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Los tres mitos de Scioli: gradualismo, digestión y diálogo

El ex motonauta podría coronar sus tres décadas de trayectoria política en las próximas semanas consagrándose como nuevo presidente de la Nación. Después de las PASO las probabilidades de que lo lograra se podían estimar en alrededor del 70%. Con todas las metidas de pata de las semanas siguientes esas chances sin duda cayeron, hoy tal vez estén entre el 50 y el 60%.

Que vuelvan a crecer depende de que el candidato deje de equivocarse y mostrarse fuera de sintonía y enojado. También de la colaboración del resto del peronismo, del que hay que decir que rara vez deja pasar oportunidades de seguir en el poder. Y finalmente habrá que ver si alguien está en condiciones de ganarles, si los opositores aciertan en un camino que potencialmente existe, pero hay que trazarlo mientras se lo recorre, removiendo montones de obstáculos.

A favor de Scioli también hay que decir que, si llega a la meta, no será el peor dotado de los presidentes peronistas que nos han tocado en suerte a lo largo de la historia: sería justo ubicarlo de mitad de la escala para arriba en varios rubros, como el sentido común económico, la moderación político-institucional, la indisposición al uso de la violencia y algunos más. Seguro no en habilidad administrativa, pero eso se puede adquirir. O contratar. La mala gestión que a todas luces hizo en la provincia de Buenos Aires es un mal antecedente, no cabe duda, pero tal vez no sea suficiente para predecir su futuro.

Y puede que cuente además con una serie de ventajas contextuales que no han acompañado a otros gobiernos, ni de ese ni de otros signos. Su eventual triunfo estaría asentado en tres pilares fundamentales, que con mínima ayuda de la suerte y de sus talentos podría mantener en pie por un buen tiempo: una disposición entre conformista y moderadamente optimista de la mayor parte de la sociedad, fundante de expectativas no demasiado exigentes y más o menos conciliables con los escasos recursos de que se dispondrá, una gobernabilidad peronista mediocre por decir lo menos pero ya muy entrenada y más dispuesta a la negociación que a la confrontación y el cisma, y una oposición a la vez dispersa y necesitada de los recursos del estado central para sobrevivir, dada su carencia de raíces suficientemente sólidas en la sociedad.

Todo esto será bueno recordarlo si el 25 de octubre a la noche Scioli se yergue como el vencedor de la jornada. Pero si eso llega a suceder influirán en los ánimos, tanto del público y del activismo sciolista como del propio candidato, otras creencias, expectativas y juicios que son bastante más difíciles de sostener. Llamémoslos los “mitos de Scioli”, que él y sus colaboradores han construido alrededor suyo, y de los que conviene cuidarse. Y sobre todo deberían cuidarse Scioli y su entorno, no sólo los ciudadanos de a pie, pues pueden llevarlos a equivocarse fiero.

El primero es el del gradualismo. Que para ser honestos habría que llamar por su verdadero nombre: un ajuste paulatino para evitar en la mayor medida posible conflictos, a aplicar a lo largo de un lapso de tiempo de entre un año y año y medio (para llegar más o menos bien a la elección de 2017), financiado con un rápido y masivo endeudamiento externo.

Si alcanzara con un par de meses para arreglar con los holdouts, bajar la tasa de interés, tomar deuda afuera y seducir a los empresarios para que vuelvan a invertir, lo hubieran hecho Cristina y Kicillof un año atrás. La remoción de obstáculos para arreglar la deuda en default y conseguir nuevos fondos no será tampoco fácil para una nueva administración, la tasa de interés no caerá tan rápido y sobre todas las cosas no será posible convencer a nadie de traer una moneda si antes no se ha al menos empezado a equilibrar la situación fiscal y a desenredar la madeja del cepo y demás regulaciones absurdas y distorsivas, como para lograr un tipo de cambio sostenible en términos políticos y económicos. Lo que es muy difícil hacer de a poco, y más todavía hacerlo sin pagar al menos algunos costos, o mejor todavía, descargárselos al gobierno saliente.

Aun en esta última alternativa, que fue la que usaron, recordemos, Menem contra Alfonsín, y Duhalde contra De la Rúa, conseguir que un cierto esquema cambiario sea a la vez atractivo para los inversores, y sustentable, es decir aceptable para una porción suficiente de los demás actores económicos y de los votantes, es un verdadero incordio. A Menem le costó casi dos años, y eso que pudo descargar casi toda la culpa de los daños colaterales en su predecesor, y sabemos que el camino que encontró no fue ni muy sustentable ni menos aún consistente. El cepo no es tan difícil de desatar como la dinámica de la híper, pero cuanto más tiempo se lo mantenga, más costosa para el nuevo presidente será la salida.

El segundo mito es el de la desactivación más o menos rápida de la estrella de Cristina. Respecto al que se combinan en verdad dos ilusiones, a cual más engañosa: que esa desactivación se va a dar por la sola dinámica del aparato digestivo peronista y por tanto no exigirá demasiado esfuerzo ni implicará conflictos por la necesidad del nuevo gobierno de empujarla, y que Scioli estaría preparando un “golpe sobre la mesa”, agazapado y esperando el momento adecuado para dar un giro definitivo hacia sí mismo, hacia la revelación de su auténtica identidad. ¿Y si ninguna de las dos cosas se produce ni está siquiera entre las posibilidades del nuevo gobierno?, ¿si la tensa convivencia que hasta aquí han tejido presidenta y candidato se prolonga y la relación entre ambos no cambia demasiado con Scioli en la Rosada?, ¿podría funcionar así su gobierno, podría hacer de todos modos correcciones mínimas?

