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El peronismo presiona, y mejora la imagen de Macri

El peronismo no da tregua: se va recomponiendo, a pocos meses de perder el gobierno nacional, y pasó ya a la ofensiva con sus propios proyectos de ley. Aunque en Diputados tropezó por la tozudez del kirchnerismo residual y la inesperada solidez del bloque de Massa. Y lo más llamativo: le deja al gobierno márgenes acotados para actuar, pero ayuda a mejorar su imagen pública.

 

Héctor Recalde hizo un nuevo papelón, por la soberbia y tozudez que acompaña desde siempre a su sector: se enajenó el apoyo de Massa y se quedó sin quórum en la sesión que debía aprobar el proyecto antidespidos. Los otros que cargaron con la desgracia fueron Gioja, Bossio y Urtubey. Los primeros porque siguieron a Recalde, buscando acorralar y dispersar al massismo, y no lo consiguieron. Y el último porque quiso bloquear la sesión, igual que el tigrense, pero en su caso varios de los legisladores que supuestamente le responden lo ignoraron.

 

Así el peronismo dejó ver que sigue tan propenso al error de cálculo como en la última campaña electoral, cuyo resultado le sigue pesando, y pagó el precio de carecer de un liderazgo confiable. Por lo que tardará en completar su asedio sobre el gobierno. Lo que alcanzó para que éste respirara aliviado, tras haber cometido varios deslices innecesarios en el trato con los sindicalistas, y ofrecido una también innecesaria confirmación de que es “el gobierno de los empresarios” (salvo cuando y para lo que realmente los necesita).

 

Su alivio encima durará apenas unos días y en lo esencial obedece a un hecho que ha desmentido la principal tesis oficial: la de la polarización que propuso entre “lo viejo”, el kirchnerismo, y “lo nuevo”, sus políticas. El peronismo de Massa lo ayudó al quitarle quórum al resto de la oposición, pero es la refutación de esa tesis, y está decidido tanto como los demás a disputarle el control de la agenda parlamentaria y hacerle pagar caro cada paso que quiera dar.

 

Para ese peronismo Macri está hoy donde más le conviene, haciendo el trabajo sucio del ajuste, preparando el terreno para que ellos puedan volver en pocos añitos, a disfrutar otra etapa de auge y acumulación de desequilibrios.

 

Porque si hay algo que va quedando claro en todo este entuerto de los despidos es la máxima que rige el comportamiento de los peronistas, en particular de los que tienen  más futuro, y que difícilmente se van a salir ya del rol que se han asignado, por más que ocasionalmente algunos cooperen con el gobierno.

 

Ese rol no consiste en “poner palos en la rueda” todo el tiempo, como trata sí de hacer el kirchnerismo residual. Pues no pretenden obstruir al gobierno en sus esfuerzos por corregir los desequilibrios que todos reconocen, ni impedir que arregle con los holdouts, ni que aumente las tarifas, ni que reduzca el déficit fiscal. Sino en hacerle pagar el mayor costo político por acometer esas medidas, poniendo en claro que él es el ajustador insensible y ellos los representantes de los derechos y los beneficios para los humildes y la amplia mayoría de los argentinos.

 

Si hay un mérito indiscutible en la principal fuerza política del país es el esfuerzo constante por disputar el poder y preservar el mayor tiempo posible y por todos los medios a su alcance el que logra conquistar.

 

Es contra esa voluntad que ha chocado el gobierno de Macri. Y contra la astucia que la acompaña, abonada por décadas de ensayo y error con casi cualquier tipo de iniciativa y doctrina política o económica, de convencimiento y decepción según lo que demanden las circunstancias, de encuadramiento y cuando conviene dispersión.

 

Acorde a esa voluntad y esta astucia, en menos tiempo del que hasta el más malpensado preveía unos pocos meses atrás, los peronistas con poder real, los gobernadores, intendentes y sindicalistas, se están desembarazando de sus vínculos con el kirchnerismo y acomodando para presentarse como el partido del futuro. Para lo cual reinterpretan lo que fue en casi todos los casos un acompañamiento hasta el final acrítico de las políticas de Cristina, para lavarse las manos de sus saldos negativos y reivindicar para sí sólo sus reales o supuestos beneficios.

