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Un Trump populista difícil de domesticar

Una pregunta sobrevuela en casi todos los debates sobre lo que cabe esperar de la administración de Trump: ¿cuán lejos logrará llegar en su afán por cambiar las reglas de juego y las políticas de Estados Unidos para acomodarlas a sus radicalizadas preferencias?

Es una cuestión que involucra, claro, una cantidad de factores y dimensiones, y a muchos otros actores: ¿hasta dónde querrá ir realmente?, ¿cuán eficaz puede ser la protesta social y una opinión pública que no se presenta, al menos no en todo, muy favorable a sus planes?, ¿pueden cooperar los demócratas con los republicanos moderados para refrenar o al menos suavizar algunas de sus iniciativas?

Y habrá además seguramente respuestas distintas a esa pregunta según el asunto que se trate: puede que en el terreno internacional sus propuestas aislacionistas no alcancen a desmontar un sistema de pactos y reglas que se tardó décadas en construir; en cambio medidas unilaterales de proteccionismo comercial sí probablemente logren implementarse, aunque todavía con menos alcance que el que seguramente conseguirá en el recorte de programas sociales (el Obamacare ya empezó a desmontarse antes de su asunción), de la protección a las minorías y a los migrantes, de los impuestos que pagan los ricos y las empresas.

Se suele decir que no hay que perder las esperanzas de que el todavía muy sólido sistema institucional norteamericano termine domesticando al monstruo. Pero conviene al mismo tiempo atender a al menos dos cuestiones que relativizan esa esperanza.

En primer lugar, que hasta aquí la propensión a subestimarlo ha sido la principal arma de Trump para ganar poder y un serio obstáculo para ponerle freno efectivo a sus avances. Su intuición política ha mostrado ser tan aguda como útil para contrarrestar los tejemanejes institucionales con que se intentó bloquearlo, para empezar, dentro del propio partido republicano, en el que advirtamos que viene logrando un progresivo y muy llamativo alineamiento. Con esa experiencia en su haber, ¿por qué no va a aplicar la misma receta ahora a todo el sistema, y por qué esperar que el resultado sea otro?

En segundo lugar, como todo político populista (en verdad, como todo político en general), Tump apuesta a que la política domine las políticas, y al menos en parte ya lo está logrando: de allí que los cálculos de costos y riesgos respecto a sus iniciativas, que se suponía iban a ser disuasivos irremontables para que muchos republicanos las acompañaran, se vienen desarmando ante los lances públicos extremos con que el ahora presidente los pone entre la espada y la pared. Así, aunque algo de moderación haya, el resultado efectivo terminará siendo mucho más radicalizado de lo que inicialmente podía considerarse esperable, o aceptable.

Y, como suele suceder, la radicalización se alimentará de sí misma. Cuando surjan evidencias de que esos riesgos y costos no eran puro cuento ni obstruccionismo liberal, sino consecuencias inevitables, Trump y los suyos tendrán más motivos para avanzar e ir por más y menos para moderarse. Por caso, si al desmontar el Obamacare además de perder su cobertura de salud unos cuantos millones de pobres, quedan sin trabajo otros cientos de miles, habrá más motivos que antes para que se presione a las empresas que invierten en México a que dejen de hacerlo y cerrar las fronteras, y así sucesivamente.

Los resultados pueden ser bastante peores que con Reagan, además. El crecimiento que se consiga al recortar impuestos será probablemente más acotado y efímero, el impacto social de la distribución regresiva de los ingresos y del gasto público mucho más agudo e inmediato. Pero eso tal vez no alcance a frenarlo, al contrario, puede empeorar las cosas.

