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Venezuela, una tragedia en cámara lenta

El Papa acaba de hacer un nuevo e infructuoso intento de moderar a la cúpula chavista. Lo había intentado ya en 2013, en un recordado encuentro en que prodigó sonrisas varias a Nicolás Maduro. Y lo volvió a hacer la semana pasada, aunque esta vez se cuidó de difundir las fotos del encuentro con el hijo de Chávez. Seguramente una señal de prudencia después de aquella frustración cuando apenas había llegado al trono de Pedro. Por más infalible que sea en la interpretación de las Escrituras, debe haber comprendido ya que una cosa es entender a Dios, y otra mucho más difícil entender y peor todavía hacerse entender por los líderes venezolanos.

El problema no es sólo lo poco que puede hacer el Papa. Es también lo aun menos que están dispuesto a esforzarse los otros actores políticos globales y regionales. Estados Unidos, después del papelón en que incurrió por haber avalado el intento de golpe de 2002, tomó una decisión que contradice toda las diatribas chavistas contra el Imperio: “hands off”, no involucrarse ni a favor ni en contra en nada de lo que suceda en el país caribeño; a menos que afecte muy directamente los intereses norteamericanos, como por ejemplo ha sucedido cuando algunos generales chavistas y sus familias aparecieron involucrados en redes del narco. Cada tanto funcionarios de segunda línea de EEUU han opinado sobre la violación de derechos humanos, la crisis humanitaria, la amenaza para la estabilidad de la región que representa el polvorín en que se ha convertido Venezuela; pero como observadores distantes que no se sienten obligados a tomar parte en el drama que describen, ni se interesan mucho en que los organismos internacionales lo hagan.

Brasil tuvo durante los gobiernos del PT una postura aun más comprometedora: dejó pasar todos los atropellos chavistas sin abrir la boca, siempre y cuando al régimen no se le ocurriera meter mano en los negocios de empresas brasileñas.

Ahora que Dilma ya no está y que Argentina también cambió de postura, Brasilia aceptó poner en suspenso la participación venezolana en el Mercosur, pero no van a pasar de ello y se toman su tiempo incluso para poner en marcha la aplicación de la carta democrática.

En parte esto obedece, más allá de la mezquindad propia de la política internacional, y la facilidad con que los gobiernos y demás actores se lavan las manos de los problemas con declaraciones de buenas intenciones que saben estériles, al hecho de que el cuadro político venezolano hace tiempo que está trabado, y es muy difícil saber qué curso de acción podría facilitar la salida más rápida y sobre todo más incruenta.

La oposición ganó posiciones gracias al triunfo arrollador conseguido en las últimas elecciones legislativas, y sostiene un cerco de movilizaciones multitudinarias alrededor de la posibilidad de aplicar el referéndum revocatorio, con lo que logra expresar el estado de ánimo ampliamente mayoritario a favor de un cambio. Pero no logró algo fundamental para que ese asedio diera frutos, dividir al chavismo y negociar una salida con los sectores moderados o simplemente oportunistas que prefieran escapar a la perspectiva cierta de un derrumbe caótico e inapelable.
Y esto fue hasta aquí imposible para los opositores en esencia porque los líderes chavistas han logrado dos cosas importantes: primero, mantener unidos en su respaldo al ejército y a las demás fuerzas armadas y de seguridad, y segundo, sostener la expectativa, minoritaria pero decisiva para la base chavista más disciplinada y esencial para controlar el estado y disputar el control de la calle, en cuanto a que si el régimen aguanta tarde o temprano va a haber un repunte económico, y por más modesto que sea va a alcanzar para que una parte importante de los que hoy quieren cambio prefieran evitar el caos que habría que atravesar para conseguirlo, y se conformen entonces con lo poco que pueda ofrecer la continuidad chavista.

Esa es la lógica última que gobierna el drama venezolano: para que se destrabe solo haría falta un milagro, y como los actores apuestan a que el tiempo haga su trabajo, las cosas siguen empeorando día tras día, sin que nadie pueda evitarlo.

Tampoco una eventual radicalización de las movilizaciones de protesta asegura una solución. El régimen ha demostrado no tener problemas en matar gente en las calles. Los opositores en algún momento pensaron que el ejército se dividiría si esos muertos se multiplicaban. Pero eso no sucedió y tal vez no suceda tampoco si en vez de en decenas los cadáveres se cuentan en centenas. Los militares pueden pensar que solo mantenerse unidos puede evitarles el escarnio de que esas muertes pasen de ser “justificadas por la defensa de la patria y la revolución” a considerarse simples asesinatos represivos.

Aunque la visión opuesta, la que defienden los más moderados en el campo opositor, tampoco puede decirse que tenga las cosas resueltas. Ella apuesta por sostener el esfuerzo de movilización, pero poner las fichas a las elecciones presidenciales de 2018. Dando demasiado rápido por descontado que el régimen aceptaría una derrota en ellas tan fácil como lo hizo en las legislativas. Es muy difícil que algo así vaya a suceder. Ojalá algo de esto le haya dicho el Papa a Maduro la semana pasada.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 29/10/16

Posted in Política.


One Response

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  1. JJN says

    Como siempre, un escrito claro y concreto, comprensibles para casi todos. En cambio, los análisis internacionales de Puriceli me resultan un jeroglífico a pesar de los esfuerzos. Saludos.