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Milagro Sala y la conversión de los K en secta

La organización Tupac Amaru es desde hace tiempo, dentro del heterogéneo mundo kirchnerista, la que más fiel y consecuentemente encarna sus posiciones radicalizadas: es probable que menos corrupta que el resto pero decididamente chavista, de seguro más violenta, incluso armada, aunque también más sinceramente interesada en atender e integrar a los pobres y marginados.

Según los voceros K, la detención de su líder revela crudamente lo que ya se venía observando en otros terrenos: la supuesta revancha impulsada por las nuevas autoridades contra quienes apoyaron a las salientes, el ajuste de gastos, incluidos los sociales, y el consecuente recurso a la represión de la protesta. ¿Si algo de esto es cierto, podría la detención de Milagro Sala ayudar a convertir al kirchnerismo residual en expresión de resistencia de los pobres y de los excluidos del poder y de los beneficios de los cambios en curso? ¿Le ayudará en suma a recobrar bríos?

Para el oficialismo el episodio es la inevitable secuela del abuso de los recursos públicos y la extorsión practicados por el militantismo k en estos años. En este caso con gran despliegue de violencia, no sólo verbal. El gobernador jujeño lo advirtió ya varias veces: no se puede convivir con un estado paralelo, que se apropia de lo público en nombre del pueblo y sus necesidades, como si fuera su único auténtico representante, y las autoridades legales debieran optar entre ser sus rehenes o hacer el papel de “antipueblo”.

El acampe con que Sala pretendió sitiar al gobierno provincial y mostrar su capacidad de apelar a una legitimidad antiinstitucional, y las revelaciones sobre manejos por completo ilegales de los recursos fiscales que la Tupac viene administrando a piacere brindaron la oportunidad a Morales de definir el conflicto en sus términos. Así que fue lógico que lo escalara. Pero, ¿le convenía llevar el choque de legitimidades hasta el extremo de meter presa a su antagonista?

La respuesta, en este caso igual que en conflictos similares que se han planteado a nivel nacional u otras provincias, con gente como Sabbatella y los miles de ñoquis militantes de La Cámpora, no depende tanto de las reacciones esperables de los kirchneristas, que ya se sabe van a intentar hacerle la vida imposible al gobierno cualquiera sea su actitud, sino de lo que interpreten y la posición que adopten otros dos actores con relación a los cuales se definirá la suerte tanto del kirhnerismo residual como de las nuevas autoridades: el resto del peronismo y la opinión pública.

En relación a la opinión la situación es claramente favorable para que los oficialistas actúen: una encuesta que realizamos días atrás en cooperación entre CIPOL y Opinaia muestra que la sociedad en general desconfía del rol del kirchnerismo en la oposición: el 64% está algo o totalmente de acuerdo con que “los K se opondrán a todo con tal de entorpecer a Macri”, contra solo 23% que no lo comparte. Además, sólo el 39% de los encuestados cree que aquellos harán oposición “defendiendo los intereses de las clases bajas”, contra 49% que descree de ello. En diciembre estos porcentajes eran 44,2 y 43,6 respectivamente, es decir que la desconfianza se fortalece.

Así las cosas, habría poca o ninguna chance de que los K logren emular a la Resistencia de los años sesenta. Y en cambio teniéndolos de enemigos los nuevos oficialistas no necesitarían esforzarse por hacerse de más amigos: sus contendientes harían por ellos el trabajo.

En cuanto a la relación entre los K y el resto del peronismo la situación es aún más favorable para el macrismo, y alienta a pensar que la polarización que éste plantea no sólo es un buen recurso coyuntural, para facilitar su instalación en el poder, sino que puede volverse esencial en su estrategia para ampliar la coalición y acorralar a los opositores.

El hecho de que los kirchneristas no hayan esperado ni un minuto en intentar “liderar la resistencia”, así como que desde el resto del peronismo esté tardando en surgir un polo alternativo, en parte por la persistente sumisión de Scioli, muchos diputados y algunos senadores, y también por las inevitables dificultades de una coordinación alternativa en un partido derrotado y ya desde antes fragmentado, facilitan y a la vez vuelven más rentable la apuesta oficial por polarizar con sus predecesores más duros: es tan sencillo como provechoso forzar a los moderados del campo adversario a optar entre quedar pegados con los fanáticos o mostrarse colaborativos, sin que puedan exigir demasiado a cambio de su colaboración.

Juega también a favor de esa estrategia una tendencia desde siempre presente en el kirchnerismo a comportarse como una facción sólo atenta a sus propios intereses, condición que por largo tiempo se disimuló gracias al control monopólico de una enorme masa de recursos públicos, y que por eso mismo resulta ahora, sin ese control, tan inconveniente como difícil de corregir.

Días atrás el senador Abal Medina advertido de este riesgo alentaba a kirchneristas y peronistas a mantenerse unidos, compartiendo sus ventajas específicas: aquellos una líder aun popular y una muy activa militancia, estos una sólida implantación territorial y amplios poderes institucionales. Pero su invocación está condenada a caer en saco roto: interpela a los K como si fueran o pudieran convertirse en una suerte de Tea Party argentino, cuando en verdad siempre tuvieron más en común con las típicas estructuras estalinistas.

El Tea Party es una minoría intensa con capacidad para influir en una fuerza mucho más amplia y heterogénea, los republicanos, pues nunca ejerció directamente el poder del estado ni intentó alterar esa relación con el partido que lo contiene. Por ambos motivos es tarde para que los K lo imiten: podrán ellos usar sus recursos restantes para ocupar de momento la escena, pero esto lejos de ayudarlos a lograr sus aspiraciones, en particular la de volver al poder, las condenan.

En eso se parecen a esas minorías intensas cuyas fortalezas y viejas glorias les impiden romper su aislamiento. Como ha sido el caso en décadas recientes de los PC de muchos países democráticos.

Recordemos que en los años ochenta el Partido Comunista Argentino, igual que hacen hoy los K, convocaba miles de militantes y simpatizantes a las calles, organizaba aún más masivas jornadas culturales, tenía sus propios periódicos y proveía a muchos una fe inquebrantable en el estalinismo más cerril. Podía gracias a ello hacer creer a observadores desatentos que ya era o podría pronto volverse un potente actor de la naciente democracia. Cuando en verdad sus fortalezas nacían de aquello que le impedía cumplir ese rol: la cerrazón ideológica, el aislamiento e incomprensión frente a lo que rápidamente estaba cambiando en el ambiente institucional, el desprecio absoluto por el resto de los actores políticos, en suma todo lo que lo definía como secta.

Con el kirchnerismo sucede hoy algo parecido. Está todo el tiempo en la calle, parece tener mucho para decir y que su palabra convence aun a muchos. Pero en verdad va camino a volverse lo que en cierto sentido siempre fue, un pequeño grupo de fanáticos que si logró hasta hace poco ser escuchado no fue por su implantación social, sino porque logró primero encaramarse y luego aferrarse a la cúpula del estado.  Sin cuyo control está condenado. Así, ha dejado de ser un serio problema para la democracia argentina. Ahora sólo lo es en verdad para los peronistas. Y pronto tal vez ni siquiera eso.

por Marcos Novaro

publicado en TN el 18/1/16

Posted in Política.