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Un debate para la Argentina posible, sin lugar para los K

El pronóstico de Scioli no se cumplió: no fue un cruce de chicanas, un espectáculo digno de la televisión basura ni nada por el estilo. Hubo diferencias, objeciones y hasta reproches, pero incluso el trotskista Del Caño se mostró infinitamente más civilizado que Aníbal Fernández, que nos tiene acostumbrados a su dosis matinal de bilis contra todos los que se pongan a tiro de su labia despreciativa y patoteril. O que la propia Cristina, estilista insuperable de la mofa y el desprecio en sus asfixiantes y ya cotidianas cadenas nacionales.

Frente a ese intolerante y unidireccional modo de comunicación kirchnerista, el primer debate presidencial de la noche del domingo fue un destello de luz, una muestra inesperada de civismo que probó que no es imposible vivir mejor. Y una entusiasmante promesa de lo que podemos ser como democracia si dejamos de aceptar lo dado como inmodificable.

Es cierto que algunos derraparon. Lo hizo Margarita Stolbizer apenas empezó el cruce de preguntas y respuestas cuando quiso homologar la corrupción kirchnerista con las denuncias que ha habido, sobre todo en los últimos días, sobre manejos irregulares en la administración porteña del PRO. Afortunadamente Mauricio Macri la paró en seco: fue injusta esa homologación y, peor que eso, fue un tan penoso como innecesario favor a Scioli, que seguramente encontró en esa ocasión uno de los pocos momentos para respirar aliviado de toda la velada. Para creer que no se había equivocado cuando desistió de participar, o cuando directamente se dedicó a descalificar el debate como si fuera un show de barro televisivo indigno de su investidura. De la que ejerce y de la que cree estar a punto de conquistar o ya haberse ganado.

Se equivocó también el oficialismo en general cuando pensó que con un poco de fútbol y la indiferencia de los canales estatales y adictos iba a poder tapar el acontecimiento del debate, porque muy pocos se iban a interesar en el asunto, y los pocos que lo hicieran ya tenían decidido votar opositores, así que los candidatos del gobierno no tenían nada que perder.

Porque el debate tuvo una audiencia inesperada, ofreció una novedosa ocasión para participar y reflexionar a los ciudadanos, y muchos más de los esperados la aprovecharon.

El desprecio al debate y a través suyo a las más sanas versiones de la “politización ciudadana”, de la que tanto ha hablado el kirchnerismo en estos años, pero que sólo ha fomentado en sus peores variantes, las más maniqueas, descalificatorias y estériles, quedó en evidencia a contraluz de las palabras constructivas y las críticas precisas que todos los postulantes plantearon a las políticas oficiales. Y en la precisa y a la vez terminante condena a la actitud del oficialismo en todo el proceso de gestación de este acontecimiento, de parte de los organizadores y moderadores.

Haber propuesto un proyecto de ley sobre los debates presidenciales cuando ya había una iniciativa en marcha al respecto quedó plenamente a la luz como pura distracción. Lo demostró sin querer el propio Scioli cuando apeló a la falta de una ley para no asistir, siendo que ese proyecto fue a la vez presentado y cajoneado por sus legisladores, y de todos modos las reglas de juego que se habían acordado en los meses previos en Argentina Debate superaban por mucho lo que el proyecto oficialista proponía, y ya contaban con el aval de sus propios representantes, encabezados por Jorge Telerman.

Quien más teatralmente lo puso en palabras fue Sergio Massa, cuando propuso utilizar los segundos que había dejado vacantes Scioli para responder con el silencio al desprecio con que éste estaba tratando a los demás postulantes, a los organizadores y a los ciudadanos en general al no asistir.

Quién sabe, tal vez de todos modos Scioli se salga con la suya y gane la elección presidencial. Pero dudosamente se pueda decir ahora que lo habrá logrado “porque no debatió”. Por haberse negado a participar de una obligación pública no escrita, pero que los ciudadanos de este país evidentemente valoran: dar la cara y explicarse.

El kirchnerismo ha hecho mucho por destruir el espacio público y convertir la comunicación política en mera propaganda durante sus doce años en el poder. Scioli creyó que también en eso podía dar continuidad al modelo. Y afortunadamente se equivocó.

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