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¿Fueron 30.000? ¿Por qué es tan difícil ponerse de acuerdo?

La reciente celebración del 24 de marzo bajo la “restauración dictatorial” supuestamente encabezada por Macri fue ocasión para que se insistiera desde los organismos de derechos humanos en que los desaparecidos fueron 30.000 y los que discuten esa cifra son “negacionistas”, socios de los represores y enemigos de la humanidad que deben ser acallados.

La cosa no quedó ahí. Se aprobó una ley en provincia de Buenos Aires, apoyada por casi todos los grupos de oposición, incluidos varios supuestamente moderados, que obliga a todos los organismos públicos y funcionarios a repetir como loros que “fueron 30.000” y otras verdades selladas por el estilo, por ejemplo, que la dictadura se impuso para llevar a cabo una salvaje política neoliberal de ajuste junto al “plan genocida”. Como si el rodrigazo no hubiera existido, y no hubiera sido un fenomenal y decisivo paso del gobierno peronista para triturar los salarios y someter a los gremios. Como si las desapariciones no se hubieran convertido en método estatal y paraestatal de represión ya durante ese gobierno (recordemos que la Conadep registró cerca de mil desapariciones ANTES del golpe, además de un número bastante mayor de muertos por atentados de la Triple A, la represión cada vez más descontrolada de las fuerzas armadas y de seguridad y las operaciones de las guerrillas).

Nada de eso importa a los legisladores bonaerenses de oposición. Para ellos todo empezó de la noche a la mañana el 24 de marzo, todo lo que pasó antes no importa, sólo un “gorila amigo de los represores” se atreverá a mencionarlo. Y la incapacidad del oficialismo y de las demás fuerzas moderadas y no peronistas para poner en discusión la equívoca rememoración de esa fecha les viene dando una mano con esta manipulación alevosa del pasado.

¿Por qué esta insistencia en los “30.000”? y más importante todavía, ¿por qué distintos sectores peronistas y grupos de izquierda radicalizada, aunque no comparten casi ninguna otra política, en esto parecen estar muy de acuerdo, y en conjunto deciden forzar al oficialismo a pagar el costo de un veto, o lo fuerzan a callar en una materia en que ya varios funcionarios oficiales han pisado el palito y entraron mal en la discusión?

Primero, claro, lo hacen por este antecedente: porque se han cebado con un gobierno que en vez de discutir el tema con claridad, expulsó a un funcionario de cultura de su cargo porque se atrevió a hablar del famoso número, escondió a otro de la Aduana porque planteó argumentos realmente equivocados al respecto, y primero intentó mover el feriado del 24/3 y luego metió violín en bolso en cuanto el arco opositor puso el grito en el cielo.

Influye también, obviamente, la necesidad de sostener una historia medianamente decente del propio peronismo y la izquierda revolucionaria: mientras la línea de demarcación entre democracia y represión salvaje sea el 24 de marzo del 76, y no alguna fecha de 1975, de 1974 o incluso de 1973 (la habilitación a las fuerzas armadas para reprimir autónomamente en Tucumán, o en todo el país, la puesta en marcha de la Triple A, la entronización de Osinde y López Rega por parte de Perón, o su bautismo de fuego en Ezeiza, o cualquiera de los delirantes operativos guerrilleros), el peronismo y esa izquierda podrán seguir mostrándose como víctimas de la represión y no como sus corresponsables, como los partidos que pusieron al grueso de los desaparecidos, y no como las fuerzas que promovieron la violencia, y en el caso del PJ, la que cobijó y promovió al control del estado a los asesinos.

De paso, congelando la memoria en ese primer momento fundacional del movimiento de derechos humanos, cuando no se sabía mucho de lo que había pasado y la cifra “30.000” tenía sentido, se evita reflexionar sobre causas, consecuencias y responsabilidades, en suma, sobre cualquier aspecto problemático de esta historia. En el marco de esa memoria sacralizada vivimos en el presente perpetuo de los secuestros y todo lo demás, lo anterior y lo posterior pierde espesor y relevancia.