Por último hay que considerar una dimensión electoral del problema. Trump tiende a verse como un Roosevelt al revés, un presidente republicano capaz de representar a los trabajadores, a los blancos y también a muchos latinos y negros de clase baja o media baja que venían votando demócratas, y entiende seguramente muy bien que en su capacidad de mantener y en la medida de lo posible profundizar esta transversalidad está la clave de su futuro. Que planea dure ocho años. Por lo que seguramente apuntará a fortalecer la identificación entre sus enemigos políticos y toda esa gente que el americano medio odia, los millonarios progres y pedantes de Hollywood, los LGTB y demás liberales que gravitan tanto en el partido demócrata como en las resonantes protestas callejeras de estos días, pero que electoralmente tienen pocas posibilidades de dejar de ser una acotada minoría. No está claro cómo sigue esta historia, pero puede estimarse en principio que será más difícil para los demócratas despegarse de la imagen que les imprimen esos sectores si como adversario tienen un populista de derecha radical.

Conclusión, el liberalismo político y la moderación estarán en problemas en los próximos tiempos, no en Argentina, en el mundo entero. Enfrentarán un dilema difícil: si se esmeran en calmar los temores y el escepticismo que agitan los populistas sobre la globalización, el multiculturalismo y la solución negociada de los conflictos, confirmarán la imagen que se ofrece de ellos como carentes de convicciones fuertes y por tanto de voluntad para asegurar el orden y defender los derechos de los propios; si en cambio se radicalizan y denuncian a los abusadores y patoteros que demasiado seguido se salen con la suya, se aislarán del votante medio y sus preocupaciones, toda esa amplia masa de votantes que es indiferente a lo políticamente correcto, quiere eficacia, aunque sea brutal, o la quiere más todavía si es sinceramente brutal.

Es en esos mismos términos que se entiende la virulencia con que Trump trata y seguirá tratando al periodismo. Que no parece tampoco encontrar la forma de lidiar con el monstruo. Lo más sorprendente de lo que pasó en su primera conferencia de prensa como presidente electo fue que logró que todos aceptaran que maltratara a un cronista de CNN y le impidiera hacer su trabajo. Como en Argentina de los Kirchner, muchos colegas de la víctima debieron haber pensado “que se la banque, es de la corporación mediática”. Como hay que competir, si le pegan al más grande los chicos en principio festejan. No saben en lo que se meten. Pero además tampoco debían saber qué hacer para frenar al agresor. Si lo que intentaron hasta ahora, despreciarlo, mofarse de él, mostrar sus trapitos sucios, tampoco es que dio resultado.

No por nada Trump gobernará también en este terreno con su versión más radicalizada, su propio 6 7 8 encarnado en Steve Bannon, promotor de un führerprinzip comunicacional que consiste no en otra cosa que en una brutal y constante guerra comunicacional. Que puede servir para legitimar tanto las medidas de “cambio radical” que se instrumenten, como para disimular las muchas o pocas resignaciones que se vean obligados a asumir respecto al menú de campaña. Y también y por sobre todo para monopolizar la enunciación política, disciplinar a los propios y aislar a los adversarios. Algo que conocemos muy bien en estos pagos, igual que en Venezuela, y sabemos que suele ser también un motor de la dinámica de polarización muy fácil de encender y muy difícil de detener.

¿Y nosotros? Siempre a contracorriente. Mientras Trump dice que la política dominará la economía, que la nación y el pueblo serán puestos por delante del mundo y las reglas de juego, que su gobierno será el triunfo de la voluntad, en Argentina, algo cansados de años de abuso del voluntarismo, nos predisponemos a aburrirnos y aburrir a todo el mundo atendiendo a las minucias pedestres de la economía y a los límites que ella le impone a la política. Dicen que para Argentina Trump no será tan malo, acelerará de momento el crecimiento de la primera economía mundial y hasta podrían subir un poco los precios de las commodities o al menos compensar la presión a la baja fruto de la suba de las tasas que se viene para refrenar las presiones inflacionarias. Peor en verdad nadie lo sabe. Siempre es bueno guardar esperanzas, pero no tanto como para ignorar los problemas. Y con Trump los problemas están garantizados.

por Marcos Novaro

publciado en TN.com.ar el 20/1/17

Posted in Política.