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¿Qué tan nociva fue la corrupción kircnerista?

No sólo la cantidad de dinero involucrado sino también las justificaciones y los usos de la corrupción varían de un país y gobierno a otros. Y conviene no subestimar las diferencias.

 

En algunos casos los políticos se corrompen para financiar su actividad, pero no para volverse millonarios, ni como requisito de la construcción del orden institucional y económico que promueven. Es el caso de muchos políticos brasileños, al igual que norteamericanos o españoles, para poner algunos ejemplos bien actuales, alentados por flojos sistemas de control y sistemas electorales que encarecen y personalizan las campañas electorales. En esas situaciones los actos de corrupción no dejan de ser reconocidos como conductas desviadas, y por tanto suelen ser más fáciles de combatir.

 

El caso del kirchnerismo es muy distinto y se parece más al venezolano o al ruso, en los que la corrupción tiene ante todo una finalidad moral y programática: construir un sistema centralizado y omnímodo de poder impenetrable para la competencia pluralista, del cual la acumulación de dinero es un complemento esencial, disciplinar a las elites económicas sometiéndolas a una sistemática dependencia a través de la asignación particularista de premios y castigos desde el poder político, y demostrarle al resto de la sociedad que ladrones somos todos, solo que algunos tienen mejores oportunidades de ejercer que otros, y el capitalismo de mercado, la transparencia y la independencia de la Justicia y los medios no son más que simulaciones y excusas mezquinas de quienes ya han robado bastante y pretenden cerrarle la puerta a nuevas camadas de aspirantes a ejercer el oficio.

 

En estos casos la corrupción no está adosada al programa de gobierno, es parte esencial del programa. Y viene por tanto acompañada de una justificación doctrinaria, por lo general populista, anticapitalista, a veces hasta cristiana de estas prácticas patrimonialistas, siempre antiliberales.

 

Por ello, aunque los detalles de la corrupción galopante de los últimos años en nuestro país esté escandalizando a la opinión pública no es tan de sorprender que los escándalos vengan acompañados de una gran batería de argumentos que todavía la disculpan, o directamente la justifican.

 

¿Es tan grave robarse algunos millones del estado si haciéndolo se hace posible sostener un gobierno que distribuye muchos más millones entre los pobres? Una respuesta negativa es el supuesto de mucho de lo que se dice en defensa no sólo de los funcionarios kirchneristas, también desde los sectores petistas más fanáticos en Brasil y de los populismos de otros países de la región, cuando se denuncia que a esos dirigentes supuestamente se los acusa de corrupción “no por lo que pueden haber hecho de malo sino por lo que hicieron de bueno por los más pobres”.

 

Más allá de las diferencias señaladas y de lo que se piense en cada caso conviene no evitar el debate que se propone con esos argumentos: ¿La corrupción de estos gobiernos fue un daño colateral finalmente aceptable, fue lo peor que hicieron, dentro de un balance que debe reconocer cosas buenas y malas, o es apenas la punta del iceberg de un patrón que signa toda la gestión y justifica calificarla como mal gobierno, un experimento dañino para la economía y las instituciones?

 

La cosa no se detiene allí porque una época signada por los costos sociales de las deformaciones del sistema financiero internacional, iniciada con la crisis mundial de 2008 y potenciada con escándalos más recientes como el de los Panama Papers, no ayuda precisamente a distinguir entre unos sistemas económicos transparentes y competitivos, es decir “sanos”, y otros patrimonialistas y corruptos.

 

Todo lo contrario, la época que vivimos da aliento a discursos descalificatorios genéricos sobre “los negocios” y “los ricos”. Como el que viene promoviendo Francisco desde la cúpula de la Iglesia, por ejemplo. En cuyos términos parece lógico relativizar que la corrupción de ciertos funcionarios sea para armar mucho escándalo, cuando vemos que todo el sistema capitalista, o al menos las finanzas internacionales, parecen dedicados a una desenfrenada acumulación de ganancias en cada vez menos manos y burlando todas las reglas posibles.

