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Milani, el kirchnerista extremo

El general César Milani, más que Guillermo Moreno, más que Milagro Sala o incluso Hebe de Bonafini, representa el extremo al que pudo llegar el kirchnerismo si se lo dejaba actuar a voluntad. Porque Milani expresa mejor que nadie la dinámica de constante radicalización y el desborde más allá de todo límite en el uso del poder del estado que caracterizó al movimiento con que él supo identificarse.

Que termine preso por crímenes de lesa humanidad cometidos durante los años setenta revela, así, hasta qué punto llegó la mímesis entre el kirchnerismo y el peronismo de aquellos años, ese del que se solía decir que había logrado que hubiera peronistas “a ambos lados de la picana”. Y también demuestra que si esta vez el populismo virulento no produjo tantos daños al país como entonces hay que agradecérselo al ambiente en que actuó, a los límites infranqueables que el entorno social, político e institucional le opuso, antes que a alguna autolimitación o dinámica moderadora nacida de su interior.

En estos días muchos se preguntan por qué Cristina promovió a la jefatura del Ejército al general ahora detenido por secuestros, si lo hizo a sabiendas o no de sus antecedentes, y por qué lo defendió tan fervorosamente cuando se empezaron a conocer cada vez más evidencias de sus crímenes. Seguramente esas actitudes tienen varias explicaciones, y todas son más o menos convergentes a una conclusión fundamental sobre el propio kirchnerismo.

Por un lado, Milani ofrecía a la entonces presidente la entusiasta colaboración con sus planes políticos de los servicios de inteligencia del Ejército, que él se había esmerado en perfeccionar, y que es casi lo único que el Ejército se especializó en hacer en la última década y media. Por lo que sería bueno saber, de paso, quién controla esas actividades en la actualidad. Arribas seguramente no.

Por otro lado, el solícito general le garantizaba a Cristina una lealtad con su liderazgo y su sector que ningún otro aparato de inteligencia ni de seguridad estaba en condiciones de ofrecerle. Debió ser más o menos por esos mismos tiempos en que Milani llegó a la cumbre de su poder, principios o mediados de 2013, que las sospechas de deslealtad de Stiuso se multiplicaron. Un burócrata experto en sobrevivir a los cambios de ciclo político dio paso así a un cruzado de la causa. Toda una señal de cómo el kirchnerismo buscaba asegurar su continuidad en el control del estado partidizando hasta sus áreas más críticas y sensibles.

Además Milani le permitía a Cristina, contra lo que se cree, hacer un pleno uso de su política de derechos humanos, porque el caso llevó al extremo la función que ella siempre había cumplido, ser un instrumento para polarizar la escena política entre el pueblo y sus enemigos liberales y oligárquicos. Algo que Bonafini entendió muy bien, aunque despertó pruritos liberales en algunos otros sectores del alineado movimiento de derechos humanos. Pruritos que de todos modos no fueron más allá de tibias muestras de disconformidad.

Y es que tener a Milani, y a través suyo a todo el Ejército, abrazado a la causa K, continuidad histórica del peronismo revolucionario, debía ser demasiado tentador para la presidente, le proporcionaba una versión perfeccionada del Operativo Dorrego que contraponer a la falsa promesa de unas fuerzas armadas profesionales y “despolitizadas”, para ella nada más que un disfraz de la “reacción liberal” así como lo eran las falsas ilusiones de una Justicia despolitizada, de una prensa profesional, etc. Frente a semejante ventaja, ¿qué podía importar que el individuo Milani hubiera cometido dos o tres deslices contra los derechos humanos en su juventud? Sólo quienes adoptaran una concepción liberal de los derechos humanos, de vuelta, una versión “despolitizada” y falsamente imparcial de los mismos, podían tomarse en serio ese pequeño problema.

Con Milani, en suma, Cristina llevaba el combate contra sus enemigos, los liberales, a un nivel superior. Con él podría ir más allá en el uso de los recursos del estado para eliminar todos los frenos y controles. Podría radicalizar la oposición entre nosotros y ellos y dejar claro que a los amigos todo y a los enemigos ni justicia. Y convencer a propios y extraños que en su horizonte no había espacio para la moderación ni la contención, que iría hasta donde tuviera que ir para preservar su poder.

Claro que nada de eso alcanzó para evitar que un sector del peronismo la abandonara, que parte de los jueces le pusieran freno a sus delirios chavistas, y que los votantes le dieran la espalda. Pero que lo intentó todo o casi todo para seguir adelante no cabe duda. Ahí está Milani para probarlo.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 20/2/17

Posted in Política.


3 Responses

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  1. JJN says

    Uno de los aspectos más criticados del peronismo, mas allá de sus distintas corrientes, ha sido su carácter organizativo vertical.
    Como Ud. dice en esta nota (en otros términos), “el que no esté de acuerdo con la linea partidaria, lo mejor que puede hacer es irse. De hecho, partieron.
    Pero, en el oficialismo actual, cuantos dirigentes se atreven a superar las tibias muestras de disconformidad?
    Presumo que cada area de la Administración ha dado muestras de no estar lo suficientemente preparada para la responsabilidad encomendada por la ciudadanía.
    Lo único que favorece a la alianza gobernante es la falta de alternativas.
    Esperemos que los mesiánicos sigan durmiendo.
    Saludos.

  2. Pablo Diaz de Brito says

    El carácter antiliberal y orgánico de Milani contra un Stiuso todoterreno, esa es la clave, muy bien el análisis. Por eso todo el equipo que se le compró y que hoy no se sabe dónde está. Milani, con un Scioli sumiso, iba a armar el Sebin de Cristina, la Seguridad del Estado de Cristina. Esa era la idea al menos, muy clara, muy explícita. De Cristina, de Bonafini, de los camporitas, de todos los K “gurkas”. Para ese lado iban.

  3. Emilio Gaviria says

    Fascismo arraigado.