Cambiemos salió bastante airoso de la prueba. El que peor sobrellevó estas PASO fue Sanz, que ha sido tan buen estratega partidario y coalicional como mal candidato, y recibió muchos menos apoyos que los que suma su partido en todo el país, pero eso ya se sabía desde antes.

Los oficialistas ya están diciendo que no les fue todo lo bien que se merecían culpa de las operaciones mediáticas de última hora, aludiendo a los desastre hechos por Aníbal, Axel, Espinoza y los servicios de inteligencia. Que es cierto los medios independientes que aún sobreviven tuvieron el descaro de dar a conocer.

Pero, de nuevo, a la realidad no hay con qué darle. Y así como llega un momento en que las campañas electorales se vuelven impotentes frente a los hechos, con los medios y el periodismo sucede algo parecido. Recordemos que en 2011 también hubo escándalos varios en las semanas previas a la elección presidencial. Algunos incluso más serios y contundentes que los reportados ahora. Pero la economía todavía crecía, Cristina estaba en el clímax de su capacidad comunicacional y los candidatos opositores ofrecían entre poco y nada. Para el oficialismo ha sido imposible reproducir este marco, por más que movió cielo y tierra en estos meses. Y tiene más bien pocas posibilidades de cambiar sustancialmente las cosas de aquí a octubre.

por Marcos Novaro

publicado en TN el 10/8/15

Posted in Política.