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Si se hacen todos renovadores, ¿tendrá sentido la renovación?

En los años ochenta tardó más de dos años en producirse la masiva voltereta que hoy vimos fue cuestión de semanas. Y es que entonces tenía más crédito llamarse ortodoxo de lo que en nuestros días tiene vestir el sayo de kirchnerista.

Claro que entonces todavía tenía algún sentido la noción de lealtad, todavía estaba viva la memoria de un peronismo histórico cuya densa tradición política y cultural era más importante preservar que la acumulación de cargos y la distribución de recursos públicos. ¡Si hasta Isabel reunía más gente en sus regresos esporádicos a Buenos Aires de los que hoy junta Cristina en sus reuniones del Instituto Patria!

Por eso hizo falta que Antonio Cafiero se animara a romper la unidad en 1985 y derrotara en las legislativas de ese año a las listas bonaerenses oficialistas de Herminio Iglesias y la patota sindical de Lorenzo Miguel y Diego Ibáñez para que la ola de la renovación se extendiera, los ortodoxos se pasaran de bando y el cambio de manos de la conducción del PJ fuera posible.

Ahora en cambio bastó con que estallaran un par de casos más de corrupción y se presentara la excusa de un hasta aquí olvidado aniversario. Que, convengamos, no tiene ni tendrá jamás el glamour de una gran movilización de masas, ni siquiera el de una victoria presidencial. Pero hace soñar a los nuevos renovadores con que el año que viene otras legislativas les permitan relegitimarse.

¿Era “mejor” aquel peronismo leal de principios de los años ochenta que el masivamente inconsecuente y olvidadizo de la actualidad? Ciertamente no: era más renuente que este a la alternancia, aun más antiliberal y antirrepublicano, propenso a resolver cualquier disenso con la patota (algo que la primera renovación no resolvió del todo: el propio José Luis Manzano, ladero de Cafiero por entonces, solía describir a su propio sector como “careta intelectual de la patota”, de otra patota) y convencido de que nada de lo que sucedía en el mundo debía moverlo de sus veinte verdades y su primitivismo económico y cultural. Resultará seguramente un beneficio para todos por lo tanto que no sean muchos ya los que quieran quedarse ni en el ’45, ni en el ’83, ni tampoco en el ya lejano 2015.

¿Va a ser entonces como en la primera renovación, que el precio que nos hará pagar el peronismo por verlo progresar y dejarnos llevar de su mano será que no se le cobre la cuenta por todo el atraso y los fracasos hasta entonces por él prohijados y se le tolere ser bastante menos renovado de lo que nos vende? Tal vez las perspectivas no sean tan malas.

Hoy están eufóricos, creen ya tener medido al macrismo y haber procesado todo el cambio que necesitarán inocularse para seguir adelante. Están convencidos además de que el intervalo entre un gobierno peronista y otro esta vez no será tan corto como con la Alianza, pero tampoco tan largo como con Alfonsín. Diego Bossio lo dijo, después del acto de homenaje a Cafiero, con todas las letras: “estoy seguro de que en 2019 va a volver a gobernar un peronista”.

Tienen para alimentar este optimismo un líder ya instalado, y por si no llegara a funcionar, varios alternativos en gateras. Massa hace punta en las encuestas y de la mano de Stolbizer (que reedita la función que supieron cumplir décadas atrás figuras como Carlos Auyero y Oscar Alende) sigue ampliando la “vía del medio” que viene a ser, frente a Macri, el equivalente de lo que fue la socialdemocracia de Cafiero frente a la socialdemocracia de Alfonsín: ni el estatismo de los Kirchner ni el libre mercado de Menem, la nueva renovación nos ofrece un peronismo de centro, lo que parece razonable en un país que quiere por sobre todas las cosas moderación.

Todo eso suena muy vendedor. Pero está por verse si el proceso político se acomoda tan fácilmente a estos planes. Primero, porque Cristina todavía puede hacerles mucho daño. A diferencia de Isabel ella sí quiere seguir siendo parte del juego. Y si llegara a presentar listas en Buenos Aires y algún otro distrito importante el año próximo tal vez sume suficientes votos peronistas como para complicarle la vida a los alegres renovadores y aliviársela al oficialismo.

Y segundo porque es probable que Macri tenga más suerte económica que Alfonsín, y pasados estos meses de recesión y disgustos, sea por mérito propio o por una recuperación de Brasil o por una combinación de estos y otros factores, los malhumores actuales queden atrás y asociados aun más nítidamente que hoy a la herencia K, que también es, recordemos, herencia peronista.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 11/9/16

Posted in Política.


2 Responses

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  1. JJN says

    Hasta el Concilio de Nicea, en el año 325, las iglesias cristianas eran incendiadas, quienes profesaran la religión cristiana eran perseguidos y su patrimonio era confiscado. Durante el gobierno del emperador Diocleciano (245-316) se intensificó esa persecución. Diocleciano quería revivir los viejos cultos paganos y que éstos se convirtieran en la religión del imperio.
    El 27 de febrero de 380, el emperador romano de Oriente Teodosio (347-395) firmó, en presencia del emperador romano de Occidente Valentiniano (371-392) y su co-gobernante medio hermano Graciano (359-383) un decreto con el que declaró al cristianismo religión del Estado y estipuló un castigo a quienes practicaran cultos paganos. Sólo quienes obedecieran ese decreto podian ser llamados cristianos católicos. A los restantes los declaraba dementes y locos.
    En síntesis, bienvenido Gildo! Saludos, Marcos.

  2. Emilio Gaviria says

    Una pregunta directa para Marcos Novaro.¿ En las elecciones de 2015 los votos de los adultos mayores dieron el triunfo a Cambiemos?