Lo cierto es que Cristina no va a querer que a Scioli le vaya demasiado bien, para que ni siquiera intente ser reelecto. Pero eso va a estar en gran medida garantizado ya por el contexto económico y el legado que recibe. Así que tal vez en lo que sí intervenga la futura ex presidenta sea en ayudarlo a que no le vaya demasiado mal. Puede que él esté soñando hoy con otra cosa, igual que quienes lo acompañan por considerarlo la última esperanza blanca. Pero si es así le va a llegar pronto el momento de calcular si no le conviene dar continuidad a su rol como mediador entre facciones poderosas en pugna, abrazándose alternativamente a la que tenga más chance de imponerse y más interés en ayudarlo a hacer vendibles las malas noticias que inevitablemente tendrá que darnos. Algo así como el De la Rúa del 2000 y 2001. Esperemos que con más fortuna.

En cualquier caso es pura ilusión esperar un golpe sobre la mesa. O siquiera una reedición de la bastante exitosa experiencia de remoción progresiva e incruenta de algunos de los grilletes que Cristina y los suyos le impusieron a Scioli siendo gobernador.

Entonces jugaron a favor de él al menos tres factores que ahora van a estar ausentes: el kirchnerismo no tenía una presencia territorial propia, que ahora va a conseguir, para empezar a través de Aníbal (al que Scioli tiene que convertir sí o sí en gobernador si quiere tener siquiera chances de llegar a presidente), Mariotto no era Zannini ni el Senado bonaerense tiene un rol equivalente al de la Nación (Scioli va a necesitar de la colaboración de éste y de su presidente para casi cualquier arreglo con los gobernadores, con los jueces y para desatar cualquiera de los muchos enredos regulatorios y administrativos que recibirá como legado), y estando en La Plata él podía subir impuestos y desentenderse de los efectos nocivos que eso provocaba en la macroeconomía, que se cargaban en Cristina, mientras que a partir del año que viene, si le toca estar al frente del gobierno nacional, los papeles se van a invertir justo cuando esos efectos nocivos ya no se van a poder disimular.

Así las cosas se va a complicar que Scioli saque provecho del tercer gran mito que lo rodea, el del diálogo. No le va a resultar gratis remontar la creencia de que la “horizontalidad” e “inclusividad” son las pautas básicas que guían su toma de decisiones, cuando tenga que negociar la distribución de costos más que de beneficios con kirchneristas y peronistas tradicionales, empresarios y sindicatos, todos deseosos de mejorar su situación.

Y puede resultar en una gran desilusión que encima se revele entonces lo poco que hay de nuevo en su estilo respecto a lo que nos han ofrecido otros gobiernos peronistas: es cierto que estos largos años de kirchnerismo nos sometieron a una dura y persistente alteridad populista, según la cual si alguien no se siente representado es porque no se merece serlo, por no ser parte legítima de la comunidad política, respecto a la cual Scioli ha mantenido cierta distancia y moderación; pero lo hizo sobre la base de otra pauta no menos populista, y no mucho más respetuosa del pluralismo, que postula que si alguien no se siente representado es que no tiene una correcta percepción de las cosas, pues el gobierno del pueblo nos representa por naturaleza a todos, aunque no queramos o podamos advertirlo.

Sus cada vez más frecuentes muestras de irritación e intolerancia y sus expresiones descalificatorias contra la oposición, en particular contra Macri, a quien hasta aquí lo unía una relación de confianza e incluso de amistad casi anómala en el escenario político argentino, contaminado hasta la médula de desprecio e indiferencia, es una muy mala señal a este respecto.

Su anuncio respecto a un gabinete casi enteramente formado con los integrantes de la actual gestión bonaerense y su círculo más estrecho de asesores tampoco es buena señal: al que más se parecería es al gabinete de Duhalde, con la diferencia de que en 2002 éste conformó así su equipo porque todos los demás le rechazaron la invitación a colaborar, mientras que ahora parece más consecuencia de la falta de apertura y disposición a innovar del líder.

No es este, claro, un sendero irreversible (lo del gabinete parece más bien una jugada para mostrarse ganador y desmentir que también allí va a decidir Cristina), pero sí son indicios preocupantes de que las credenciales que abonan la idea de que existe un “estilo Scioli” muy distinto al “estilo k” sean al mismo tiempo comprometedoras para gobernar la escasez e insuficientes para abrir un camino efectivamente orientado a una vida democrática más tolerante y colaborativa y una gestión económica menos chapucera.

Por Marcos Novaro

Publicado en TN el 7/9/15

Posted in Política.


One Response

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  1. Emilio Gaviria says

    “Gradualismo, digestión y diálogo”: El mejor profeta del futuro es el pasado (Lord Byron).
    “Masivo endeudamiento externo”: Argentinich TeufelKreis.