Skip to content


Si naufraga Randazzo, ¿resurge Massa?

La polarización funciona bastante bien en la escena política. Los problemas que enfrentan Randazzo en la oposición y Lousteau en las inmediaciones del oficialismo lo demuestran. Pero su eficacia en la sociedad puede ser mucho más acotada de lo que se piensa.

Y es que entre los votantes siguen predominando la moderación y los matices: la mayoría de los que acompañan al gobierno dudan de muchas de sus decisiones; lo que explica, entre otras cosas, que la imagen del presidente sea bastante mejor que la de su gestión, en particular la económica; mientras que entre quienes se definen como opositores una gran parte espera que surjan figuras e ideas nuevas y poco se identifican con el “vamos a volver” de los camporistas.

En el medio, los que se decidirán a último momento entre votar a favor o en contra no sabemos bien qué criterios van a usar para hacerlo (¿el atractivo de los candidatos, noticias de última hora sobre la economía o sobre la lucha contra las mafias y la corrupción?) pero sí que alcanzarán para inclinar la balanza en una dirección u otra.

Curiosamente este cuadro da por ahora más y no menos motivos para que oficialistas y opositores duros insistan en polarizar la escena: porque necesitan desalentar disidencias, alambrar sus cotos de caza electoral, mostrar seguridad y convencimiento sobre el rumbo que conviene seguir ante electores que no están muy seguros de nada. Y de momento pareciera que se salen con la suya: Macri creció en las encuestas desde febrero-marzo, y Cristina, aunque perdió apoyo social, parece tener ahora más chances de controlar la interna del PJ bonaerense que en aquellos meses.

Aunque por las mismas razones que esto funciona en la escena, a sus beneficiarios les sería conveniente moderar este juego ante la sociedad. Él no va a alcanzar de por sí a asegurarles el éxito, para seducir a los dubitativos necesitarán ante todo de los matices; y el problema es que hacer las dos cosas a la vez, polarizar y matizar, se complica.

Es cierto que Cristina y Macri seguirán siendo en las elecciones que se acercan las dos principales atracciones para las audiencias. Pero parece que ninguno de los dos será candidato. Y ninguno entusiasma lo suficiente para trasladar automáticamente sus apoyos a los portaestandartes que elijan. Un cuadro poco definido de preferencias electorales como el que resulta de todo ello los obliga a atender a los insatisfechos. Pero el margen que se han dado para hacerlo es limitado: así lo demuestran al descartar compulsas competitivas en las PASO de los distritos decisivos. Con resultados hasta ahora dispares, porque el gobierno avanzó mucho más que la oposición en resolver este asunto.

El kirchnerismo busca frustrar las internas abiertas en provincia de Buenos Aires forzando una lista de unidad que incluya a parte de los intendentes disidentes y anule la amenaza que representa Randazzo. Quien todavía se resiste a acomodarse a esa situación, creyendo tener margen para presentarse de todos modos. Cambiemos, mientras tanto, ya resolvió lo esencial de esta discusión al nominar a Carrió en la ciudad, con lo cual al mismo tiempo despejó el terreno bonaerense para que los que monopolicen esos votos sean Macri y Vidal, y dejó fuera a Lousteau. Quien facilitó bastante las cosas con su apresurada voltereta desde Washington, cuyo efecto inmediato fue la fractura del radicalismo: Para muchos porteños que buscan matices serán más que suficientes los que ofrezca la estentórea líder de la CC-ARI, que seguirá despotricando contra los ministros o hasta el presidente cada vez que algo le disguste.

¿Por qué Randazzo no puede lograr algo parecido en el peronismo de su distrito? Simplemente porque allí está en juego otra cosa: la continuidad o no del liderazgo de Cristina, punto que divide fuertemente a dirigentes, militantes y votantes. Aunque no en las mismas proporciones. Y ante este conflicto encima Randazzo se comportó más como Lousteau que como Carrió: midió mal sus recursos y sus tiempos y cuando se decidió a actuar perdió la mitad de los apoyos que daba por descontados.

