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Los feriados divisionistas en nuestra historia

¿Qué es un feriado nacional? Ante todo, una ocasión para descansar o pasear, claro; pero también una fecha en que dejamos de ocuparnos exclusivamente de lo personal y atendemos a lo común, un día que, por su significado compartido, nos une, define y actualiza nuestra identidad. De allí que los feriados nacionales, aquí y en todos lados, hayan estado regularmente asociados a las fiestas patrias: los momentos de la historia del país dignos de celebrarse por lo que significan en la formación y desarrollo de la sociedad y sus instituciones.

Lo primero que llama la atención al respecto en Argentina es que hasta fines del siglo XX no tuviéramos más feriados que los que rememoraban acontecimientos significativos del siglo XIX, más específicamente de sus primeras décadas: por algún motivo ni siquiera hemos experimentado jamás interés en festejar un “día de la Constitución de 1853”, o un “día de la ley 1420”, o un “día del voto secreto y universal”, por imaginar algunos posibles candidatos de las décadas posteriores que bien se lo hubieran merecido. Como si lo que nos mantuviera unidos fueran exclusivamente las luchas de independencia, no los logros ni los pilares institucionales de la concreta y bastante posterior formación de la República Argentina en la que nos tocó vivir. Es por lo menos curioso.

Es llamativo también que tras la reforma electoral de 1912 y a lo largo del resto del siglo XX nos volviéramos una sociedad por completo incapaz de producir nuevos acontecimientos cuyas fechas fueran capaces de convocarnos a todos con un sentido mínimamente compartido, cuyo significado nos uniera y fortaleciera nuestro sentido de pertenencia. Ni nuevos logros institucionales, ni jornadas cívicas, ni victorias internacionales ni nada por el estilo logramos conseguir en todos esos años. Y no es que faltaron intentos y esfuerzos. Unas cuantas fechas partidistas y facciosas pretendieron ser nacionalizadas durante ese largo período de carestía, y con estos intentos se pretendía precisamente dejar atrás dicho período, inaugurar “una nueva era”. Pero todos quedaron a la corta o a la larga en eso, meros intentos.

El peronismo fue por lejos el más activo en estos esfuerzos, como se sabe. Aunque no logró a la postre poner ningún nuevo mojón consensuado, y por tanto inamovible, ni durante su primera década en el poder ni durante los dos experimentos que le siguieron, el de los años setenta y el de los noventa. Así fue al menos hasta que, ya en los albores del siglo XXI, los Kirchner llegaron al poder y se propusieron superar a sus predecesores en esto de hacer historia.

Los gobernantes de la última década larga lo hicieron ante todo porque entendieron muy bien que existía una muy ávida demanda de identidad colectiva, después de años de profunda recesión económica y desafección política y social. Y que existía también la oportunidad para satisfacerla, en un contexto de recomposición social y por algunos años sostenido crecimiento. Estaba el vacío y tenían con qué llenarlo. Pero ¿lo lograron?

Es cierto que dejaron al menos alguna estela, que se prolonga por ahora en el tiempo en signos y símbolos. Pero ellos y su provisoria supervivencia no son tanto el reflejo de consensos particularmente amplios y firmes que supieran en esos años construirse, como de la inercia resultante del fragmentado cuadro de desilusiones y rechazos con que se cerró ese ciclo. Cuadro que a su vez en gran parte es producto, además de los saldos por lo general mediocres sino decepcionantes de sus políticas, de los instrumentos y los métodos con que el kirchnerismo buscó grabar su huella.

Y es que antes que a incorporar al resto de los actores y grupos de opinión en fórmulas compartidas en un “relato” por él estructurado pero en alguna medida atento a las preferencias y sensibilidades del resto de los argentinos, el kirchnerismo a lo que se dedicó fue a acorralarlos con mensajes descalificadores y extorsivos, abusando al máximo del control del estado y del uso de su circunstancial mayoría electoral y legislativa.

Ese método fue también, recordemos, el que se usó para aprobar casi todas las medidas de gobierno, en un agotador ejercicio de la polarización. Pero lo que nos interesa destacar es que al dar su hilo al discurso histórico definió el carácter de la peculiar operación de activación y actualización de la “identidad nacional” montada por los Kirchner, en parte incluyente (“Tenemos Patria” rezó una de las consignas más paradigmática de esos años) pero sobre todo excluyente, pues dejaba fuera de la comunidad política legítima a amplios sectores, los adversarios políticos e ideológicos.

De allí la instauración de curiosas nuevas efemérides, los “feriados divisionistas”, la rememoración de fechas de nuestra historia reciente (y algunas no tan recientes) que tanto por su contenido histórico como por el modo y los argumentos con que se las evocó y recordó desde el estado, tuvieron desde un principio la finalidad de denostar a ciertos actores políticos, y aleccionar al resto: sólo se podría ser miembro pleno de la comunidad nacional si se avalaba esta operación de autocelebración de los gobernantes y sus seguidores y se evitaba desafiarlos en lo esencial del relato.

Junto con esto se partidizaron feriados preexistentes, algo que llegó a niveles extremos en el caso del 25 de mayo, devenido en fecha fundacional del propio oficialismo gracias a la coincidencia entre el día de asunción de Néstor Kirchner a la Presidencia y la revolución de mayo, y a la dedicada construcción desde el aparato cultural y comunicacional del estado de un discurso refundacional con fecha de inicio en 2003 que pretendía “completar y trascender” la obra iniciada en 1810.