 

En implícita coincidencia con esa perspectiva bíblica del asunto, Marcelo Zlotogwiazda escribió hace unos días una columna en que compara los costos de la corrupción con los de las prácticas delictivas o semidelictivas de los grandes negocios, para concluir que estas son mucho más graves y dañinas, porque involucran más dinero.

 

Pero lo más curioso tal vez no sea lo que dice Zlotogwiazda, finalmente esperable de un periodista de izquierda que siempre se ha dedicado a investigar y denunciar las prácticas non sanctas del mundo de los negocios. Sino que ese argumento sea replicado abierta o solapadamente en infinidad de planteos de otros periodistas, políticos, intelectuales e incluso empresarios, que a su manera terminan abonando la idea del carácter inmoral de la acumulación capitalista in toto: si la parte del león de ella en todo el mundo no es más que un robo bien organizado y disimulado, que los defensores de ese sistema denuncien la corrupción de ciertos funcionarios, y encima lo hagan con especial entusiasmo cuando involucra a críticos de esa acumulación, sería no sólo una verdadera hipocresía sino un desfachatado intento por ocultar las verdaderas causas de los problemas contemporáneos, desde el subdesarrollo, a la injusticia y la exclusión.

 

Este clima de opinión tal vez ayude a entender por qué a los defensores del anterior modelo no les esté resultando tan difícil soportar el develamiento de la corrupción de sus dirigentes. Algunos directamente se niegan a ver lo evidente, dicen que es todo un invento. Pero lo más interesante es lo que sucede con los que no pueden o no quieren cerrar los ojos, pero establecen una suerte de transacción con lo que ven. Según la cual “lo malo” que puedan haber hecho algunos kirchneristas, como robar, lo hacen todos, y no desluce “lo bueno”, que sólo de ellos cabe esperar. Dicho brutalmente, la AUH pesa más que Hotesur. Por esta vía se pueden justificar hasta cuentas como esta: ¿cuánto pueden haber robado Lázaro, Cristóbal y los Kirchner, algunos miles de millones?, ¿no estaría más que compensado por los planes sociales que distribuyeron diez veces más recursos?

 

Es en estos términos que en torno de la corrupción se ha desatado en nuestros días una nueva batalla cultural sobre los significados de lo justo e injusto, lo que es una economía sana y una enferma, lo que distingue un sistema patrimonial de una sociedad pluralista, que es tan o más decisiva que la ardua tarea de reunir pruebas sobre las responsabilidades individuales para la suerte que vaya a tener el cambio de ciclo político en curso.

 

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 9/5/16

Posted in Política.


4 Responses

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  1. guido says

    Tal como Vd. lo plantea, acaso lo más dañino de todo esto haya sido la instalación de tan obtuso relativismo moral ¿Semejante degradación no se estaría manifestando a su vez en ese intento de “balance” o “transacción” que muchos dirigentes y politólogos proponen para sostener “la gobernabilidad”? ¿No es más problemático anteponer la corrupción a la supervivencia del orden político y social que a la “inmoralidad del capitalismo”? El dilema es claro y es evidentemente dificil dilucidar un modo de resolverlo, pero ¿qué clase de orden se garantizaría a futuro o cuán “estable” podría llegar a ser de existir semejante “transacción?

  2. Emilio Gaviria says

    ¿En nuestra sociedad decadente todos somos “ladrones” de mayor a menor nivel?.

  3. fernando says

    Se da el caso de la extrema izquierda, que iguala el “robo capitalista” con el robo populista perpetrado desde el Estado.

  4. Marcos Novaro says

    De acuerdo, y no es casual que el discurso católico populista colabore: si toda fortuna es fruto del robo no es anormal ni evitable afanar para progresar en la vida. El papa después puede hablar mucho de corrupción, pero lo más que dice sirve para justificarla.