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Solidaridad entre rentistas: ¿Y si Scioli y Cristina siguen cooperando para sobrevivir?

Para el caso de que Scioli gane se suelen anticipar dos escenarios como nuestro futuro político más probable: uno en que él se rebela (es decir, hace de una vez por todas lo que muchos esperaban que hiciera después de las PASO, o de ser consagrado candidato, o de haberse cerrado la posibilidad de la re-re, o de que intentaran ahogarlo en la provincia, o de tantas otras ocasiones), se diferencia del modelo heredado y va acotando la influencia de Cristina y su gente; y otro en que él lo intenta y fracasa, o ni lo intenta y se somete, por tibieza, exceso de gradualismo o simple cobardía, y entonces se vuelve un presidente de transición, una rotonda de la que saldremos probablemente por el mismo camino por el que entramos.

Pero hay en verdad otras posibilidades que también hay que tomar en cuenta: por caso, que ambos sigan conviviendo y cooperando por un tiempo más o menos prolongado. Que esto suceda dependerá en parte de la economía: si la situación sigue complicada, pero bajo control, habrá menos motivos para la ruptura, que implicaría riesgo de crisis y pocos beneficios para ambas partes. Y también de la política y la opinión pública: si la estrella de ambos sigue brillando en forma pareja y solidaria, ni Scioli se animará a romper ni a Cristina le interesará anticipar una sucesión hacia atrás como la que desean ella y sus acólitos, ¿para qué forzar a la rotonda a que complete su trabajo antes de tiempo? Todo lo contrario, hasta tal vez ella lo estimule a hacer algo del trabajo sucio que implicaría desarmar las inconsistencias económicas que le hereda, y termine siendo más amiga de Bein que de Kicillof.

Que esto funcione depende, claro, de que sea posible estabilizar el modelo más o menos como viene funcionando, con muy pocos cambios. Algo que muchos economistas consideran inviable, aunque unos cuantos políticos estiman la mejor alternativa imaginable: endeudarse todo lo posible, no para hacer cambios sino para evitarlos.

Es evidente que la situación en la que están hoy la economía y las cuentas públicas argentinas es muy inconsistente, y las tensiones se han ido agravando en función del maquillaje electoral oficialista. Pero, ¿es tan inestable como los críticos de las políticas oficiales creen o hay que considerar la posibilidad de que, aunque no sea por las razones que esgrimen los defensores del modelo, ellos estén en lo cierto cuando sostienen que cambiando lo mínimo él puede perpetuarse en el tiempo, aun con la mediocridad de resultados a que nos tiene ya acostumbrados?

La cuestión es, de nuevo, a la vez económica y política. Los economistas tienden a volverse más y más alarmistas últimamente. Incluso varios defensores del gradualismo parecen estar pasándose de bando a medida que el contexto externo se complica y las cifras de déficit y reservas rompen marcas de alarma. Así que advierten ahora que todo va a estallar si no se opera un giro importante más o menos pronto. La idea, que tiempo atrás sólo se atrevían a plantear Cavallo y unos pocos más, según la cual nos acercamos a un callejón sin salida que una estrategia gradualista sólo va a terminar de cerrar, en las últimas semanas también fue planteada por economistas menos catastrofistas y tan distantes entre sí como Claudio Loser, Eduardo Curia, Roberto Frenkel y Juan Llach.

En la misma tónica observadores externos han pasado del moderado optimismo al pesimismo rampante: tienden a pensar ahora que no va a ser nada fácil que un programa gradualista administre los desequilibrios hacia una normalización progresiva, evitando tensiones sectoriales y políticas. Y que por lo tanto no convendría apostar al éxito de quien pretenda tomar deuda con una promesa por el estilo. Incluso se dice que si Scioli ganara y pretendiera endeudarse para estirar las cosas, en suma, hace lo que se acomoda más a sus preferencias por evadir el riesgo y esconderle el bulto a una pelea con Cristina, la situación se volvería pronto inmanejable. Un estallido podría producirse, tal vez no el año próximo pero sí en 2017.

¿Será cierto o estos juicios están sesgados por las preferencias reformistas y pro mercado de los analistas?

La política, mientras tanto, parece dar señales contrarias a estas advertencias: la actitud de Scioli pos PASO de desestimar casi cualquier diferenciación, tanto en clave peronista como empresaria, parece no haber alejado ni a los peronistas ni a los empresarios locales y hasta ser valorada en las encuestas, y anticipa un curso de gobierno mucho más prudente, por llamarlo de algún modo, del que se anticipaba meses atrás. El cepo, las retenciones, los subsidios, todo salvo los holdouts (y hay que ver si estos siguen siendo motivo de tensiones en adelante), parece indicar que Scioli se prepara para gobernar con Cristina de la mano, con muy acotadas muestras de autonomía y disidencia respecto al curso que han llevado hasta aquí las políticas económicas. Y también el manejo político-institucional: su adhesión al esquema de protección judicial contra acusaciones de corrupción dice bastante a este respecto.

Además, las malas noticias externas e internas no parecen estar desalentando esta opción sino todo lo contrario, reforzándola: si los desequilibrios resultan más graves de lo esperado, más razón para mantener lo más cerca posible a Cristina.

Y eso antes de considerar lo que puede convenirle a ella a partir del año próximo: descartada la posibilidad de que a Scioli le vaya muy bien, se autonomice y pueda aspirar a su propia reelección, sería para ella mejor, y una tarea más digna de su investidura y su imagen pública, ayudarlo que ahorcarlo. Así que, aún manteniendo sus manos cerca del cogote del motonauta, podría incluso terminar alentándolo a que haga al menos algo de ajuste y desactive las inconsistencias más explosivas: tampoco querrá ella heredar en 2019 una situación tan explosiva como la que le planea legar.

Finalmente, lo que ambos están demostrando en esta campaña es que su base política es la misma, y que su método para construirla y reproducirla también: la administración de una renta pública extraída a como dé lugar, sea a través de impuestos, inflación o deuda. Y que si quieren sobrevivir por ahora la mejor opción es mantenerse unidos, tal vez no de acuerdo en los detalles, pero sí en lo esencial. La supervivencia política del modelo rentista es posible. Y él no va a derrotarse a sí mismo. Que no sea la mejor opción para quienes no participan de sus beneficios y más bien se cuentan entre los proveedores de sus recursos no significa que estos tengan una solución mejor para el país. Hasta aquí, sólo una hipótesis.

por Marcos Novaro

publicado en TN el 13/10/15

Posted in Política.