De los feriados divisionistas de estos años el más significativo sin duda fue, y lo sigue siendo, el 24 de marzo. Que como ocasión para celebrar los derechos humanos, la memoria y la justicia sirve tanto como serviría la fecha de la batalla de Cancha Rayada para rememorar las luchas de independencia.

El gran fracaso nacional que se condensa en el último golpe militar, procesado por la ingeniería comunicacional kirchnerista, devino símbolo de los valores democráticos para alcanzar varios objetivos simultáneos de resignificación histórica. Por un lado, quitar entidad a todo lo que sucedió antes de esa fecha, en particular entre 1973 y 1976 en términos de violencia política, negación de derechos y destrucción de la convivencia institucional. Nada de eso “tenía lugar” si la historia luctuosa a recordar comenzaba en 1976.

Por otro ofreció, a quienes controlaran los sentidos de la evocación, la oportunidad de definir responsabilidades, con mayor alcance desde que el golpe fuera llamado, como se esmeraron en hacer los gobiernos kirchneristas, “cívico – militar”. Permitiendo a esos gobiernos y sus seguidores poner en la vereda contraria a los derechos humanos y la democracia no a todos los que colaboraron con los militares, si no a aquellos de quienes lo hicieron, o tal vez sólo mostraron alguna ambigüedad o inconsecuencia, y se atrevieran a oponerse a los Kirchner.

Porque como se sabe los que justificaron el golpe en su momento fueron millones y estuvieron movidos por los sentimientos y percepciones más variados: hartazgo con la política civil, deseo más o menos indiscriminado de que las guerrillas y los revolucionarios sufrieran un duro escarmiento y desaparecieran, o la aun más generalizada percepción de que “peor que en 1975 no se podía estar”, a la postre crasamente errada. Y esas y otras justificaciones aun más cuestionables se extendieron además en casi todos los sectores políticos: así como muchos peronistas avalaron la toma del poder por los uniformados para que les sacaran un problema de encima que no habían podido resolver, otros desde el bando revolucionario apostaron a que ella desatara la rebeldía de las masas. No es que los Kirchner desconocieran estas muchas y muy variadas formas en que se pudo “colaborar” con el golpe (si las experimentaron en carne propia y en su familia). Sucedió más bien lo contrario: precisamente porque las conocían bien fue que se ofrecieron para actuar como sus jueces, según un criterio que poco tenía que ver con lo hecho en ese período, porque se fundaba en la medida en que se acompañara o resistiera a las iniciativas de los ahora gobernantes. Ellos se adjudicaron así el derecho de distinguir entre justos y pecadores, una suerte de derecho de admisión a la ciudadanía plena.

No fue este, por cierto, el único feriado instaurado en los últimos años con fines divisionistas. Está también el 20 de noviembre, día de la soberanía por ser la fecha de la batalla de Vuelta de Obligado, y que si bien se recuerda desde 1974, se estableció como no laborable y se jerarquizó desde 2010. Con indiferencia a todos los estudios históricos que destacan la escasa significación que para el resto del país tuviera el esfuerzo hecho entonces por Juan Manuel de Rosas por hacer respetar el monopolio aduanero de Buenos Aires.

Y está, claro, el 2 de abril. Que los Kirchner no instauraron, pero al que sí dieron una mucho mayor atención. La historia de esta última fecha es de por sí elocuente, e ilustra que el problema dista de ser exclusivo del kirchnerismo.

Quien instauró el 2 de abril como feriado fue la última dictadura, en 1983. Con la idea de motivar a la sociedad a valorar el patriótico esfuerzo y sacrificio de sus Fuerzas Armadas y que olvidara o disculpara sus pecados. Alfonsín en 1984 lo anuló y repuso el 10 de junio, advirtiendo que en la fecha de la invasión militar de las islas se recordaba “un hecho cuya celebración resulta incongruente con los sentimientos que evoca”. Si lo que se pretendía era evocar la voluntad colectiva de reparar un daño, reivindicando un derecho internacional que nos asistía, resultaba contradictorio hacerlo el día en que se violó ese mismo derecho internacional y el país se convirtió en parte agresora de la mano de una banda de asesinos repudiados en el mundo entero.

La cosas debieron quedar entonces suficientemente claras, pero no fue así. Cosa curiosa, el mismo partido de Alfonsín, aliado al progresismo frepasista, restableció el feriado del 2 de abril en 2001 con una idea por demás discutible: como el 24 de marzo se había vuelto una fecha “antimilitarista” ya tradicional e “inamovible”, al menos para los organismos de derechos humanos y la izquierda, De la Rúa entendió que había que compensar a los militares dándoles el gusto de que sus “actos patrióticos” y su heroísmo tuvieran también su fecha. Insólito: como no podíamos corregir un error se sumó otro peor, para compensar. Y en vez de unir y construir un futuro mejor se abonó la división y las heridas del pasado.

Cuando llegaron los Kirchner sólo tuvieron que tirar de ese hilo: el 2 de abril ya no sería compensación sino ratificación y ampliación de los mensajes del 24 de marzo, la ocasión para convocar a unas Fuerzas Armadas que debían actuar sólo para realizar los deseos del pueblo, cualesquiera ellos fueran; para advertirle al mundo que si no nos comprendía, y en vez de disculparnos como víctimas que éramos nos señalaba como violadores de derechos, peor para él porque lo ignoraríamos; y recordar que la violencia mientras estuviera dirigida a realizar buenos fines estaba totalmente justificada. ¿Todo esto es hoy lo que nos define como sociedad?, ¿nuestra identidad seguirán siendo los equívocos hechos evocados los 24 de marzo y los 2 de abril?

por Marcos Novaro

publicado en Criterio el 1/6/17

Posted in Política.