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Según Cristina a López lo corrompieron los Macri de este mundo

El caso del ex secretario José López, ¿prueba que los promotores de la corrupción son los empresarios o los peronistas? ¿Qué actitud es más productiva, la justificación de Brienza o la “indignación” de Kicillof?

El kirchnerismo no sólo practicó la corrupción en forma sistemática y en todas sus variantes imaginables, para financiar la política, para enriquecerse personalmente, para corromper a posibles adversarios, etc., sino que fue también sistemático en la negación y el ocultamiento de cualquier prueba al respecto, persiguiendo a periodistas y jueces independientes, protegiendo a funcionarios expuestos y destruyendo evidencias. Por todo esto y no sólo por lo torpe y patético del recorrido final del zar de la obra pública es que la luz del día los está consumiendo.

Por eso también es que no tienen la escapatoria de mostrarse ahora indignados: quienes lo intentan, como hicieron los diputados del FPV la semana pasada, quedan inevitablemente en ridículo.

El negacionismo, algo tarde, se cobra la cuenta: si hubieran prestado alguna atención a la infinidad de denuncias acumuladas estos años contra sus funcionarios, si alguna vez hubieran aceptado que podía haber algún corrupto entre ellos y se hubieran ocupado mínimamente de investigar, controlarse a sí mismos y a sus compinches, en suma poner un límite, entonces ahora podrían decir que se escandalizan y entristecen y enojan ante el escándalo de José López.

Pero no lo hicieron, vivieron alegremente en la impunidad, con la idea de que nunca iban a tener que rendir cuentas. El caso de Kicillof es bien ilustrativo al respecto. Puede que él y sus inmediatos colaboradores no hayan robado, aunque aun deben aclarar algunos arreglos con financieras sospechosas. Pero más allá de eso lo que no pueden ocultar es que colaboraron con un gobierno que se dedicó a robar y ocultar el robo sistemáticamente, volviéndose sus cómplices. Debieron haber sabido que cometían fraude al Estado cada vez que incumplían su obligación de denunciar lo que pasaba a su alrededor. Ahora es tarde para decir que no sabían.

¿Tendrán los intelectuales, artistas y otros compañeros de ruta más periféricos del kirchnerismo más suerte al recurrir a ese subterfugio, se les creerá que “no sabían” y que sus nobles corazones se han ofendido?

Uno de los aspectos más llamativos del escándalo López fue la velocidad y la cantidad de las manifestaciones de sorpresa que disparó en esos círculos. Como si todos se hubieran coordinado para abandonar la solidaridad con que reaccionaban incluso ante episodios como los de la Rosadita, y dijeran de pronto “esto no me lo esperaba”.

¿No era acaso recontra esperable algo así? ¿No había sido ya suficientemente grave constatar que la familia Báez jugaba al Monopoly en el sur con plata del estado? ¿Cómo sorprenderse si lo único asombroso es que el juez Rafecas haya dejado dormir las investigaciones sobre el cráneo de la obra pública K desde 2008 hasta hoy sin tomar ninguna medida procesal ni ser obligado a abandonar el caso?

Por momentos los kirchneristas hacen acordar a esos argentinos bien educados e informados que a finales de la dictadura “descubrían” que había habido represión ilegal. ¡Pero si había indicios de sobra para saberlo desde mucho antes! ¿No se estaban haciendo los otarios, tratando de simular un engaño y desengaño que los disculpara por haber sido pasivos testigos, o incluso en muchos casos más o menos entusiastas adherentes, a un sistema de poder contaminado de ilegalidad de arriba abajo? La principal diferencia entre las dos situaciones es que la sorpresa y el desengaño en este caso sólo son simulados por una pequeña minoría de fanáticos, que no pueden decir que actuaron por miedo pues recibieron sustanciosos incentivos para mirar hacia otro lado.