 

Sin disimulo pero también sin gran escándalo y, lo que es más llamativo aun, casi sin objeciones de parte del resto de las fuerzas políticas, hacen como si no tuvieran nada que ver con los rasgos negativos de la herencia, y eso los convirtiera en titulares exclusivos de los “derechos conquistados”, los “años buenos de crecimiento y auge del consumo y el empleo”, y por tanto también intérpretes privilegiados de las necesidades de la hora.

 

El extremo personalismo en el ejercicio de la conducción por parte del matrimonio Kirchner en todos esos años juega a favor de esta operación. Como los presidentes de la década ganada se esmeraron tanto en demostrar que todo lo que hacían era exclusivo producto de su inventiva y su voluntad, ahora no tienen gran problema aquellos partícipes necesarios en tantos desmanes para lavarse las manos de las cuentas a pagar acumuladas.

 

También ayuda, y es obvio que iba a ser así, la necesidad que tienen las nuevas autoridades de conseguir la colaboración de ese peronismo de siempre para poner más o menos rápido las cosas en orden. Ellas saben que si recorrieran el espinel de esta dirigencia asignando responsabilidades la salida del atolladero en que nos metieron se demoraría, o se volvería del todo imposible.

 

La justicia y los medios, además, hacen su aporte. Al enfocarse en causas que involucran a la ex familia gobernante producen el doble efecto de alentar al resto de los peronistas a tomar rápida distancia de ella y abroquelarse en la oposición y en la defensa de sus bases de poder para que no se vaya también contra ellos. Los sindicalistas lo plantearon hace unos días con su habitual sinceridad: no piensan ni hablar siquiera de los problemas judiciales de Cristina, pero si Macri quiere colaboración de su parte debería frenar a Carrió y sus ataques a la “mafia sindical”.

 

Así, para bien o para mal, tal como sucedió después de 1983, y de nuevo a partir de 1999, pero con aún mayor velocidad que entonces (esperemos que también con más moderación) los nuevos viejos peronistas hablan en nombre de los derechos, no de los costos, se muestran preocupados por los problemas de empleo e indignados por la suba de tarifas, no por las razones que están detrás de esas malas noticias, e ignoran casi todo lo que dijeran e hicieran durante años sobre estos u otros asuntos.

 

Sería tan grave subestimar el desafío que plantea esta oposición como el de sobreestimarlo. Por lo que convendría a las ya no tan nuevas autoridades en ejercicio tomar con pinzas el rol que ella se ha autoasignado. Pues otra peculiaridad de la actual situación es que como nunca antes la opinión pública percibe ajustadamente tanto la naturaleza de los problemas que se enfrentan como las responsabilidades que tocan a cada cual en su gestación. De otro modo sería difícil entender la amplia tolerancia a las malas noticias que está demostrando la sociedad en general, y también el hecho de que después de haber caído unos cuantos puntos entre marzo y abril, la imagen del presidente y del gobierno se está recuperando, justo cuando la oposición pasa a la ofensiva y los problemas, sobre todo en el caso de la inflación y el consumo, tienden a agravarse.

 

En este marco chocar con el peronismo no deja de ser una opción tentadora para el oficialismo. Fue probablemente este el motivo que lo llevó a anunciar el veto a la ley antidespidos: gesto que importará menos como señal económica, dado que de todos modos la ley tendría poco efecto para desalentar inversiones, que como acto político, mostrar que el Ejecutivo no se va a dejar arrastrar detrás de la agenda de la oposición. Aunque sólo en la medida en que eso no implique demorar el fin del ajuste. La disputa se dirimirá finalmente en torno a una cuestión de tiempo: ¿cuánto van a tardar en llegar las buenas noticias? Porque, aunque se gane crédito hoy en la pelea, lo que realmente importa es qué estará pensando la sociedad cuando tenga que volver a votar, el año que viene.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 15/5/16

Posted in Política.