Skip to content


Milagro Sala y Delcy Rodríguez: pequeñas venezuelas y reducciones jesuíticas

Mujeres maltratadas y perseguidas por hombres blancos y ricos, escenas que parecen confirmar que la república y el pluralismo son excusas de una salvaje derecha neoliberal que oprime a “los pueblos”, pura manipulación contra los pobres y marginados.

Un par de imágenes como estas que circularon esta semana podrían alcanzar para pintar un diciembre negro. Aunque con suerte quedarán solo en eso, pequeñas venezuelas que se resisten a desaparecer, si no logran que las acompañe ninguna otra más masiva, efectivamente negra y de lamentar.

Milagro Sala pidiendo perdón al salvaje gobernador Morales por ser negra y colla, Delcy Rodríguez con el brazo en cabestrillo jurando haber sido golpeada por una diplomacia también salvaje, convertida en su opuesto, un grupo de choque de las oligarquías regionales contra la “heroica resistencia chavista”. Dos buenos ejemplos de la imagen que nos ofrece la Venezuela ideal frente a nuestras pobres democracias realmente existentes, el ideal de los derechos humanos contra la exclusión en una región que sigue siendo tan desigual y conflictiva como diez o quince años atrás.

Claro que las venezuelas reales tienen poco y nada que ver con esa Venezuela ideal. Mientras Delcy se tiraba encima de los policías argentinos para entrar a una reunión a la que su gobierno perdió derecho de asistir, en su país miles de personas saqueaban comercios y se mataban por un billete que valiera algo más que diez centavos de dólar. Casi al mismo tiempo que Sala denunciaba la persecución de todo el malvado sistema de poder jujeño y nacional en su contra, mientras decenas de testigos más auténticamente humildes que ella, que nunca fueron al casino de Punta del Este ni se pasearon en autos importados por las estrechas calles de San Salvador de Jujuy, la denunciaban por golpes, robos, amenazas y todo tipo de atropellos mafiosos.

Pero la Venezuela ideal no va a desaparecer por más que proliferen esas contradicciones entre sus promesas y la realidad que quince años de dominio populista han dejado. Ese sueño se alimenta de otras fuentes, no tiene nada que ver con los datos históricos ni con las pruebas judiciales ni con los testimonios de las víctimas.

Es el sueño de crear una comunidad cerrada a cualquier desacuerdo y desigualdad. Si a algo se parece esa ilusión, que vive todavía en la cabeza de los chavistas tanto como en el ánimo de los kirchneristas que se desgañitan por la libertad de “Milagro”, es a las reducciones jesuíticas del siglo XVII y su promesa de restablecer una comunidad de ensueño perdida hacia siglos, culpa de los blancos y la historia.

Igual que en esas reducciones, los jefes de la comunidad Tupac Amaru y de la sociedad chavista distribuyen todos los bienes, organizan todo el trabajo, y castigan cualquier desviación o disidencia individual. Ofrecen un mundo feliz, en suma, impermeable a cualquier intromisión de leyes o gobernantes de fuera.

Juan Grabois, líder de la CTEP muy cercano al Papa Francisco, lo dijo hace pocas semanas en Página 12 con toda claridad: los que quieren juzgar a Sala están tratando no sólo de matarla a ella sino de matar un sueño que une a los pueblos originarios con la iglesia de los pobres y la izquierda populista radicalizada. David Choquehuanca, el canciller boliviano y conocido ideólogo de esta doctrina, viene teorizando hace años sobre el asunto: para él la promesa de progreso para todos en una sociedad liberal abierta y pluralista ha tenido ya suficientes oportunidades de concretarse en la región y ha fracasado, tras cinco siglos de dominio de la cultura colonial y sus prolongaciones, nos dice, es hora de volver para atrás y ensayar con la cultura indígena que se ha resistido a desaparecer y nos ofrece la única alternativa real y efectiva al desigual mundo moderno. Ellos también quieren el cambio, pero no uno que mira para adelante sino para atrás. De vuelta, ir de cabeza hacia las reducciones jesuíticas.

No hay que desmerecer la relevancia ni la complejidad de este choque de culturas. Por más que hoy parezca que la opinión pública, tanto en Venezuela como en Argentina y otros países de la región prefiere la sociedad liberal y pluralista, y condena los abusos de la comunidad jesuítica y de las pequeñas y grandes venezuelas que ese ideal alimenta, no conviene como hizo Macri esta semana basar toda las ventajas de esa opción en este estado de la opinión, sobre todo porque hay que tener en cuenta que esa mayoría va a sobrevivir sólo si logra resultados inclusivos. Si no, las pequeñas venezuelas que llevamos dentro muy probablemente vuelvan a ganar la popularidad de momento perdida.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 18/12/16

Posted in Política.


3 Responses

Stay in touch with the conversation, subscribe to the RSS feed for comments on this post.

  1. JJN says

    Ante todo mi solidaridad ante los agravios (periodista mala leche, odio eclesiástico, etc) recibidos en los comentarios del periódico de ayer. Entiendo, por su paupérrimo nivel que merecen carecer de toda validez.
    Con relación a la opinión, lo único que puedo criticar es que insiste en vincular los males de nuestra realidad con el populismo, cuando muchas desidias de gran parte de nuestra sociedad le preceden. Vos sabes bien que en la APN hay agentes que laboralmente poco aportaron a los gobiernos dictatoriales y/o democráticos. Y ni que hablar de la patria contratista y/o financiera (Patria: Que es eso?) Saludos.

  2. Emilio Gaviria says

    Organización armada en área indígena fronteriza de cultura compartida, exaltación del racismo ancestral, hoy de doble vía, de abajo hacia arriba, más la centenaria representada por los ingenios, con odios, tráfico de cocaína y otros, encontrándose el mercado de bienes comunes en manos bolivianas. Riesgo potencial para el país.

  3. Tomy Moro says

    Presumo que el Noroeste argentino no tuvo nunca grandes gobernantes, lo cual facilito la aparición de estos grupos, a decir de muchos, muy autoritarios y totalitarios.