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Después del discurso, con el equipo de Macri en el centro del ring

El diagnóstico de situación que el presidente expuso en la inauguración de sesiones legislativas sirvió como excusa para que los camporistas armaran una escena de esas que tanto les gustan, que desdibujó en alguna medida lo que el discurso de Macri tuvo de propositivo.

 

Era un riesgo que no podía ignorarse. Y que de todos modos no perjudicó seriamente al gobierno, como éste sin duda previó: esos delegados de Máximo en el Congreso conforman una deslucida estudiantina que cree hacer una cosa, encarnar la defensa del “proyecto nacional” y la resistencia popular contra “la derecha”, cuando en los hechos hace una muy otra, son el enemigo soñado de cualquier nuevo gobierno, que por contraste gana puntos fácilmente a los ojos tanto de los demás actores políticos como de la opinión pública.

 

Tan es así que en ese cruce entre el presidente y los diputados cristinistas el grueso del peronismo se abstuvo de tomar partido. Lo que fue revelador tanto de que ellos sí entienden quién se beneficia con “el show de la resistencia”, como de que están ya embarcados en un juego distinto, incomprensible para la cosmovisión K.

 

A ese peronismo además Macri le ofreció gestos de concordia. Por un lado, exaltó su rol legislativo, la importancia de su participación en acuerdos que permitan aprobar normas muy necesarias y potencialmente consensuadas. Por otro, celebró su moderación, rasgo proverbial pero que esa dirigencia no ha tenido mucha ocasión de practicar en los últimos tiempos. Y que un presidente menos generoso podría haber llamado por su otro nombre: oportunismo.

 

Sutil pero inconfundiblemente Macri formuló este homenaje al peronismo de siempre con dos planteos a los que, obnubilados por las duras críticas a la herencia, tal vez no se prestó la atención que merecen.

 

Por un lado, moduló con mucho cuidado las fechas del desastre: los problemas que hoy lamentamos, dijo, empezaron en general en 2006 más que en 2003. Destacó al respecto el déficit fiscal, consecuencia de haber abandonado la disciplina a que en principio Néstor se atuvo, la inflación, el exceso de carga tributaria sobre la producción, el desborde del empleo público y el default.

 

Por otro, amplió más allá de los círculos políticos las responsabilidades por habernos vuelto un país crónicamente mal gobernado, con precarias o deficientes instituciones, cuestionando la resignación en que tendemos a caer “todos los argentinos” frente a situaciones que no deberíamos tolerar, como la corrupción, el incumplimiento de la ley y otras varias manifestaciones de la viveza criolla. A la luz de lo cual el kirchnerismo fue un episodio más, tal vez uno especialmente lamentable pero no único, de un problema mucho más grave y profundo.

 

Frente a este panorama, la promesa del cambio pudo tener para muchos paladares sabor a poco. Su empuje y alcance depende, como se puede colegir de las propias palabras presidenciales, de voluntades colectivas que hay que ver si se sostienen y fortalecen en el tiempo. Y exige ante todo atravesar un complejo valle de lágrimas, que consumirá buena parte del año en curso y en cuyo recorrido bien puede que se nos acaben las ganas de cambiar.

 

Macri no lo dijo, pero no hacía falta: la dosis de realismo que planteó en la primera parte de su discurso tiñe la segunda mitad, y teñirá seguramente los pasos de su gobierno. Para lo cual nos propuso un remedio ya conocido: trabajar en equipo.

 

Ese llamado a la cooperación, a integrar voluntades particulares detrás de metas comunes, a componer intereses, es ya toda una seña de identidad de su gestión. La cuestión es que a partir de ahora tendrá menos chance de que funcione como promesa si no puede ofrecer ejemplos prácticos al respecto. No necesariamente buenos resultados, pero sí buenos procedimientos en marcha.

 

Algunos casos de evidente descoordinación en el gabinete experimentados en estos casi 100 días de gestión, como decretos apresurados, inconsultos aún para los principales funcionarios, e idas y vueltas en anuncios importantes, por caso en el Indec, la paritaria docente y la reforma de ganancias, pueden disculparse por las urgencias y desórdenes propios de la puesta en funciones, y por la falta de experiencia de la mayoría, tanto en el desempeño de sus tareas específicas como de las vías adecuadas para interactuar con los demás. Pero si se repiten a la opinión pública le va a ser más tentador cargarles la responsabilidad por los costos que se le impongan.

 

Por caso, es cierto que a priori la sociedad está dispuesta a aceptar aumentos de tarifas y responsabiliza por ellos, igual que por los cortes de electricidad, más a los que se fueron que a los que ahora están. Pero si se siguen manejando con imprecisión cuestiones críticas como la tarifa social, las compensaciones por falta de servicio y los porcentajes de suba, es seguro que cuando ésta golpee concretamente sus bolsillos los usuarios tendrán motivos extra para olvidarse de esas sutilezas y volcar su malhumor en quienes tendrán más a mano, los “insensibles gerentes macristas”.

 

Los procedimientos pueden hacer una importante diferencia al respecto. Pero para eso hay que cumplir a rajatabla lo que se prometió, el equipo a pleno en los frentes más sensibles.

 

A pesar de la diferencia de origen y formación de sus integrantes este es un gobierno con poco disenso programático. Comparado con casi todos los anteriores gabinetes democráticos saca una gran ventaja incluso en el terreno económico, donde se habla de heterodoxos y ortodoxos, pero lo cierto es que todos los que desean estar en los zapatos de Prat Gay harían más o menos lo mismo que él, al menos en la gestión del ajuste.

 

En cambio parecen ser más serios de lo deseable y lo prometido problemas técnicos, que un buen equipo de profesionales y administradores no puede dejar pasar. Y la cuestión es que el tiempo para aprender no sobra, ni las segundas oportunidades.

por Marcos Novaro

publicado en Clarín el 4/3/16

Posted in Política.