Pero en la defensa a cal y canto de la cifra mágica de los “30.000” influye otro factor, uno aun más significativo para entender cómo funciona la relación entre peronismo, izquierdas e historia. Y no sólo de ahora, no sólo bajo la égida del populismo radicalizado kirchnerista, sino desde siempre. En el caso del peronismo, desde que el propio Perón empezó con la manía de reescribir el origen de su movimiento y sus actos fundacionales (el golpe del 43, la movilización de octubre del 45, las elecciones del 46) según el auditorio que tuviera enfrente y lo que conviniera resaltar o negar en cada coyuntura. Algo que la izquierda dogmática ha venido haciendo, por su parte, desde los inicios del siglo XX.

En este sentido “los 30.000” ha sido el grito de guerra y la señal de identidad de todos los que adoptaron una visión dogmática, unilateral y victimista del proceso de escalada y estallidos de violencia política que Argentina vivió en los años setenta. No a pesar, sino precisamente por su imposible verificación histórica, y finalmente, por su a esta altura evidente falta de correspondencia con los hechos, ha servido para sostener el mito de un peronismo y una izquierda revolucionaria comprometidos con la democracia y la justicia social, que tal vez hayan cometido el pecado menor de prohijar defensores demasiado entusiastas de esos valores, la juventud maravillosa, pero que ninguna responsabilidad habrían tenido en el desenlace de esa violencia. Porque lo que ellos pretendían era “un mundo mejor”. Como si no pudiera decir lo mismo cualquier otro actor político de aquellos años.

Ese mito funge así de gran excusa para no atenerse a hecho alguno, para no discutir en serio ninguna de las conexiones causales entre acciones políticas y muertos, desresponsabilizando a todo ese amplio arco de actores frente a los “malos”, los “salvajes”, en suma “la dictadura cívico-militar”.

Por supuesto, entonces, que no hay evidencia alguna que refrende lo de los “30.000”. Inútil siquiera discutirlo. Porque del lado de los fabricantes de mitos no se necesita ni se va a buscar ninguna evidencia. Lo que se va a usar es el viejo recurso de contraponer la fuerza de la creencia contra la mera enunciación de “hechos” y argumentos.

Inútil también hacerse los desentendidos o contemporizadores, y aceptar, como han hecho algunos en los meses pasados, que hay que “respetar los símbolos”. Hay símbolos que son demasiado tóxicos y destructivos de la convivencia como para que se los siga dejando sueltos por ahí, disponibles para ser usados contra los que se toman los derechos y la democracia en serio.

Si no se lo puede ignorar, ni tampoco alcanza que se lo confronte con los hechos, ¿qué se puede hacer con este tóxico mito? Ponerlo en crisis exige la decisión y voluntad de hilvanar otro relato de nuestro pasado, uno más auténticamente democrático, más inclusivo y menos mentiroso. Uno que recoja lo que fue desde el comienzo de la restauración constitucional la mejor versión de nuestra cultura liberal democrática, la que inspiró en su momento a la Conadep y a Alfonsín, y hoy expresan los muchos que, como Graciela Fernández Meijide, se atreven a trabajar por una noción de derechos que sea una casa común para todos los argentinos, y no un arma arrojadiza de una facción contra los demás.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 25/3/17

Posted in Política.


9 Responses

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  1. fernando says

    Impresionante el artículo !! Argentina es el país que mas criminales de Estado ha encarcelado (Alemania castigó a 6600 y solo 72 por 6 millones de muertos a perpetua, Rusia y China, que yo sepa, a ninguno) Aún así, la mafia populista sigue agitando el tema, y la ultraizquierda sigue hablando de impunidad. Es un síntoma de nuestra locura nacional?

    • Emilio Gaviria says

      Exactamente síntoma de nuestra decadencia como sociedad.

