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Para el gobierno es mejor el paro que el bono

Macri y su administración enfrentan el típico dilema de los moderados: prefieren casi siempre un mal arreglo a una buena pelea, pero si aflojan frente a quienes más aprietan terminarán estimulando a todos a apretarlos más y más.

Este problema de los moderados se agrava cuando no logran resolver este dilema y terminan dejando insatisfecho a todo el mundo, la polarización se alimenta de sus potenciales respaldos y el centro político se vacía: unos se alejan porque no se atienden suficientemente sus demandas y expectativas; otros porque las respuestas que reciben no las atribuyen a la sensibilidad ni comprensión de los moderados si no al hecho de haberlos sometido a asedio.

Encima en el gobierno de Macri deben lidiar con este problema en varios terrenos y frentes al mismo tiempo. De modo que sus dificultades políticas y económicas se realimentan entre sí.

En términos económicos ello obedece a la necesidad, más que las preferencias, aunque estas también actúan en ese mismo sentido, por seguir una vía media entre el ajuste para normalizar los desequilibrios heredados y la minimización de los costos sociales asociados.

Frente a la olla a presión recibida de manos de su precedesora Macri no tenía mucha otra opción. Aunque una sí existía y es importante señalarla: hacer más rápido los recortes de subsidios, como para que la recesión tocara fondo lo antes posible y tener más margen entonces para que la recuperación empezara también antes, a tiempo para que la crisis fuera toda de Cristina y la recuperación del crecimiento pudiera ser toda mérito de su sucesor.

Si Macri no lo hizo fue por temor al riesgo, y la convicción tal vez excesivamente optimista de que sindicatos y empresarios iban a premiar la moderación. Estos invirtiendo y aquellos moderando sus demandas salariales y protestas. Los primeros ya lo defraudaron y ahora van camino a hacerlo, aunque con más demora, los segundos. Pero convengamos en que no se puede saber si no lo hubieran hecho también, y de forma más rápida y virulenta, en caso de haber seguido el gobierno un curso más drástico.

En términos políticos la moderación oficial obedece ante todo a la carencia de una mayoría oficialista tanto en el Congreso como en el territorio. Y lo enfrenta al dilema de fortalecer a las opciones opositoras que más votos le pueden disputar en el corto plazo.

El oficialismo necesita aliados opositores para asegurar la gobernabilidad. Pero para conseguirlos debe reconocerles una parte del mérito de las soluciones que promueve, y por tanto disculparlos de su participación en la gestación de los problemas heredados. Y relativizar entonces el argumento político que más necesita esgrimir de cara al electorado: que este sigue estando obligado a elegir entre el pasado kirchnerista y el futuro macrista.

Política y economía, decíamos, se realimentan. Y así es que los problemas de gobernabilidad suponen al mismo tiempo un dilema para la gestión económica: si el gobierno cede mucho en el terreno del gasto público y la lucha contra la inflación lo que gane manteniendo en la mesa de negociaciones a actores potencialmente más opositores lo puede perder por el lado de la desconfianza de los actores económicos respecto a su capacidad de cumplir sus promesas de estabilización, esenciales para estimular a los empresarios a invertir, y también para moderar futuras presiones salariales.

Frente a la amenaza de paro lanzada ya meses atrás por los sindicatos el gobierno viene batallando duramente contra estos dilemas. Ha ofrecido un bono de fin de año, que sabe que puede disparar las expectativas inflacionarias, justo cuando más importante es controlarlas, de cara a dar credibilidad a su presupuesto para 2017 y su promesa de que el ajuste ya quedó atrás y se viene una etapa en que se armonizarán crecimiento y estabilidad. Así, a la amenaza a la gobernabilidad política y económica que supone siempre un paro nacional, más todavía en el caso de un gobierno no peronista en minoría, se le contrapone la perspectiva de cederle al sindicalismo peronista, y por tanto indirectamente al peronismo en general, el mérito de la sensibilidad hacia los costos sociales del ajuste. ¿Debe elegir entre uno de estos males, con riesgo encima de sufrir ambos a la vez al quedarse a medio camino en ambos terrenos, el de la eficacia económica y el de la sensibilidad social?

Los sindicatos entienden bien el problema, y por eso es que lanzaron el paro bien rápido, pero se demoran en concretarlo. Esperan someter todo el tiempo posible al gobierno a estos dilemas y sacarle todos los recursos que sea posible. Podrían sumar así el máximo de concesiones y el máximo de prestigio social.

Pero parece que también el vértice oficial ha entendido bien el juego y ha puesto un límite a lo que está dispuesto a ceder, y un límite temporal también a las negociaciones. Dilatar el momento del paro pudo ser necesario para él en medio de la discusión sobre las tarifas. Pero ahora le resulta bastante indiferente y hasta conveniente apurar el mal trago. Del otro lado, si va a compensar ingresos perdidos parece entender que le conviene hacerlo no bajo presión, sino con miras a cultivar su propias credenciales de sensibilidad social.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 10/10/16

Posted in Política.


One Response

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  1. JJN says

    Es probable que el Ejecutivo actual otorgue una compensación extra (que no divulgara en los medios) como hacía el gobierno anterior. Por el lado de los CCT siempre hay un resquicio por donde disminuir la pérdida del poder adquisitivo producto de las paritarias a la baja. Quién se va a oponer publicamente, si hoy día hasta los fundamentalistas de la libertad de comercio aceptan las dificultades y riesgos del modelo actual.