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Científicos del tomate, abrazados al “Scioli o muerte”

Estas elecciones están cargadas de sorpresas. Además del balotaje, de las volteretas de último momento que dan millones de votantes y de la ilimitada inventiva financiera de Vanoli y Kicillof para esconder la mugre debajo de la alfombra, asistimos en estos días a un sorprendente cambio de roles de último momento en el activismo oficial.

Mientras los peronistas del territorio y el sindicalismo practican los gestos de apoyo de rigor, aunque sinceros bastante modestos, porque no piensan que el destino de Scioli tenga mucho arreglo, ni planean claro acompañarlo hasta el final, y algunos como Randazzo hacen bastante menos que eso y se preparan ya para convertir en leña lo que quede del ex motonauta después del 22 de noviembre, los científicos, académicos e intelectuales del kirchnerismo abandonan todas las dudas que venían albergando (y voceando) hacia su figura y se proponen como vanguardia ilustrada de la resistencia del movimiento nacional y popular contra la antipatria macrista

“Scioli o muerte” gritan desde sus bibliotecas, laboratorios y cátedras, y parecen dispuestos a dar, si no sus vidas y calor de masas al menos sí fervor neuronal y filo dialéctico al tramo final de la campaña oficialista.

La mutación fue abrupta y escandalosa, por lo que unos cuantos quedaron en off side durante varias horas, repitiendo todavía que el candidato es un vulgar y un mediocre, que apenas si disimula su condición de traidor derechista, y ni ellos ni el “proyecto” se lo merecen. Pero ya desde el papelón que hicieron tras el ascenso de Jorge Bergoglio al papado estos pensadores, sus foros de debate y sus órganos de prensa vienen curtidos en eso de meter violín en bolsa. Así que en un dos por tres pasaron de regurgitar al sapo a celebrar lo maravillosa que va a ser su “continuidad con cambios” mientras lanzaban truenos y centellas sobre la alternativa.

Respondieron así con prontitud al aviso que les dio Cristina el jueves siguiente a la primera vuelta, cuando para ilustrar lo mal que va a pasarlo el país si ganara Cambiemos se refirió en particular a las nuevas universidades estatales, a los satélites y demás supuestos o reales avances de la ciencia argentina.

Cristina será necia y soberbia, pero no puede negarse que conoce bien los bueyes con los que ara: no podía hablar abiertamente de los miles de cargos públicos que el camporismo va a perder si además de quedarse sin la administración bonaerense tiene que abandonar los ministerios nacionales, la ANSES, el Banco Central y el Nación, Aerolíneas y vaya a saberse cuantos lugares más donde el maldito Macri querrá hundir sus horribles garras. Así que puso al frente de la “resistencia popular” a quienes comparten con el camporismo sus ideas y diagnósticos políticos básicos, tienen algo más de legitimidad social por el tipo de trabajo que realizan, y pueden creer que compartirán el destino de los amigos de Máximo si el oficialismo pierde la Presidencia.

El llamado no fue desoído y a continuación Carta Abierta cambió drásticamente de actitud y adoptó la letra que recita Scioli desde su trastazo del 25: hay dos modelos de país y no puede haber duda alguna de con quién está cada uno. Y a la cola fueron cientos de profesores e investigadores de universidades y facultades alineadas con el oficialismo, empleados y directivos de ARSAT, becarios de Conicet, en suma, un montón de materia gris que desespera por evitar el ascenso de “la derecha”.

El argumento: ella viene a cerrar todos los centros de ciencia y tecnología abiertos o ampliados en estos años; y va a mandar a sus integrantes a lavar los platos. Hasta en la forma de explicarse imitaron a Scioli: “no cabe ninguna duda de que este cambio que se propone sería para peor” reza la declaración de una de las universidades del conurbano. No advirtiendo seguramente hasta qué punto estaban imitando también a otro preclaro líder del movimiento nacional, Aldo Rico, cuando sostuvo que “la duda es la jactancia de los intelectuales”.

Es curioso que el fervor militante sea más pronunciado en algunos ámbitos de las ciencias duras que en las sociales. Curioso, pero no ilógico. Primero, porque es cierto que esas disciplinas han sido especialmente favorecidas por el presupuesto público y las atenciones del Ministerio de Ciencia y Tecnología. Y segundo y fundamental, porque ellas son bastante más proclives a abrazar el unanimismo político, como han probado infinidad de experiencias autoritarias y totalitarias aquí y en el resto del mundo. El liberalismo y el pluralismo no son necesariamente parte del ethos de estas disciplinas, y en ocasiones pueden ser incluso contradictorios con sus nociones de verdad y sus métodos: la “duda” sólo la aplican en su campo específico, para todo lo demás prefieren el dogma, y viene bien uno que “despeje variables” con certezas morales inapelables y recursos estéticos más o menos románticos, como los que se han especializado en ofrecer Carta Abierta y el llamado “pensamiento nacional”.

Aunque el núcleo duro y más activo de la resistencia académica-popular no está por cierto allí, ni en los laboratorios de Exactas o ARSAT ni en las conferencias de Adrián Paenza, ni siquiera en el esteticismo romántico de Carta Abierta, sino en la estructura burocrática que administra el poder y los recursos de la educación superior y la investigación científica con los mismos criterios que usan los barones del conurbano en sus municipios, o La Cámpora en Aerolíneas.

Es esa estructura de poder, que se escuda detrás de un discurso del desarrollo, la modernización y la educación pero reproduce un sistema clientelar opaco, que privatiza bienes públicos de bajísima calidad, la que realmente tiene motivos para temer el cambio. Es ella la que utilizó con más provecho los pasados años de bonanza, como prueban el crecimiento de su plantilla muy por encima de la de docentes e investigadores, y los sueldos que se pagan las autoridades de muchas universidades militantes.

