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Lousteau tropieza en sus propios rulos

El afán de protagonismo finalmente lo traicionó. Quiso capitalizar personalmente el desbloqueo de la exportación de limones a Estados Unidos y lo que consiguió fue confundir más a los ya desde antes bastante confundidos votantes porteños: ¿cómo se compatibiliza esto de ir hasta Tucumán a abrazarse con Manzur y Alperovich y reclamar al mismo tiempo que se desbloquee su participación en la interna oficialista? ¿Qué es al final de cuentas Martín Lousteau, un miembro disidente de la coalición de gobierno o un opositor disfrazado? ¿O es un mero oportunista, pretende ser las dos cosas a la vez según cuál de sus potenciales públicos lo esté escuchando?

Hasta hace poco su ambigüedad parecía ser viable pues contaba con la ayuda de los radicales porteños, con la de su inefable sonrisa y su retórica aguda, y con las nunca explicadas indefiniciones del macrismo. Como éste lo había invitado a sumarse al gobierno, representándolo nada menos que en Estados Unidos, pero nunca había definido si lo invitaba o no a ser parte de la coalición oficial, Lousteau apostó a reclamar para sí esa misma condición, aunque invertida: tras salirse del gobierno, renunciando a los apurones a la embajada, se reivindicó parte del frente Cambiemos en la Ciudad, de la mano de la UCR del distrito. Y hasta abrió la puerta para que participaran de ese frente otras fuerzas que nada tenían que ver con él, como los socialistas, Libres del Sur y otros que detestan a Macri, claro, pero no vieron mal sumarse a la patriada del joven de la rebelde pelambre porque la oportunidad de mojar alguna banca no hay que dejarla pasar jamás.

A continuación Lousteau se dedicó a mostrarse tan indignado frente a Rodríguez Larreta y Carrió como hace Randazzo frente a Espinoza y la Cámpora: en ambos casos se habría incurrido en un atropello contra la libertad política y la soberanía del votante, tesis que repitieron hasta el cansancio un buen número de observadores y periodistas. Como si fuera la misma su condición frente a Cambiemos que la de Randazzo frente al PJ, al que éste pertenece, que se sepa, desde que tiene uso de razón.

Una parte de los votantes porteños retiraron de todos modos su apoyo al ahora ex embajador, antes ex ministro de Cristina y ex funcionario bonaerense (siempre con dudosos desempeños). La voltereta que pegó al tomárselas de Washington fue demasiado abrupta. Las críticas de Carrió, su ex mentora y ahora antagonista a batir, suficientemente lapidarias. Y la ruptura del radicalismo de la Ciudad tampoco lo ayudó. Aunque él seguiría insistiendo con que el macrismo lo excluía en forma antidemocrática, con que quería ser parte de Cambiemos para “ampliarlo y mejorar al oficialismo desde adentro” y no lo dejaban.

Claro, el público disponible para una operación como esa sigue disponible. Porque al menos en la Ciudad los “macristas críticos” se contaban y se cuentan por cientos de miles: es la contracara de una polarización que no termina de conformar, y que resulta contradicha todo el tiempo por el mismo gobierno que la promueve, cada vez que admite equivocarse y pide que lo critiquen para corregirse. En una exageración que por suerte ha ido quedando atrás, pero que ya en 2015 mostró en el distrito capital su peligrosidad, porque dejaba las fronteras del polo macrista demasiado expuestas a intervenciones invasivas de terceros en discordia: recordemos que en esa elección más de un millón de porteños acompañaron una fórmula local encabezada precisamente por Lousteau que, de triunfar (y probablemente lo hubiera logrado de no ser por la ceguera de Cristina que llamó a votar en blanco), hubiera aniquilado las chances de la fórmula nacional que muchos de esos mismos votantes deseaban ver gobernando. ¿Cómo no tomar recaudos frente a un público tan insensible a las condiciones de sustentabilidad de sus propias opciones programáticas y de liderazgo?

Algo tarde, pero mejor tarde que nunca, el oficialismo lo hizo. Trazó una frontera. Y ahora puede respirar aliviado si lo que quedó afuera demuestra no haber justificado tantos desvelos como se temía.

¿Y Lousteau?, ¿por qué lo hizo?, ¿no advirtió los riesgos que corría al abrazarse a lo más rancio del peronismo de provincias, encima a dos figuras cuestionadas en todo el país por graves manipulaciones electorales, frente a las cuales la discusión sobre abrir o cerrar una interna se vuelve irrelevante?

Igual que con su salida de la embajada hace pocos meses y con su delirante iniciativa de retenciones móviles unos años atrás parece que lo que caracteriza sus decisiones más relevantes es siempre el apuro y la improvisación. Cabe sospechar entonces que no lo pensó demasiado y se mandó. Como descubrió que una buena parte del electorado porteño premia a los valientes y los aventureros, habrá calculado que valía la pena correr el riesgo, y que si salía mal los demás se olvidarían del asunto más bien pronto. Lo más grave de este asunto sería que se demuestre que tiene razón.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 11/6/17

Posted in Política.


One Response

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  1. Emilio Gaviria says

    Entre las características de la argentinidad política se encuentran el salto de una banda a otra y también la opuesta, fidelidad ciega de los clientes. La paradoja, no parece fácil de resolver ni aplicando la ley de la unidad de los contrarios.