  2. Pablo Diaz de Brito says

    Novaro plantea una alternativa que por ahora es irreal: volver al demo-liberalismo alfonsinista. Cita a Graciela F. Meijide: muy bien. ¿Y a cuántos más podemos citar dentro de ese “mundo”? Malamud Gotti, con excelente columna en Clarín. No hay muchos más. Héctor Leis se murió en 2014 en Brasil, repudiado por toda la Legislatura porteña y no sólo por los K y Pag 12. Es cierto: el “mito tóxico” está lleno de grietas y hay algunas voces que, con el fin del cuasirégimen K, se animan. Por eso se busca la sanción penal a “negacionistas”. Pero esos críticos a la vez ratifican el maniqueísmo del mito: son los “negacionistas de la derecha”, pasibles en un futuro próximo de castigo. El coro rabioso gana por goleada dentro del mundo donde funciona y domina: los medios y la política. Vease el caso de La Nación, que hoy no publicaría a Leis. El resto de la sociedad _o sea, casi toda_ no les importa. Saben que esa mayoría enorme no participa ni produce un discurso público, mira de lejos y ya no presta ninguna atención al asunto, concentrada en temas mucho más urgentes, como empleo, economía y seguridad. A “NADIE” le importa ya este añejo debate del 24 salvo a los iniciados. Y lo que se vio en la plaza es un espantapájaros, sólo Maximo y sus camporistas pueden creer que tiene algún valor político-electoral. Pero en el sistema enlazado de medios y política, sí que pesa este mito, y cómo. Y ahí son los dueños de la pelota los dogmáticos de los 30.000. Por ahora ganan cómodamente.

  3. Marcos Novaro says

    Estimado Pablo, tal vez tengas razón, y en lo que mencionás de los negacionistas de la derecha seguro tenés razón, complican más las cosas. Pero prestaría alguna atención a lo que suceda en dos ámbitos que para estas batallas culturales son decisivos, los periodistas y los docentes. Con que crezca ahí un poco la disidencia con las verdades selladas me conformo. Con eso alcanza probablemente para que esta gente siga siendo como vos decís, un espantapájaros con declinante impacto político.
    Saludos

  4. Marcos Novaro says

    Estimado Fernando, por lo que se, los soviéticos fueron bastante drásticos, promovieron o al menos dejaron hacer en los territorios que ocuparon a los vengadores espontáneos, así que unos cuantos miles de nazis y colaboracionistas fueron ajusticiados en forma más o menos espontánea. Para lo que sirvió, de hecho en esos territorios ocupados la noción de derechos quedó de todos modos subsumida al poder estatal, que siguió practicando purgas menos espontáneas contra otros grupos que identificó como enemigos. Que lo que se hizo en Argentina se parezca a esa deriva o a una más liberal depende todavía de lo que se haga en nuestros días y en el futuro para rescatar la noción de derechos de la trampa populista. Saludos

  5. fernando says

    Gracias Marcos por la explicación histórica, mi referencia a la ausencia de castigo era al período post soviético. Me supongo que deben quedar vivos represores de Stalin, Kruschev, Breznev y compania. Lenìn se murió hace mucho y al venerado Trotsky lo asesinaron (yo digo que se consumió en su propia salsa)

  6. Emilio Gaviria says

    Un dogma: los que matan son asesinos, después los justificativos. De la experiencia en nuestra justicia: todos mienten. De Forster: la verdad es una víbora venenosa. Perón implantó el fascismo a la criolla, hizo perseguir, torturar y matar a los comunistas, ahora unidos con los autoproclamados seguidores del líder. Sociedad heredera de Rosas y opositores, los caudillos, la inquisición y la violencia continua negada.

  7. Jorge says

    Brillante artículo. Digno escrito de mis pensamientos. Y estoy persuadido que esta sociedad es hoy incapaz de asimilarlo. Como también en otros temas. Un abrazo.

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