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Lula, de héroe regional a telonero de Scioli y Cristina

Dicen que el ex presidente de Brasil después de colaborar abiertamente con la campaña de Cristina y Scioli en una seguidilla de actos partidarios, tuvo un rapto de culpa, o simplemente quiso disimular tanto espíritu faccioso, y trató de verse también con Mauricio Macri. Que como era de prever no le hizo el favor.

El otrora mundialmente adorado Lula da Silva quedó así bastante más cerca del militantismo de Evo Morales y Maduro, quienes no tienen empacho en participar de campañas electorales fuera de sus fronteras pues los excusa la lucha contra el neoliberalismo y el imperialismo, que de la elegancia diplomática de Nicolás Zarkozy, quien sí supo hacerle un favor a la diplomacia francesa, y se lo hizo al mismo tiempo a su imagen internacional, cuando visitó días antes Buenos Aires y se entrevistó tanto con Scioli como con Macri. Sin participar en ninguno de los dos casos de escenarios de campaña.

Pero con los problemas que agobian a Lula en su país es seguro que haber desempeñado ese deslucido rol no debió importarle demasiado. Pasó ya bastante tiempo desde que guardaba esperanzas en convertirse en figura destacada de algún importante organismo internacional. Ahora se conforma con romper el aislamiento creciente que padece el gobierno del PT dentro y fuera de Brasil. Tarea que tanto él como Dilma Rousseff han encarado con un menú de argumentos que se parecen bastante a los que usa el eje bolivariano desde hace años: las denuncias de corrupción en su contra son originadas en conspiraciones mediáticas, el ajuste, la recesión y la inflación no son fruto de sus previas y actuales decisiones sino culpa de China o instrumentos con que la derecha quiere someter al pueblo y su gobierno, y así sucesivamente.

Más allá de que la retórica hermana más que nunca a nuestros gobiernos, la visita de Lula es buena ocasión para reflexionar sobre semejanzas y diferencias más relevantes que vinculan los procesos políticos y económicos que están viviendo Argentina y Brasil y trascienden los desvelos de sus autoridades. Entre otras cosas porque  las comparaciones al respecto están a la orden del día, y como suele suceder, sirven tanto para una de cal como para una de arena: se usan para fundamentar visiones de lo más pesimistas sobre lo que nos espera, para extraer lecciones sobre cómo evitar esa suerte, o para  desdramatizar las cosas: ¿si Brasil estaba apenas un año atrás a punto de tocar la gloria, Mundial, Olimpíadas y grado de inversión mediante, y hoy está por el piso, quién te dice que nosotros que estamos hace años por el piso, a un tris de volvernos parias olvidados para el mundo desarrollado, no podamos encontrar una salida?

Hay quienes dicen que Brasil está viviendo hoy con Dilma lo que probablemente suceda si los argentinos elegimos a Scioli para el próximo turno presidencial. Cuando los brasileños reeligieron a Rousseff en 2014, creyeron que la “continuidad del modelo” era la mejor opción. Pero a los pocos meses los problemas que se venían escondiendo debajo de la alfombra, más otros cuantos nuevos, destruyeron por completo esa ilusión. Moraleja: no nos confiemos en la promesa de la continuidad cuando hay ya evidencia suficiente para sospechar que seguir por el camino que vamos no va a dar buen resultado, y puede al contrario complicar aún más las cosas. Si en vez de seguir gastando olímpicamente hasta dejar exhaustos los bancos públicos y frenando los precios con subsidios y retraso cambiario Brasil hubiera empezado a tiempo un ajuste del gasto, hubiera sido bastante menor y sobre todo menos inorportuno que el que va a hacer ahora Rousseff, junto con la devaluación, el sinceramiento de los precios de la energía y todo otro montón de malas noticias juntas.

Otros dicen que es Argentina la que anticipa a Brasil, que éste nos refresca lo que aquí vivimos tiempo atrás: la ilusión (y decepción) con la continuidad que sufrimos entre fines de 2011 y 2012. Y ahora estamos frente a una situación bien distinta, escogiendo variantes de salida tras largos años desperdiciados entre el estancamiento y la inflación, la fuga de capitales y una tan persistente como inútil conflictividad política e institucional. La moraleja sería en este caso que no tiene sentido prestar atención a los discursos sobre modelos y continuidades, lo único importante es evaluar quién está en mejores condiciones y ofrece la mejor opción para sacarnos del atolladero, si conviene apostar a que el partido que nos metió en este lío sea capaz de desarmarlo, o necesitamos otros métodos y otra gente.

Mientras tanto, los grupos de interés siguen el hilo de sus propias analogías y diferencias: los empresarios y sindicalistas argentinos y brasileños aprovechan para ganar autonomía y voz propia en medio de la crisis de sus respectivos gobiernos y economías; lo primero que cabe preguntarles es por qué no hablaron antes, y lo segundo si realmente quieren cambiar algo, o les basta y sobra con que alguien vuelva a poner en marcha la rueda de la felicidad que tantos beneficios les brindó. Al respecto también hay versiones para todos los gustos.

Algunos destacan las diferencias a favor de Brasil, el hecho de que allá tienen mucha más espalda financiera e institucional para evitar que el descalabro se prolongue o profundice: con 350.000 millones de reservas bien contadas, algo así como veinte veces las reales del BCRA, una devaluación ya en curso que convive con apenas 7% de inflación y un sistema partidario acostumbrado a negociar, por más que Dilma no termine bien es difícil que la crisis se estire o se complique con un serio déficit de gobernabilidad.

Otros en cambio señalan los beneficios de un dominio monocolor de las instituciones que el peronismo hace valer precisamente en los momentos de crisis: celebran que aquí no haya ni pueda imaginarse nada parecido a una judicatura independiente persiguiendo funcionarios justo cuando ellos tienen que concentrarse en desarmar una bomba de tiempo fiscal y económica, destacando la inconveniencia de pretender ser una república cuando no se está dispuesto a pagar los costos asociados.

Claro que no hubiera sido elegante que Lula hablara de esto en su breve visita, y frente a sus anfitriones. Para ambas partes en verdad debió ser una ocasión algo incómoda: tantos años de soportar aquí que se les dijera que no eran ni la sombra de Lula y el PT (recordemos que en su anterior visita el ex presidente brasileño fue prácticamente llevado en andas por los asistentes al coloquio de IDEA), nuestras autoridades deben secretamente disfrutar de verlos ahora morder el polvo, mientras ellos aun acarician el sueño de la reelección y la impunidad eternas; en tanto para quienes se habían acostumbrados a jugar en las ligas mayores, mientras sus vecinos debían conformarse con el patio trasero, los oropeles de la Universidad de La Matanza deben saber demasiado a pérdida de categoría. Pero quién te dice, tal vez tenga ocasión de volver a Harvard. Y hacerlo además con Cristina. Hasta tal punto se parecen, finalmente, que estarán de todos modos la mar de contentos si tienen ocasión de volverse a ver.

por Marcos Novaro

publicado en TN el 14/9/15.

Posted in Política.