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Verbitsky , ¿Doble Agente de quién?

El libro de Gabriel Levinas sobre la vida y obra de Horacio Verbitsky es una excelente investigación periodística, y una muy oportuna.  Ello queda demostrado de movida en la incomodidad que generó. Ante la edición del libro, muchos callaron tratando de que pasara desapercibida, o dijeron (lo hizo el directorio del CELS expresamente en un comunicado insólito) que todo era un invento, una manipulación arbitraria de datos más o menos indemostrables. Algo parecido a lo que suele escribir en Página 12 el propio Verbitsky.

Otros se preguntaron por las intenciones espurias del autor, si no hay inquina personal de por medio, o si no cumple una función política inconfesable,, si no es parte de una operación de propaganda. De esas que también Verbitsky suele hacer. En este caso dirigida a desnudar las miserias de un personaje para impugnar lo que él representa, que se supone es la “lucha por los derechos humanos”, los compromisos del “periodismo militante” y en última instancia el proyecto kirchnerista.

Otros más sostienen que es una réplica invertida de la mala costumbre de tirarse con la dictadura por la cabeza. Algo a lo que, una vez más, nos ha acostumbrado en estos años Verbitsky, denunciando complicidades por cercanía, afinidades por forzadas analogías, o el simple hecho de haber sobrevivido a los años de plomo.

Lo que en mi caso generó incomodidad no fue nada de eso sino apenas el título: “doble agente”, ¿no será mucho?, ¿hay realmente base suficiente para considerar que Verbitsky fue agente de los militares del Proceso y antes de Onganía por haberse movido en la periferia del aparato intelectual y comunicacional de sus respectivas dictaduras? Después de leer el libro me da la impresión de que no: su militancia en el nacionalismo peronista más virulento, al que siempre se mantuvo fiel, tranquilamente debió alcanzarle, igual que a muchos otros, para convertirlo en compañero de ruta ocasional del proyecto autoritario de los azules a fines de los sesenta, y del de los aviadores de mediados de los setenta.

Pero tal vez Levinas comparta este juicio y lo que quiso decir con su título no fue tanto que Verbitsky “fue agente del Proceso”, ni invertir en contra suya sus típicos argumentos sobre las “complicidades cívico-militares”, sino ilustrar en su persona lo compleja y turbia que es nuestra historia reciente y lo inconveniente por lo tanto de andar por la vida con el dedo levantado.

Argentina es un país de simuladores: demasiada gente pretendiendo ser lo que no es y disimular lo que realmente es. Costumbre que el kirchnerismo ha llevado al extremo, explotando una ya extendida vocación por el disfraz, con un amplísimo menú de sobreactuaciones e imposturas.

Y Argentina es además un país de inquisidores y apóstatas. Y de inquisidores que se vuelven apóstatas y viceversa. Lo que ha dado lugar a lo largo de los años a un particular personaje, el fanático del oportunismo, que también se potenció y multiplicó en los años del kirchnerismo.

Levinas con su biografía inesperada de Verbitsky ilustra bien el punto con un caso paradigmático, un personaje cuya vida entera puede describirse, usando una terminología afín a su tradición intelectual, como una novela de no ficción, y una con mucho, mucho, de ficción. Género que con el paso del tiempo se ha ido perfeccionando en el campo intelectual del militantismo virulento, pues viene como anillo al dedo para emparchar con recursos estéticos los agujeros fácticos y argumentales de las historias con las que exaltan a sus personajes, a sus aliados y líderes, y denuestan a los que tienen enfrente.

Levinas nos muestra bastante más con su libro: muestra lo que pasó y sigue pasando alrededor de Verbitsky. Lo complicado que resulta que una sociedad y un sistema político permitan que este tipo de actitudes tiña el entero espacio público. Su trabajo es por ello mucho más de lo que a una primera lectura se observa, un ejercicio implacable para sacar los trapitos al sol de un personaje que no le simpatiza. Y se revela como una perspicaz exploración de las zonas oscuras y aristas más incómodas de nuestra historia reciente y nuestra deficiente cultura política.

Y el trabajo de Levinas permite aún otra lectura: es una alegoría sobre las múltiples facetas del oficio periodístico y las muchas formas en que él puede degradarse. Lo que no es para nada casual ya que el autor es por sobre todas las cosas un periodista de investigación y un crítico observador de la vida de su gremio. Probablemente podría haber explotado aun más esta veta de dedicar más atención al “género” que Verbitsky ha establecido como canon en Página 12 para darle verosimilitud periodística a operaciones de propaganda contra sus enemigos. Y que muchos otros, siguiendo su ejemplo, lamentablemente han copiado en los últimos años, creyendo que eso es el trabajo periodístico, sin advertir hasta qué punto al ponerlo al servicio de un partido, un líder o un servicio de inteligencia, lo contaminan de criterios reñidos con el respeto mínimo que merecen los hechos, y lo vuelven impermeable al juicio crítico.

Pero lo fundamental está dicho en Doble Agente: cómo y por qué la “ficción de estar por encima de todo”, que a todo buen periodista provee la dosis necesaria de escepticismo ideológico y desinterés por las consecuencias políticas o sociales de las noticias que vende, se pervierte en una pretendida superioridad moral e histórica, que parece ser una versión mejorada del oficio, más responsable y más comprometida con su audiencia, pero es por completo lo opuesto: la simulación ética y sobre todo estética de que el “compromiso con el pueblo”,“la revolución”, “los derechos humanos”o lo que sea autoriza a quien se la arroga a atropellar a los demás y condenarlos a la infamia. Lo que sabemos bien produce consecuencias nefastas, para nada ficcionales, en la vida pública. Y cómo y por qué este maridaje entre ideología, lucha por el poder y discurso periodístico ha legitimado un tipo de “historización del presente” que es mera fachada para vehiculizar operaciones de inteligencia y propaganda, y acumular poder personal y faccioso.

Levinas cita en varias ocasiones a Miguel Bonasso y Bonasso ha tenido la honestidad de advertir sobre la inconveniencia de confundir sus relatos de ficción con la historia en sus propios trabajos: entre sorprendido y alarmado con sus lectores les ha reprochado tomar Recuerdos de la Muerte por una investigación de historia, aunque ciertamente muchos de los episodios allí relatados no fueran ficción. Les advertía, en suma, no hacer con su libro lo que Rodolfo Walsh había buscado que los lectores hicieran con los suyos: que ignoraran lo mucho de invención y recurso estético que contenían, para que hicieran propia la experiencia, la idea y la enseñanza política en ellos contenidas.

Esta tensión se vuelve dramática en la lucha trabada entre los relatos de Verbitsky, no sólo los que él construye cotidianamente como “periodista”, sino los que usa para legitimar su condición de tal, y que le han permitido construir para sí una “vida de novela”, y el relato que Levinas y sus colaboradores Dragonetti y Serrichio elaboran para cuestionarlos: la ficción de Verbitsky se lee en los múltiples recursos que utiliza para novelar sin que se note, cuando condena a sus adversarios por “crímenes por cercanía”, cuando utiliza carpetazos de inteligencia como si fueran trabajo periodístico, cuando recurre una y otra vez a pretendidas fuentes de autoridad moral y artículos de fe para rebatir cuestiones de hecho.

Es por esa razón que a diferencia de los trabajos de Verbitsky, que tienen una y sólo una finalidad, el de Levinas y colaboradores tendrá múltiples lecturas y utilidades. Y pueden permitirse ese lujo sin hacerse responsables por todas ellas.  Por eso y para eso son periodistas.

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