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Malvinas: cómo salir del lugar común

por Vicente Palermo

 

Nuevo gobierno, nueva diplomacia y, ¡caía de su peso!, nueva agitación de las aguas de la política oficial sobre Malvinas. ¿Todo nuevo? Todo no. Nada tiene de nuevo que un gobierno nuevo crea que vale la pena aventurar una ofensiva diplomática por las islas: se parece al famoso tirarse un lance de los porteños, total, perdido por perdido, si algo le llegara a salir bien en esta cuestión, su ganancia de capital político, calcula, sería formidable.

Ya de por sí mostrarse ante la opinión pública interesado por la soberanía en Malvinas es, estima, menos peligroso que parecer apático. ¿Cómo, el gobierno de Cambiemos descuida la joya más preciada de la soberanía nacional? ¡Que no se diga! En realidad, los supuestos de este temor en términos de sensibilidad de la opinión pública son completamente arbitrarios: la causa Malvinas dice de sí misma que es inconmoviblemente popular, las encuestas (del tipo: ¿usted cree que las Malvinas son argentinas?) le dan la razón, naturalmente, y nadie puede imaginar nada nuevo.

Tampoco es nuevo el entusiasmo de los diplomáticos. El optimismo de los diplomáticos, a veces, no tiene límites. Especialmente cuando las expectativas de los políticos se conjugan con las convicciones de los hombres de embajada. Y este es ciertamente el caso: tenemos un cuerpo diplomático (con contadas excepciones) malvinero, muy malvinero (lo que es de lamentar). Cuando los políticos preguntan: y con Malvinas ¿podemos hacer algo? La respuesta es contundente y siempre la misma: ¡claro que sí! Manos a la obra, a la forja de una política de Estado.

Pero si el interés coyuntural de los políticos y el calor malvinero de los diplomáticos no son nuevos, tampoco lo son los contenidos de la nueva iniciativa para Malvinas en política exterior. En verdad, se exhuman en ella todos los tópicos que jalonaron nuestra política en la materia a lo largo de los años: lease back o retroarriendo, soberanía compartida, Ushuaia como “base de operaciones de los isleños”, comunicaciones, doble ciudadanía, educación y salud, etc. Y los mismos mitos, como el de que si las acciones llevadas a cabo desde 1971 hasta 1082 se hubieran sostenido, hoy la bandera argentina flamearía en las islas. Al tiempo que se bate en la tecla banal de los ositos Winnie the Pooh para ridiculizar la única iniciativa verdaderamente innovadora: la de los 90, que no consistió en “conquistar el corazón y la mente” de los isleños tanto como en abrir nuestro corazón y nuestra mente hacia ellos. Es lo que precisamos y podemos hacer. Creo que la única novedad de relieve que podría dejar atrás ese montón de tópicos y de mitos sería reconocer la entidad de los deseos de los isleños. Esto significa un compromiso firme con que las islas sólo podrían ser “recuperadas” si y cuando los malvinenses así lo quisieran.

Los frutos de la política exterior sobre Malvinas que se configura en el presente pueden ser dos. Lo más probable es que, una vez más, no pase absolutamente nada y la cuestión siga siendo un fantasma que se agite periódicamente. El Gobierno cree que por esta política completamente carente de imaginación no pagará costos, y probablemente tenga razón. Lo menos probable (a mi entender muy poco probable) es que se ingrese en un camino, con cualquier fórmula de “negociación”, en el que los británicos consigan hacer tragar a los isleños siquiera una pildorita de la amargura que ellos rechazan: cualquier fórmula de convivencia política con nosotros o cualquier hipótesis relativa a una lejana transferencia de soberanía. Extremadamente improbable, de acuerdo, pero imaginemos este trayecto proyectado al largo plazo. Así, si llegáramos a “recuperar” las islas al precio del resentimiento perenne (algo peor que el odio) de los malvinenses por haber ignorado sus deseos, ¿seremos más felices, más ricos, mejor integrados con el mundo? ¿Una mejor y más justa comunidad política? Lo dudo.

Apenas habremos cumplido el “mandato de la tierra”, mandato que no nos manda a ningún lugar como no sea al siglo XIX y se trata de una obstinación estéril, inútil para pensar el futuro. Lo que verdaderamente precisamos en relación a Malvinas es un cambio cultural. No son los isleños, somos nosotros los que tenemos que cambiar. Ya que hay una cláusula constitucional que nos manda, tenemos derecho a establecer las condiciones para cumplir con ella, las de una comunidad política que se respete a sí misma respetando la voluntad de un pequeñísimo grupo de ciudadanos de unas grandes islas.

*Socio del CPA.

Clarín, 22-2-2016

Posted in Política.


One Response

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  1. Nelson says

    Siempre que se escribe sobre el tema Malvinas se habla sobre las dos islas situadas en nuestra plataforma continental, pero casi nunca se mencionan ni se discuten los otros temas que acompañan a este. Junto con las islas Malvinas, el Reino Unido se adjudica además las islas Georgias y las islas Sandwich del sur: a partir de allí proyecta además territorio sobre la Antártida, el cuál se superpone totalmente al territorio que nosotros reclamamos. En las islas Georgias hubo presencia efectiva argentina hasta (si mal no recuerdo) el año 1908 e incluso hubo una empresa argentina operando allí hasta la década del ’60; la base antártica de las islas Orcadas fue la primera en instalarse, desde 1904. Hay una dimensión económica y territorial que va más allá de las islas en cuestión (y que creo que queda solapado bajo la cuestión de la “autodeterminación” de los isleños). Me permito hacer una pregunta sobre un supuesto: si solo fuera autodeterminación, ¿aceptaría el Reino Unido renunciar a su reclamación sobre el resto de los territorios y la Antártida si nosotros renunciamos a Malvinas?
    Creo que ni aunque fuéramos Suecia como país aceptaría el Reino Unido discutir soberanía, salvo que se encuentre en extrema decadencia y banca rota y nosotros no. Si aún no lo hizo por Gibraltar…