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¿Sirven para algo las PASO?

El jefe de Gabinete Marcos Peña adelantó en su último informe al Congreso que el oficialismo piensa proponer una reforma del sistema de internas abiertas simultáneas y obligatorias, o incluso su lisa y llana eliminación.

Enhorabuena. Sería una excelente ocasión para reflotar el a medias frustrado intento de establecer la boleta única o el voto electrónico, detenido este último en el Senado el año pasado por sus potenciales damnificados, los representantes de feudos con casi nulo pluralismo político. Y, más en general, para poner en marcha una limpieza de los mecanismos de falsa inclusión y participación, que siempre proliferaron entre nosotros, y en los años pasados se multiplicaron hasta el hartazgo.

¿Es cierto, como se dice, que las PASO no sirven para nada? El saldo de su vigencia desde 2009 hasta hoy es en verdad incluso peor: algunos efectos prácticos tuvieron, pero son todos malos; además del gasto inútil de recursos públicos y hacer perder el tiempo a millones de ciudadanos, debilitando su disposición y oportunidades para emprender formas más efectivas de participación, hay que destacar la híper personalización de los liderazgos y el impacto perjudicial tanto para la competencia como para la cooperación dentro y entre los partidos.

El mecanismo, ideado como se sabe por Néstor y Cristina Kirchner para lidiar mejor con las críticas de la opinión pública y de la propia dirigencia peronista, que se generalizaron tras la crisis del campo de 2008, apuntó claramente a complicarle la vida a los opositores y, dentro del oficialismo, a los disidentes. Al establecer un sistema extremadamente caro, financiado sólo en parte por el estado, y que superpone la competencia entre partidos a la que pueda surgir dentro de ellos, se aseguraron de que los líderes que estuvieran en el poder tuvieran amplias ventajas para disciplinar a los suyos, y los que estuvieran en la oposición en cambio enfrentaran dificultades para preservar la unidad de sus espacios y fuerzas.

En una elección simultánea y obligatoria los votos de los ciudadanos más distantes de los partidos, es decir casi todos, se orientan naturalmente hacia los líderes principales, que son también, cuando están en cargos importantes, los administradores de los mayores recursos de cada espacio. De allí que resulte sencillo para los jefes de ejecutivos, sean nacionales, provinciales o municipales, armar a dedo sus listas de legisladores y forzar a quienes quieran competir con ellos por ese derecho, y por el control de sus partidos o alianzas, a correr el riesgo de quedarse con las manos vacías. Por lo que tienden lógicamente o a alinearse o a irse.

En cambio con los partidos o frentes que están en la oposición sucede más bien lo contrario, les cuesta mucho más a sus líderes y sectores mayoritarios lograr la cooperación de las demás facciones, estas pueden aun siendo muy minoritarias encontrar provecho en competir (algo de dinero y publicidad recibirán del estado sólo por presentarse), y elevan entonces muy por encima de su representatividad sus reclamos para no hacerlo. Con lo cual la tarea de mantener unidas a esas fuerzas, y a la vez competir contra los oficialismos, se vuelve ciclópea.

Conclusión, no es que los partidos y dirigentes argentinos hayan hecho mal en no utilizar más intensamente el sistema que ofrecen las PASO, por ejemplo, al no presentar listas competitivas en la enorme mayoría de los casos; sucede más bien lo contrario: han hecho bien en esquivar el bulto, porque de utilizarlo más intensamente los problemas y debilidades que ya enfrentaban se hubieran agravado más todavía.

A esta altura, después de años de elecciones inútiles y enredos cada vez más escandalosos en la confección de las listas (lo único que tiene realmente importancia en las PASO, y que depende de los dueños de la lapicera), respecto a la inconveniencia del sistema puede lograrse un consenso extendido. Y hay que celebrar el interés del actual oficialismo en fomentarlo. Porque así como hicieron sus predecesores, el macrismo podría ahora ignorar el problema, y tratar de sacar su cuota de provecho de la situación, fomentar la división de los opositores, incluso cebándose con la crítica fácil (“Cristina no quiso competir”). Por fortuna optó por ratificar su interés en mejorar en serio y de una buena vez nuestro sistema de representación.

por Marcos Novaro

publicado en La Nación, el 29/6/17

Posted in Política.


2 Responses

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  1. Walter Acuña says

    Ese es solo un punto de vista.

    Sin las PASO, Scioli sería el Presidente y Cris.. la que mandaría entre las sombras.

    ¿Por que no se critica del mismo modo, el sistema de ballotage trucho que tenemos, en el que cualquier candidato con menos de un tercio del padrón, puede ser presidente?

  2. Marcos Novaro says

    Estimado Walter, el efecto favorable a la oposición en 2015 que vos mencionás existió, pero también el que en 2011 funcionó al revés, a favor de Cristina y contra la oposición. Así que no diría que es un buena argumento para sostener el sistema.

    Que perjudica en general a la oposición está bastante probado, por elecciones competitivas que debilitaron a los challengers con más chances.

    Y en cuanto al ballotage trucho, totalmente de acuerdo, es otro invento nefasto de esta costumbre argentina de improvisar y buscar soluciones ad hoc para simplificarle las cosas a los gobiernos de turno, en particular a los peronistas, expertos en estas manipulaciones.

    Saludos