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Un año papal entre crisis políticas y desigualdades crecientes

Este ha sido un año eminentemente político para el Papa argentino, cuyo proyecto pastoral, como se ha destacado ya muchas veces, tiene de por sí ese rasgo bien en el centro de su método y objetivo: que la Iglesia de Roma vuelva a ejercer una influencia orientadora en la política global.

Que tenga esa meta no lo desmerece en lo más mínimo, conviene aclarar: primero, porque Francisco lidera una institución muy dividida que necesita recentrarse urgentemente; segundo, porque el Papa persigue su objetivo con instrumentos perfectamente legítimos, como la mediación en conflictos y la interpretación argumentada de los tiempos que corren; tercero, porque disputa a estados y otros actores dominantes un rol que la Iglesia católica en sus orígenes ejerció, aunque fue perdiendo por el avance del laicismo, y otras iglesias siguen ejerciendo o incluso han fortalecido, así que tampoco puede decirse que sea una pretensión reaccionaria o reñida con la época.

De hecho el debate respecto a si Occidente debe seguir volviéndose más y más laico o debería recristianizarse ya estaba planteado, en su mismo centro, en Estados Unidos y Europa, antes de que llegara Francisco. En ese sentido, aunque no en otros, no sería tan contradictorio su proyecto con el triunfo de Trump: ambos podrían leerse en la misma clave de rechazo a la tolerancia de las diferencias en nuestras sociedades, o al menos a que ella exija una neutralidad agnóstica y liberal sobre los “verdaderos valores”.

Por último, porque el proyecto de Francisco se ha ido haciendo fuerte en un tema que es evidentemente cardinal entre los problemas modernos, la creciente desigualdad. Que afecta tanto al mundo periférico, donde los estados fallan y quedan pocas más esperanzas que la religión para millones de desamparados, como también a las viejas economías capitalistas, las más occidentales y cristianas hoy sometidas a crecientes tensiones sociales y políticas internas.

Cabe preguntarse de todos modos si el éxito ha acompañado a Francisco todo lo que podía esperarse en este contexto. Y lo cierto es que en su esfuerzo por romper el molde de los roles que venían restringiendo cada vez más a su Iglesia a actuar como ONG moralista internacional, él ha cosechado tantos logros como fracasos.

En el frente interno parece haberlo hecho muy bien, al empujar a sus adversarios a cumplir el rol de conservadores encerrados en la defensa de un poder corporativo rutinario y estéril. Sino en el aun peor papel de protectores de conductas imperdonables. Lo que le ha permitido promover a una gran cantidad de obispos y cardenales afines en la jerarquía. Y acallar así las voces que podrían cuestionarlo por otros motivos, sus excesos populistas, antiliberales y anticapitalistas y cosas por el estilo.

En el mundo en cambio las cosas no se acomodaron tan fácilmente a sus deseos. Venía del éxito de su mediación en Cuba, que debió agradecer al decidido protagonismo de Obama; pero en Colombia sólo pudo contribuir secundariamente al proceso de paz, después de un trastazo inicial inesperado; mientras que en Venezuela fracasó redondamente, y corre incluso el riesgo de quedar ahora más salpicado por su tragedia sin fondo. Lo que dejaría en evidencia no sólo un error de apreciación sobre la naturaleza del chavismo y su deriva, sino algo bastante peor: una cierta inconsistencia de su enfoque sobre los problemas que enfrenta el mundo contemporáneo respecto a un progreso indiscutible de los últimos dos o tres siglos de política occidental, que la Iglesia y los católicos por más acorralados que se sientan por el laicismo no pueden dejar de compartir: la defensa de la democracia liberal y pluralista y la renuncia a reemplazarla por comunidades orgánicas uniformes.

Durante 2016 Francisco también dio pasos importantes para promover su discurso crítico sobre la pobreza y la desigualdad. Pero no consiguió en cambio que los países ricos le respondieran siquiera sus planteos sobre los inmigrantes, problema que tiene un impacto electoral mucho más complicado, como se ha visto ya en varios de esos países, e involucra decisiones de gobierno más concretas e inmediatas. Y esto no sólo por el egoísmo de esos electores y gobernantes, sino porque el argumento papal tendió a enfocar exclusivamente el problema en términos de la ausencia de solidaridad y la supuesta culpa de los ricos en que existan los pobres, el viejo mito del diabólico Dios Dinero y su responsabilidad en todos los males de la tierra, desde el terrorismo y las guerras hasta la destrucción del medio ambiente. Y a ignorar por tanto otra premisa tan básica como difícil de refutar que la política occidental viene promoviendo, mal o bien, desde hace décadas respecto al subdesarrollo y los movimientos poblacionales: que si no se logra que los países pobres tengan mejores instituciones y políticas económicas ni aquellos ni estos dramas tendrán solución.

Encima en la cuestión de la desigualdad Francisco parece encaminado a reeditar el clásico círculo vicioso peronista: que la despareja recepción de su alegato entre ricos y pobres termine volviendo a su proyecto dependiente para prosperar de actores que le dificulten conservar y ejercer convincentemente el rol que reclama para sí y más necesita, el de supremo mediador. Un solo dato de los últimos meses debería haber bastado para preocuparlo: las masivas y muy sonadas reuniones con Movimientos Populares difícilmente pueda decir que se balancearon con los pocos empresarios y políticos hasta aquí conmovidos por la encíclica Laudato SI.

¿En sus propios pagos no viene sufriendo acaso una dificultad de este tipo? Su poder de convocatoria e influencia entre los movimientos de desocupados y sindicales es indisimulable y se ha fortalecido con los problemas económicos del gobierno macrista y la creciente división del peronismo. Francisco tuvo un rol decisivo además en la convergencia entre organizaciones de trabajadores y desempleados lograda este año así como en la consolidación de la unidad cegetista, la moderación de sus protestas y su canalización detrás de la emergencia social. Pero sólo empresarios pymes y algunos pocos más se han identificado hasta aquí con los planteos laudatistas y el grupo RIEL. Lo que es bastante comprensible si atendemos a las exigencias medioambientales y sociales que esa encíclica busca imponer a capitalistas que en lo único que han podido pensar en los últimos años es en cómo recuperar rentabilidad frente a un esquema de costos que los condena a achicarse para sobrevivir.

Con todas sus idas y vueltas y todos sus errores de implementación Macri ha podido mostrar a lo largo de 2016 que entiende bastante mejor estos problemas. De allí que los empresarios hayan recibido como una excelente noticia de fin de año las señales de distensión entre los dos argentinos más poderosos del momento, tras un arranque de mandato que hizo temer una pésima relación.

Esa distención puede ser el camino para que la Iglesia católica procese, y a su vez ayude a grupos sociales amplios a procesar, lo que sin duda será una larga travesía sino por el desierto al menos por la escasez. Y es sin duda la mejor ayuda que puede ofrecerle la curia local y la romana a una administración que, aunque sortee el próximo año electoral con éxito, seguirá acosada por las presiones sociales de muchas demandas insatisfechas y las presiones políticas de una multitud de opositores racionalmente inclinados a la incomprensión.

Seguro no es lo que ni Macri ni Francisco quisieran. Pero tal vez haya llegado a ser para ambos un razonable second best en una convivencia que varios años más será inevitable.

por Marcos Novaro

publicado en La Nación el 29/12/16

Posted in Política.


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