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Obama y Macri, Derechos Humanos e izquierdas

La visita del presidente norteamericano a la Argentina será ocasión para que trate con su colega local al menos dos tópicos de gran actualidad en la lucha por la vigencia de los derechos humanos: la situación al respecto en Venezuela (y tal vez también y por similares motivos en Cuba), cuestión que ha encontrado a ambos países en veredas opuestas durante los últimos años, pero que ahora tiende a hermanarlos, en una coincidente y cada vez más dura crítica al modo en que Maduro, el régimen chavista y el castrismo tratan a sus ciudadanos; y lo que las instituciones gubernamentales de EEUU saben sobre la represión ilegal en Argentina durante la última dictadura (y tal vez con suerte también sobre el proceso de gestación del terrorismo de Estado en los años inmediatos anteriores, sobre lo que sabemos aquí aún menos y a la Justicia no le ha interesado casi en nada) y todavía siguen guardando en secreto.

 

Algunos críticos de izquierda de ambos gobiernos, y los kirchneristas en especial, denuncian con furia por estos días la existencia de un secreto hilo vinculante entre ambas cuestiones, que supuestamente desnuda la hipocresía de los dos mandatarios y explica la sintonía que rápidamente se estableció entre ellos: los papeles que se propone desclasificar el gobierno de Obama comprometen a sus predecesores y también a él y a su país como un todo en el apoyo y la promoción de prácticas que han violado y siguen violando los derechos humanos en todo el mundo, desnudando lo que realmente pretende Estados Unidos con sus denuncias sobre Venezuela, en Cuba y en tantos otros lugares, imponer por las buenas o por las malas gobiernos adictos, como los que antes les ofrecían los militares de la región, como los que ahora les ofrece “la derecha” latinoamericana en auge; es decir, un gobierno como el de Macri.

 

Así la desclasificación de documentos probaría lo contrario de lo que dicen tanto las autoridades norteamericanas como las argentinas: los derechos humanos no son realmente parte de sus agendas, estos gobiernos son y seguirán siendo sus violadores sistemáticos, y lo que dicen al respecto es pura cortina de humo.

 

Datos y antecedentes históricos que con sus actos ahora refrendan parecieran ratificar este juicio lapidario: los norteamericanos apoyaron a los militares argentinos en muchos terrenos, no cabe duda; es más, los entrenaron e impulsaron a violar los derechos humanos de sus conciudadanos en los años sesenta y tempranos setenta; así que por más que quieran lavar culpas ahora, entregando información al respecto, no están reconociendo más que lo que todos ya sabíamos; lo hacen además, se dice desde este sector, por la presión que reciben de los organismos de derechos humanos, y mientras no dan prueba alguna de abandonar sus políticas represivas e intervencionistas; como demuestran justamente sus “ilegítimas presiones y maquinaciones golpistas” en Venezuela. ¡Obvio que se van a llevar bien con Macri y con todos los de su calaña!

 

En esta formulación, antinorteamericanismo y nacionalismo se hermanan para denunciar al liberalismo político, local y mundial, como puro marketing: él no sería más que el discurso con que los poderosos y ricos del mundo, y los del barrio, disfrazan sus verdaderas intenciones, que no son otras que someter y atropellar a todo el resto. ¿Y James Carter? ¿Y Patricia Derian? Excepciones, y efímeras además, no por nada reemplazadas al poco tiempo por Reagan, los contras nicaragüenses, y la lista sigue.

 

Esta visión de los derechos humanos como una causa que sólo la izquierda y los antimperialistas podrían levantar con honestidad tiene larga tradición entre nosotros. Es la misma que ya en plena dictadura llevaba a las organizaciones de resistencia y las guerrillas locales a aprovechar los foros que se les ofrecían en las democracias occidentales, pero sin renunciar en nada a su alineamiento doctrinario y simpatías por el bloque soviético, Cuba y demás tiranías “populares” del Tercer Mundo. Pasaban por alto el hecho de que esos países no respetaran en nada los derechos humanos de sus concretos ciudadanos. También que, en términos generales, se llevaran de maravillas con los militares argentinos: en la ONU, por ejemplo, el Proceso logró evitar las condenas que impulsaron año tras año los representantes de EEUU gracias a, ¡miren qué curioso!, el voto siempre comprensivo de Cuba y la URSS. Y todo porque creían que al hacerlo facilitaban un fin superior, muy superior a la “hipocresía liberal”, fortalecían el único y real camino para que imperaran los derechos humanos algún día.

 

Asistían entonces las Madres de Plaza de Mayo a sesiones especiales del Congreso norteamericano, otros organismos de solidaridad buscaban financiamiento en fundaciones de ese país y de Europa Occidental, donde también pedían refugio la enorme mayoría de los exiliados, muchos de ellos miembros todavía activos de las guerrillas; pero sólo para “sacar provecho” de esa hipocresía y mala conciencia propia de las democracias occidentales, y seguir luchando por destruirlas y reemplazarlas por el hombre nuevo y la sociedad sin clases.

 

Chavismo y kirchnerismo ofrecieron hasta hace poco una suerte de remedo degradado pero bien financiado de ese ideal de “la sociedad justa antiliberal” con que las izquierdas de la región se encandilaron décadas atrás. Ellos sostuvieron y potenciaron el tradicional antinorteamericanismo al que suelen ser tan proclives tantos latinoamericanos. Y parecieron poder desarmar así todos los demás discursos sobre los derechos, convirtiendo a éstos en su exclusiva bandera. Muy particularmente se ensañaron con el discurso liberal, que vincula la tradición constitucional con las transiciones democráticas de los años ochenta y la aspiración de incorporar a la región al concierto de las democracias pluralistas de occidente. Porque en última instancia ese, más que el militarismo o las dictaduras, era el enemigo principal a vencer.

 

Hoy que esta promesa y ese mandato constitucional y republicano están renaciendo es bastante lógico que las izquierdas antiliberales que los despreciaron en el pasado, y siguen despreciándolos en la actualidad, tengan dificultades para ubicarse. Que los llamen “la derecha” e “hipocresía de los ricos y poderosos” expresa esa dificultad y en ese sentido no merecería mayores consideraciones. Aunque, visto desde otro lado, tal vez también con ese argumento se compruebe que no hay mal que por bien no venga: ¿no servirá como un provechoso estímulo a que los acusados se esfuercen en demostrar que son más que eso?

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 23/3/16

Posted in Política.


3 Responses

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  1. Pablo Diaz de Brito says

    La pregunta es cómo la izquierda ha mantenido su escudo, su impunidad para detentar el monopolio de valores liberales comolos DDHH y a la vez seguir defendiendo hasta con indignación al castrismo, al chavismo, e incluso a Putin. Mientras la “derecha” ha debido hacer un vía crucis que no termina nunca (ver hoy Macri) la izq. no abandona jamás el púlpito. Aunque esté parada sobre una montaña de cadáveres (Stallin, Mao, Fidel, Farc, etc.

  2. Marcos Novaro says

    Yo no diría “la izquierda” en general, por los mismos motivos que tampoco me gusta hablar de “la derecha”, pero más allá de esas sutilezas, el problema es tal como lo describís.

  3. Emilio Gaviria says

    No hay inocentes. Prima la falsa conciencia generalizada. “Derechas” e “izquierdas” coinciden en el poder, como dominio sobre los demás, dinero e impunidad. ¿Se relacionará con las religiones de un solo dios omnipotente y sus continuadoras las ideologías absolutistas?.