No conviene cebarse con esta gente, de todos modos, porque hay quienes tendrán seguro más suerte en sus esfuerzos por mostrarse desengañados, y además han sido más que compañeros de ruta, partícipes necesarios. Son los peronistas de siempre, mucho más entrenados en esto de reciclarse y negar lealtades, y a quienes en general la sociedad nunca reclama que digan la verdad, por lo que no se va a ofender demasiado porque una vez más la cameleen.

Ellos también están convulsionados por el escándalo. Por razones que explicó bien Héctor Recalde: trataban mucho más directa y cotidianamente con López que los kirchneristas de corazón, o al menos que los miembros de la bancada del FPV que él conduce. Ahí fueron Closs y sus diputados, seguidos por Alperovich, coprovinciano y estrecho aliado del ex secretario detenido, quien antes de que cantara el gallo ya se cansó de negar esa amistad y de echarle toda la culpa a Cristina, y seguramente los seguirán otros, hasta que se cuenten con los dedos de la mano los que le atiendan el teléfono al pobre Recalde. Y es comprensible, porque el kirchnerismo ya estaba muerto, pero el peronismo le tenía preparado un entierro familiar y silencioso que se acaba de frustrar. Ahora que el cadáver quedó expuesto, y apesta y espanta, van a tener que cambiar apresurdamente de programa. Mala suerte para los Rafecas y los De Vido, buena para los Bonadío y los Massa.

Frente a tanto papelón y bancarrota moral e intelectual es hasta destacable el esfuerzo de algunos kirchneristas por formular una más sincera autodefensa. Entre otras cosas porque se atreven a plantear abiertamente lo que siempre ha sido su verdadero sustento moral e intelectual, pero no reconocían en público. Ofreciendo así un tal vez postrero servicio a la república: nos muestran sin disimulo cuál es el sentido común básico del enano corrupto que los argentinos llevamos dentro.

Vamos a los argumentos. El más trajinado, y al que recurrió la propia Cristina, es que el problema de la corrupción no nace de la política si no del capitalismo; son los empresarios los que corrompen a los políticos: tientan a los funcionarios, que traicionan así sus ideales. La contraposición de siempre: política de convicciones, fe y pasión, contra mundo de los negocios egoísta y calculador. En suma, el problema de los K habría sido que no insuflaron en López la convicción suficiente para que no se dejara tentar por los Macri de este mundo, los malos.

El argumento ignora por completo que los países del mundo más transparentes son capitalistas, pequeño detalle. Y que son esas creencias anticapitalistas que el kirchnerismo promovió la principal justificación de los actos de corrupción: la pretensión de que la autoridad política determine la suerte en los negocios, destruyendo el valor del esfuerzo, la competencia y los mercados. Por eso la corrupción no fue sólo un instrumento para los Kirchner, no fue apenas un complemento necesario para “hacer política”, ni tan siquiera una vía para enriquecerse personalmente. Fue esencial al “proyecto”, al “modelo de país”: el patrimonialismo centralizado en el que tanto ricos como pobres dependerían por completo de la buena voluntad presidencial.

Por eso para quienes realmente aman el “proyecto k” y están dispuestos todavía hoy a defenderlo la corrupción no pudo ser una traición, ni tampoco un instrumento prescindible. Fue, como enseñó el espeluznante Hernán Brienza, su realidad moral úlltima, su forma de entender la democracia, porque a través y gracias a ella el kirchnerismo se propuso concretar la redistribución, haciendo efectivo el ideal de que la política domine la economía.

¿Cómo no considerar hipócrita y regresiva desde esta perspectiva la pretensión de un gobierno formado por managers de llevar transparencia a la función pública, si sólo quieren que los ricos escondan la fuente de su fortuna y evitar que nuevas camadas de políticos emprendedores, con sus séquitos respectivos detrás, hagan su pequeño agosto?

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 21/6/16

Posted in Política.


One Response

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  1. andrea says

    Apoyó a Menem y años despues a Cristina. Y se decía la alternativa nacional, popular y revolucionaria. Amén