De las tres opciones que tenía a su alcance meses atrás, romper con el PJ de Espinoza, negociar una lista de unidad con Cristina o competir con ella y su gente en las PASO, ya las dos primeras quedaron descartadas y para encarar la que le resta tiene menos recursos y tiempo de los que necesita. Pero tal vez de todos modos lo intente, en la expectativa de que la ex presidente no pueda influir demasiado en los votantes y sus delegados hagan un papel deslucido. Lo que conociéndolos no sería de extrañar.

Sus chances de todos modos son escasas y lo más probable es que termine por desistir, volviendo a ensayar lo que le funcionó en 2015: esperar a que el peronismo fracase de la mano de sus adversarios internos y los heridos vuelvan a rogarle que regrese de Chivilcoy para salvarlos.

Las chances de que Randazzo se retire crecen también porque no es el único que juega a que se repita lo sucedido hace dos años: es la apuesta del oficialismo, claro, y es también a su manera la de Massa, sólo que en su caso trata de ofrecer una versión mejorada de sí mismo, una que atienda ante todo a esos matices que los dos contrincantes de la polarización puede que no tengan suficientemente en cuenta.

Si macristas y kirchneristas se parecen demasiado a sí mismos y frustran la expectativa de quienes quieren verlos renovándose, corrigiéndose y mejorando, al condenarse a proponer y decir más o menos lo mismo que dos años atrás, puede que le den una chance a quienes se especializan en los grises y venían hasta aquí de capa caída. Será para ellos un regalo inesperado: la polarización los habrá beneficiado más que perjudicado. Y otra prueba más de que entre los votantes ella no termina de funcionar.

Massa no hace otra cosa que quejarse de los demás, diciendo que la polarización fue concebida para perjudicarlo, pero lo cierto es que su desempeño en las encuestas venía declinando desde bastante antes de que Macri y Cristina volvieran a monopolizar la atención pública, a comienzos de este año. Ya durante la segunda mitad de 2016 el massismo se fue diluyendo, en gran medida debido a la desconfianza que despertó su líder con volteretas solo superadas por las de Lousteau: pasó de ir a la Davos de Suiza abrazado a Macri a impugnar y autoexcluirse del mini Davos de Buenos Aires, proponiendo una emergencia aduanera que solo sirvió para ganarse el rechazo de los potenciales inversores externos y locales; luego volvió a votar proyectos del Ejecutivo hasta que se le ocurrió firmar con Kicillof una reforma de Ganancias que de tan absurda tuvo que ser frenada por los propios senadores del FPV. Si esos son los matices que expresa la “avenida del medio” massista, confirmarían que es mejor conformarse con lo que hay.

Ahora pareciera que, con la ayuda de Stolbizer, recuperó un mínimo sentido común. Y gracias al declive de Randazzo puede volver a atraer a sindicatos y dirigentes territoriales ansiosos de tener una alternativa.

En ese marco la promocionada idea de una rebaja de precios sonó mejor que sus iniciativas anteriores. Y golpeó en uno de los flancos que más duelen al gobierno: los precios siguen subiendo y lo seguirán haciendo al menos hasta junio por arriba de las previsiones del Central, que igual insiste en alimentar la bicicleta financiera en perjuicio de la inversión productiva y el consumo.

Hay allí una diferencia que Massa sin duda podrá trabajar provechosamente frente a votantes peronistas y opositores en general, y también frente a sectores medios dubitativos frente al gobierno. Sobre todo si éste insiste en no hacer de la economía el eje de la elección, algo que podría considerarse temerario si no fuera clintonianamente estúpido, y del lado del PJ se hacen oír solo lamentaciones nostálgicas por haber abandonado el supuestamente pujante “modelo” anterior.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 7/5/17

Posted in Política.


0 Responses

Stay in touch with the conversation, subscribe to the RSS feed for comments on this post.



Some HTML is OK

or, reply to this post via trackback.