El caso del Comahue, donde nos enteramos hace semanas que algunos decanos cobran 200.000 pesos por mes, no concitó llamativamente ningún reproche de los científicos K, cuyos ingresos en el Conicet y esas mismas universidades ni por asomo se les parecen y vienen además muy rezagados respecto a la inflación desde dos o tres años.

Tampoco les hace ruido que esas autoridades utilicen su poder y responsabilidades institucionales para hacer campaña partidaria, acallando a los miles de profesionales, sus compañeros de trabajo, que no comparten esa visión de las cosas.

Y que podrán estar callados pero igual que muchos habitantes del conurbano van a aprovechar la oportunidad que se les presenta para expresar su hartazgo.

por Marcos Novaro

publicado en TN el 2/11/15

Posted in Política.


4 Responses

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  1. guido says

    Es extraño que no abunden estos tipo de análisis sobre la comunidad científica local, a pesar de que el proceder del gobierno en este ámbito se asemeje bastante a la política desplegada con los organismos de derechos humanos (¿algún politólogo que trabaje y comparta su mirada sobre estos temas?). Además de un ethos que tiende a la uniformidad, los científicos tienen una muy alta estima de su propio quehacer (al igual que el moralismo que destilan Abuelas y Madres de Plaza de Mayo), en parte por la buena imagen con que cuentan en la opinión pública y en parte por asumirse la vanguardia de la industrialización y la modernización económica (como si estas dos cuestiones fueran indisocialbes). La dependencia ideológica termina haciéndose muy estrecha, al menos como lo veo en Exactas UBA, porque al no existir un sector privado consolidado que apueste a la ciencia, se depende del Estado no sólo para recibir becas o estipendios, sino, y esta es una diferencia abismal con Sociales UBA, para acondicionar laboratorios, adquirir equipamiento especializado (que muchas veces consiguen salteando las restricciones aduaneras que impone el mismo Estado) o ampliar instalaciones. Todo esto galvanizado con la creencia de que el Estado apuesta al progreso social general apoyando su propia labor científica. Y al final del día, en Solano, partido de Quilmes, no habrán cloacas o calles asfaltadas, pero “todos” habremos conquistado la soberanía tecnológica espacial. La comunidad científica no se reduce al Decanato y al Consejo Directivo de Exactas UBA, pero es muy complicado escuchar algún que otro desliz ideológico por estos lugares.

  2. Emilio Gaviria says

    Mi opinión conservadora: el intelectual es un crítico permanente de la realidad social, degenera cuando se mete a político, porque hay que mentir; el filósofo plantea preguntas, al estilo socrático, cuando elabora respuestas es un sofista. Normalmente, el poder desconfía de ellos y trata de cooptarlos o silenciarlos. Jauretche, aparte de su interrogante, ¿somos babiecas los argentinos?, expresó que los intelectuales no tenían más remedio que someterse. Entonces científicos, eruditos, no del tomate, muy cuerdos, hedonistas, a sueldo de quien mande, la vida es corta y hay que gozarla, lo demás entra en lo relativo.

  3. elnelson says

    Una parte del tema es lo que dice Guido en el primer comentario: no existe un sector privado que apueste a la ciencia. Se me ocurren algunos casos aislados en el sector del agro, que es donde tengo conocimiento (Biosidus, algunas semilleras, etc.). Y eso en el sector agropecuario, donde quizás haya mayor mercado (debido a que no se puede importar alegremente germoplasma o agroquímicos del extranjero porque a que no se sabe a priori como van a funcionar en estos ambientes). Hay varios grupos de investigadores del Conicet que produjo avances en biotecnología, algunos asociados a privados o con investigadores del exterior. Pero, ¿Y los científicos que estudian algún aspecto del mal de chagas? o ¿los que estudiamos temas de ecología que tienen implicancia en la producción, por ejemplo malezas resistentes a glifosato, pero en los cuáles el resultado final no es la obtención de una patente? Se depende del estado para financiar, aunque sea en parte, esos estudios. Y en estos últimos años fue donde se pudo disponer de recursos para llevar a cabo esas investigaciones.
    Frente a ello se plantea una incógnita con las definiciones del referente del PRO, que por un lado elogia a Lino Barañao (creo que trabajaron juntos en algún momento) y por el otro opina mal de los científicos que no publican en Science (a propósito, un investigador principal como usted, ¿publica en Science? ¿es menos investigador principal por ello?) al menos a Alberto Kornblihtt (confeso izquierdista, pero que fue referee en Science) no le va a ir mal.
    Creo que hubiera sido distinta la reacción de muchos investigadores (son muchos los que están en desacuerdo con el FPV) si por ejemplo, hubiera sido explícita una propuesta para los becarios que se están recibiendo de doctores. O si hubiera propuestas específicas para aprovechar la investigación sobre la que ya se avanzó, o aunque sea propuestas para aprovechar los recursos humanos, de los cuáles muchos volvieron del extranjero. U otro ejemplo, “aprovechemos INVAP, que le vendió reactores a Australia, para potenciarlo y hacerlo líder en su rubro”.
    En cambio, por lo que se escucha de referentes y simpatizantes del PRO parece que no va a ser importante el sector de la investigación y ya tuvimos antecedentes de esto en décadas anteriores.

  4. Marcos Novaro says

    Me parecen muy pertinentes tus preocupaciones. elnelson, como en muchas otras áreas, faltan tanto antecedentes como compromisos como para poder anticipar con certeza qué se pretende hacer desde Cambiemos o el PRO.
    Saludos