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El eje de la elección: ¿más poder o más límites para Macri?

No es cierto que en esta campaña no se vaya a discutir nada importante. Podrá decirse que la personalización de las candidaturas es excesiva y las precisiones sobre políticas públicas brillan por su ausencia. Pero eso viene siendo así desde hace años. El principal atractivo lo ponen los personajes que han logrado componer algunos candidatos. Y los temas técnicos, aunque importantes, resultan demasiado aburridos y complejos para competir con ellos por el gran público. Las campañas siempre giran de todos modos en torno a discusiones abiertas. Y en la escena política argentina de hoy en día hay por lo menos dos de esas discusiones abiertas que vale la pena seguir.

La primera es la “cercanía de la política con la gente”. Todos hacen esfuerzos por mostrarse con gente común, lejos de la rosca política y los aparatos, metiéndose en la vida cotidiana de los barrios como si fueran un vecino más. Claro que a algunos les sale mejor que a otros. Y en algunos casos se trata de pura simulación. Pero en principio cabe celebrar que la política haya tomado nota de que debe esforzarse por conectar con preocupaciones cotidianas y que compita por brindar una mejor representación.

La segunda cuestión cardinal de la agenda de campaña se resume a la pregunta “¿cómo volver a crecer?”. Hay respuestas para todos los gustos, algunas polarizadas y muchas con matices, pero todas giran alrededor del reconocimiento de un mismo problema, la ausencia de crecimiento viene deprimiendo el ánimo colectivo y agravando las pujas distributivas desde hace demasiado tiempo, al menos desde 2011.

Política cercana a la gente y crecimiento económico son como las dos caras de la misma moneda: la receta para que Argentina vuelva a tener futuro. Ahora que, si todos comparten al menos en el discurso los problemas y los objetivos, ¿qué es lo que está en discusión? En esencia el eje que divide posiciones es si hace falta darle más poder o menos al gobierno actual. Tampoco en este caso hay mucha novedad: es lo que suele suceder en las elecciones de medio término, ellas consisten en preguntarle a los votantes si les parece que hay que ratificar o rectificar el resultado de la elección anterior, la última presidencial.

La respuesta que ofrecen el oficialismo y los opositores es previsible. Los candidatos de Cambiemos insisten en que hay que darle más tiempo y más apoyo al gobierno, que vamos por el camino correcto, lo peor ya pasó y ya se empiezan a ver los frutos del esfuerzo, pero si cambiamos de caballo en medio del río o, peor todavía, giramos en redondo y volvemos para atrás, el agua nos va a tapar.

Los opositores en cambio sugieren, cada uno a su manera, que el gobierno necesita límites en vez de más confianza y más tiempo, que si sigue disfrutando de libertades para decidir nuestro destino nos va a meter más y más profundo en la correntada y el agua que ya tenemos hace rato por el cuello va a llegarnos a las narices. Como se sabe, el miedo y las malas noticias se venden solos, no necesitan de mucho marketing, así que esta segunda postura suele correr con ventaja.

Inútil quejarse de la injusticia que la historia suele cometer en este tipo de disputas contra oficialismos que recién comienzan su mandato y a favor de oposiciones que cuando gobernaron nunca respetaron los límites ni escucharon las críticas. Un ejemplo que mueve a risa, o a indignación, es Cristina denunciando que Macri “va por todo”, pidiendo “pararle la mano porque no tiene límites”. Podría recordársele que ella en serio y por años incurrió en esos pecados, y lo hizo sin disimulo alguno, y también que todavía su partido gobierna en la mayor parte de los distritos, tiene mayoría en el Senado y ella misma se dedica a movilizar jueces y fiscales adictos para frenar cuanta medida toma el Ejecutivo. Pero es dudoso que ese argumento vaya a ser muy eficaz en la campaña.

Tal vez al oficialismo le convenga explicar para qué quiere más poder, y dejar de pelearse con el pasado y quejándose del obstruccionismo salvaje de su predecesora.

Y esa no es la única dificultad que enfrenta. Se suele decir que el oficialismo saca ventaja de la fragmentación de la oposición. Pero eso es cierto sobre todo en elecciones a cargos ejecutivos, donde sólo hay un trofeo en disputa y los demás se quedan con las manos vacías; mientras que en elecciones legislativas puede suceder lo contrario: la oposición globalmente podría beneficiarse de presentar distintas alternativas a los votantes, la de quienes están en contra de todo lo que hace el gobierno (en este caso, Cristina y los suyos), la de los reclamos económicos (el peronismo en general), y la de quienes piden mejor seguridad o más transparencia (Massa de la mano de Stolbizer).

Además, están los opositores que prometen frenar al gobierno de turno, y pueden mostrar que lo han venido intentando desde el comienzo, y por otro lado los que exhiben credenciales de colaboración y reclaman en cambio que el gobierno se resiste a escuchar la crítica constructiva, que no se deja ayudar. Frente a un oficialismo que es en gran medida también bastante crítico de sí mismo, esa división del trabajo entre sus adversarios eleva el desafío, porque le impide meter a todos los demás en la misma bolsa y aumenta la porosidad de las fronteras en el electorado oficial.

Si este es el caso, el macrismo corre el riesgo de tener difícil la tarea de explicar para qué quiere más poder, si es para no tener que escuchar las críticas o para sortear los palos en la rueda. ¿Sus argumentos le alcanzan para lidiar con el desafío? Lo veremos en el curso de la campaña. Lo que de partida cabe decir es que si espera que alcance con los errores ajenos, con su fórmula genérica a favor “del cambio” y en contra “del pasado”, y planea flotar sobre la escena sin involucrarse en comprometedores debates o explicaciones sobre lo que está haciendo y pretende hacer en adelante puede que se lleve una fea sorpresa. Las negras también mueven y conocen muy bien el juego.

Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 2/7/17

Posted in Política.